Opinión

Muchos lados

    
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El presidente Donald Trump, durante una ceremonia en la Casa Blanca, el pasado 31 de julio. (Reuters)

Donald Trump no fue capaz de criticar a los manifestantes supremacistas y neonazis de Charlottesville, VA, que causaron una tragedia. En su punto de vista, exhibido el mismo día del evento y el martes siguiente en una ronda de preguntas que no pudo administrar a su gusto, la violencia provino de muchos lados. Eso se interpretó como un perdón al único grupo que defendía tanto la violencia como una pretendida (e inaceptable) superioridad.

Sin embargo, el argumento de Trump es correcto (aunque sea de él) cuando no nos referimos a un evento en particular sino al fenómeno general de la violencia social. Aunque prácticamente todo el mundo considera que el fascismo (especialmente en su versión alemana) es algo despreciable, no se trata del único caso de violencia política ejercida sobre quienes piensan distinto en tiempos modernos. Tan grave como la Alemania Nazi fue la Unión Soviética, o la China comunista, si medimos la tragedia en número de muertos. Si lo hacemos en términos relativos al tamaño de la población, nada hay comparable al Khmer Rouge y Pol Pot, que asesinaron a uno de cada cuatro camboyanos.

Por razones que habrá que desentrañar con cuidado, en el mundo occidental se castiga al movimiento nazi, y al fascismo en general, con una contundencia que no se aplica a los movimientos políticos de izquierda, que tuvieron efectos similares, si no es que peores. Sigue siendo muy difícil que se entienda que no hay diferencia significativa, en este rubro, entre Fidel y Pinochet. A este último, como a Franco, se puede agregar la traición al gobierno a su esfuerzo exterminador, pero con eso no puede olvidarse el perfil asesino de Fidel, el Che, o en el caso de España, de ETA. Insisto, a muchos les cuesta trabajo medir con la misma vara.

Para ahorrarme discusiones inútiles, repito que en Charlottesville no hubo dos lados, sólo uno, el de los supremacistas blancos. Pero en otras partes sí tenemos violencia de muchos lados que, sin embargo, tienen un origen común: la creencia de un grupo en su propia superioridad. Si ese grupo es de blancos o arios, no tenemos duda en rechazarlo. Pero si ese grupo lo que defiende es la superioridad del proletariado, del trabajador o el obrero, ya hay muchos que no sólo no rechazan, sino que apoyan esa pretendida superioridad. Y algo similar ocurre con varias religiones que también tienen en su seno esa extraña idea de contar con un dios sumamente especial, que sólo a ellos hace caso.

Lo primero que debe estar claro es que la diferencia entre izquierda y derecha (proletarios versus arios), no tiene sentido. En segundo lugar, todas las formas de pensar (ideologías o religiones, no importa) que elevan a un grupo por encima de los demás siempre prohijarán un sector violento que está dispuesto a matar a todos aquellos que, en su perspectiva, son tan inferiores que dejan de ser humanos. Aunque esta idea nos acompaña al menos desde que aprendimos a escribir hace 6 mil años, con la imprenta alcanzó un nivel diferente. Por eso las matanzas de la Guerra de los Treinta Años; por eso la violencia desmedida de Europa conquistando el mundo; por eso la muerte industrializada y masiva del siglo XX. También por eso tenemos hoy estos grupúsculos: neonazis y supremacistas de un lado, antifas y anarquistas del otro. Pero también jihadistas, judíos ortodoxos y cristianos radicales tradicionalistas.

Regreso a mi tema preferido: el mito fundacional de la modernidad es que todos somos iguales, y por eso todos elegimos a nuestros gobernantes (democracia) y lo que queremos comprar y vender (libre mercado). Ahí no hay fundamentalismos, aunque algunos lo imaginen.

Profesor de la Escuela de Gobierno, Tec de Monterrey.

Twitter: @macariomx

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