Opinión

Muerte en las catacumbas

 
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Catacumba. (www.tourporitalia.com)

Víctor Manuel Pérez Valera.

Profesor emérito de la Universidad Iberoamericana.

Un gran sabio judío del siglo XX Abraham Joshua Heschel solía decir que el hombre moderno ya no tiene como reto el cómo adorar a Dios en las catacumbas, sino como permanecer humano entre los rascacielos. En realidad, no hay contraposición entre las dos ideas, ya que venerar al Ser Trascendente implica ser más humano, respetar a los demás, algo que urge en medio de tanta violencia en nuestra sociedad moderna.

Explorar el sentido de la muerte en las catacumbas, en efecto, nos invita a vivir del principio esperanza, del que escribió tan bellamente Ernesto Bloch.

Las catacumbas de Roma, más que sitios de culto, fueron los primeros cementerios cristianos en los que de forma clara, mediante pinturas e inscripciones, se expresó la resurrección, una visión novedosa que no existía de modo tan preciso en otros fenómenos religiosos. La palabra cementerio, deriva del griego y significa dormitorio, sitio de reposo y de descanso, se evoca de alguna manera la trilogía mitológica que llenaba de angustia al hombre: la noche, el sueño y la muerte. Sin embargo, esta concepción clásica es superada por el sentido de una nueva vida en plenitud, no sólo en el más allá sino también en el más acá.

A la luz de las catacumbas, los creyentes de hoy pueden descubrir el sentido más profundo de la vida, de la muerte y de la esperanza. La visión de la muerte en las catacumbas no es tétrica, ni superficial, sino serena, sencilla, profunda, llena de esperanza.

La creencia en la vida futura tiene importantes repercusiones en la vida presente, y esto se plasma con gran sencillez por medio de símbolos muy apropiados, animales, plantas, elementos de la naturaleza. De manera sencilla, las pinturas de las catacumbas muestran un matiz “naif”: proliferan los árboles, la hiedra, las coronas, las ramas, el viento (figura del espíritu) y, sobre todo se dibuja el pavo real, símbolo de la inmortalidad, en cuanto pierde y recupera sus plumas de brillante colorido. La naturaleza misma orienta nuestro espíritu hacia el futuro como lo proclamaba Minucio Félix un escritor del siglo II: “El sol tiene su ocaso y su nacimiento… las semillas sólo dan fruto después de pudrirse en la tierra; esto mismo pasa con el cuerpo en el sepulcro: los árboles durante el invierno esconden su vitalidad bajo una aridez engañosa…” También descubrimos en las catacumbas otros símbolos: cruces, áncoras y delfines, más los símbolos esenciales son el pez y el pastor. El pez, en griego, es uno de los más antiguos anagramas de Cristo. La figura del pastor alude al pasaje bíblico: “he venido para que las ovejas tengan vida”.

Todavía más claramente, una escena de la capilla griega de las catacumbas de Priscila, alude a un alimento vital para el creyente, un personaje fracciona el pan para sus convidados.

Un fresco de las catacumbas de Domitila nos presenta al pastor rodeado de seis ovejas que junto con otros dos personajes corren hacia una roca de la que emana una fuente de agua.

Si pasamos de las pinturas a las inscripciones encontramos las mismas convicciones de esperanza trascendente. Con cierta frecuencia se observan en las catacumbas la expresión “sueño de paz”, que alude a la muerte y se encuentra entre dos letras griegas un alfa y una omega, y en ocasiones junto con esta frase se ha grabado en la roca la palma de la victoria. Existe una curiosa inscripción popular que contiene un error de sintaxis: “Januaria, bene refrigera et roga pro nos” (debería decir pro nobis) se alude claramente a un banquete: refrigerium. Encontramos también otras inscripciones alusivas al banquete pero con otras expresiones: “que bebas y vivas” que en el banquete te sirvan vino mezclado con agua caliente.

También se encuentran expresiones muy comunes entre nosotros como el “descansa en paz” y así mismo, se utiliza la palabra paz en hebreo: Shalom. En conclusión, sin arrogancia y sin escandalo se da una visión serena de la muerte, algo muy diferente a algunas expresiones tétricas de nuestras esquelas: “pérdida irreparable”, “con inconsolable dolor”, también observamos las falsas retóricas en los “pésames” y algunos insípidos o lúgubres epitafios de nuestros cementerios.

Al vivir entre los rascacielos del siglo XXI deberíamos aprender a la luz de las catacumbas del siglo I un sentido luminoso de la vida que no sólo ve al futuro sino que exige vivir de manera más humana en el presente. En pocas palabras, la vida tiene sentido, si la muerte tiene sentido.

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