Opinión

Muerte y resurrección

22 febrero 2013 6:1

En un día como hoy, hace exactamente diez años, morí y nací de nuevo.
Luego de abordar un taxi en la Avenida Cuauhtémoc, alrededor de la medianoche, el conductor giró a su derecha y se encaminó rumbo a Anaxágoras, sin decir palabra alguna, sin contestar a mis sugerencias sobre la ruta que seguiría, enfilando con inaudita premura, encerrado en sí mismo. Dos minutos después, o menos, al llegar a Ángel Urraza, ambos nos cegaríamos embestidos por un Toyota, que, al igual que nosotros, jamás amainó su velocidad, ocasionando que el taxi diera vuelta y media hasta ser detenido por el poste de luz de la esquina.
Ya he contado en un libro esta muerte momentánea.
No supe de mí, no sé qué ocurrió, no escuché ningún ruido, no sentí el golpe, no me vi dando vueltas adentro del coche, no sentí ningún dolor. Sólo miré, como en una instantánea, una poderosa luz blanca y luego, y luego, luego, la nada, acaso una negrura intensa, un vacío profundo, el distanciamiento de la vida, la separación del mundo tangible.
 
Hasta que abrí los ojos.
Y empecé a vivir de nuevo, porque el pasado inmediato no había sido un sueño. Se me había caído un diente, de mi cabeza brotaba un poco de sangre, diminuta sangre, lo mismo en la mano derecha, porque la izquierda no podía moverla ya que yacía atorada en un laberinto de no sé qué cosa, y el cuerpo incomprensiblemente desnudo de alguien enfrente mío, en estertores sufrientes, en una agonía lenta, en espasmos aterradores. Era el taxista, que se estaba muriendo, que se murió mientras lo trataba de reanimar, diciéndole que aguantara, que resistiera, tocándole levemente la espalda. Todavía no puedo entender en qué posición estaba delante de mí. Si de cabeza o al revés. Ya en ese momento mi pensamiento había armado el rompecabezas. Comprendí que habíamos chocado y que estábamos él y yo solos, luchando entre la vida y la muerte.
El taxista se murió conmigo.
Después me miro desenterrado de los fierros retorcidos, subido en una camilla y llevado al Hospital de Urgencias Traumatológicas, que se hallaba (porque ya no está en funciones en ese sitio), para mi fortuna, a unos cuantos pasos del accidente, donde el médico Miguel Ángel Tapia, luego de extraerme con urgencia el bazo, que lo había ya perdido, me salvara la vida.
Fueron meses dolorosísimos posteriormente, con siete costillas rotas y la perspectiva visual obnubilada, prácticamente quebrada.
Pero de lo que quiero hablar hoy, a una década de mi muerte y mi súbito despertar, es de algo que no he hablado en todo este tiempo. De cosas horrorosas del país, de cosas que nos exhiben, que nos precipitan a la ruindad, que nos muestran la imperfecta circularidad de la vida que construimos a diario. De mezquindad. De vileza. De inhumanidad. De la inalterable corrupción.
En el momento en que fuimos embestidos por el Toyota, porque el conductor de ese carro, llamado José Enrique Frías Pizano, y no el taxista (si bien tampoco éste tuvo ninguna precaución en el peligroso cruce), fue el causante de la violenta colisión, entre mis papeles llevaba un cheque por mil 500 pesos, que precisamente ese día el periódico me había dado como devolución de unos viáticos por un trabajo realizado en algún lugar fuera de la ciudad. Pues justamente ese cheque era lo único que no estaba en el momento en que mis cosas le fueron devueltas a la hermosa mujer que resolvió los trámites para tener de nuevo mis pertenencias, que se quedaron en el taxi mientras la ambulancia me trasladaba con urgencia al hospital. Estaban todos mis papeles. Todos. Excepto el cheque. Y nada más por no dejar, repuesto de mi convalecencia, ya no recuerdo cuántos meses después, me asomé a la agencia del Ministerio Público, situada en la esquina de Obrero Mundial y Avenida Cuauhtémoc, donde había quedado el taxi ya inservible, para reclamar el dinero sustraído. No lo hubiera hecho. Cómo me atrevía a insinuar que esas honorables personas eran unos simulados ladrones. Cómo podía yo comprobar que entre mis cosas había un cheque con esa “mínima” —así me dijeron— cantidad de dinero. Que dejara de molestarlos.Que diera gracias a Dios que había retornado de una muerte segura.
¿Y cómo, en verdad, podía yo demostrar que el cheque en efecto estaba entre mis cosas?
La segunda situación ocurrió quizás uno o dos años después de aquella diminuta muerte mía. A la casa llegó un oficio citándome al Reclusorio Oriente para aclarar ciertos asuntos de aquel ya viejo accidente automovilístico. Y ahí voy. Conocí al joven que había volcado al taxi. Muy cordial. Me dijo que lo sentía mucho. Que también era periodista. Bueno, era amigo, según él, del director de El Universal. De Juan Francisco Ealy Ortiz. Que éramos colegas, de algún modo. Que por favor firmara el “perdón” en el acta respectiva. Le dije que todavía vivía con dolencias. Le hablé de la pérdida del bazo, de mis complicaciones desde entonces estomacales, de las aprensiones y presiones de los ojos a causa del violento impacto, de las costillas rotas, de la columna retorcida. Y de muchas cosas más, aparte de referirle mi dramática visión de la muerte del taxista. Me dijo, apenado (lo sentí realmente apenado), que con cuánto dinero se resolvía el asunto, pero que firmara el “perdón”. No pude evaluar el monto económico, aunque estoy consciente de que había tenido, sí, demasiados gastos que se excedían de mi modesto salario. Sin decirle la cantidad, me ofreció en ese momento 15 mil pesos. Me turbé ante la propuesta. No sabía decirle si era una minucia o una ofensa, cuando vino a nosotros su abogado, cuyo nombre no preciso, para saber qué tanto estaba diciendo y haciendo su defendido. Y al enterarse de lo que pretendía hacer, casi suelta un chillido.
—¡A esta persona no le vas a dar ni un quinto! —profirió—, ¡tiene que firmar el perdón por las buenas!
Me di la vuelta, acudí con las personas que se encargaban del conflicto, les dije que no firmaba nada, me dijeron que volverían entonces a citarme, si bien me insistieron que era preferible acordar un monto económico con la parte acusada para resolver el maldito problema de una buena vez. Dije que confiaba en el proceder de la justicia, que no podía yo entablar trato alguno con un abogado de esa calaña.
Y me fui de ahí.
Jamás volví a recibir una notificación de la Procuraduría General de la República, de manera que no sé a ciencia cierta dónde distribuyó el malencarado abogado sus influencias para poder liberar a su protegido de la inequívoca e insoslayable acusación.
Ignoro el tamaño del costo de la infamia penal.