Opinión

Muchas universidades quieren ser como las grandes: ¿pueden?

 
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 [El ayuntamiento tendrá que hacer una consulta, tiene que dar seguridad a la universidad, rector. Cuartoscuro] 

Los días 29 y 30 de Octubre, en el marco de la magnífica Universidad de Siena, Italia, la Asociación Internacional de Universidades (IAU) celebró, junto con la Universidad anfitriona, el seminario internacional que se intituló: “La Internacionalización de la Educación Superior: más allá de la movilidad”.

Este evento convocó a especialistas de más de 22 países, que durante dos jornadas analizaron y debatieron los distintos temas que involucra la internacionalización de la educación superior. Así, asuntos como los referentes a la asimetría, la educación en línea y sus efectos transfronterizos, la internacionalización y las comunidades, los rankings y muchos más, fueron ampliamente examinados.

Un tema que siempre surge es cómo la internacionalización debe y puede derribar barreras nacionales y generar procesos de convergencia, proceso por el cual, a lo largo del tiempo, todos deberán parecerse, en mucho o lo más posible, unos a otros. Inevitablemente alguien marca el parámetro hacia el que sería conveniente converger y ese es el caso, en la educación superior, de las universidades más acreditadas, más renombradas, mejor ubicadas en los diferentes rankings.

Ser la mejor, o una de las mejores universidades del mundo, es resultado de una combinación de factores. Tener una planta de profesores de muy alta calidad, poseer una infraestructura equipada con la mejor tecnología, acreditar una larga y distinguida participación en eventos internacionales, mantener una vinculación fuerte con su entorno, y muchos más asuntos, son parte de esa lista de variables que determinan la posición de una Universidad en el ámbito internacional.

Como en todo, o casi todo, lograr lo listado arriba requiere, en primer lugar, de recursos y, sobre todo, bien invertidos. A continuación se presenta una información lograda con base en una pequeña investigación que muestra la cantidad de dólares que las principales universidades de Europa, Estados Unidos y de América Latina, hacen por estudiante.

Los resultados de esta tabla son elocuentes. Como puede observarse, las diferencias entre las universidades consideradas en la lista son realmente abismales. Exceptuando la Universidad de Stanford, que invirtió cantidades excepcionales por estudiante por año, la lista puede dividirse en tres grupos. El primero, compuesto por las universidades norteamericanas, que invierten más de 200,000 dólares por estudiante. El segundo grupo, integrado por las universidades europeas que invierten entre 100,000 y 60,000 dólares, y el tercer grupo, compuesto por las universidades de América Latina. Destaca en este tercer grupo la Universidad de Buenos Aires que apenas invierte 940 dólares por estudiante, por año.

Esta información es, sin duda, una forma indirecta de medir, o más bien, explicar porque las universidades consideradas en la lista se encuentran en posiciones importantes en los rankings internacionales. Al mismo tiempo es necesario decir que seguramente también, la cantidad que se invierte por estudiante es una expresión de la calidad de la institución.

La reflexión que sigue a esta información es el tema de este artículo. Es posible afirmar que todas las universidades hoy día, no solo hablan de la internacionalización, sino por medio de esa aspiración, explícita o implícitamente, expresan que su proceso de insertarse en el siglo del conocimiento, pasa por intentar llegar a ser como las grandes y más acreditadas universidades del mundo.

Después de mirar la tabla incluida en esta entrega, inevitablemente uno se pregunta si la aspiración, particularmente de las medianas y pequeñas universidades, que muchas de ellas existen en América Latina y el Caribe, ya sean públicas o privadas, pueden realísticamente, aspirar a parecerse a Oxford, Cambridge, Stanford y demás. En principio uno podría decir que soñar no cuesta nada, pero la realidad muestra que concretar los sueños si cuesta, y mucho.

Pero, una segunda reflexión también debe ser considerada. ¿Es conveniente, vale la pena, aporta algo, intentar parecerse a las grandes universidades, cuando los objetivos que la universidad persigue, el entorno que determina a esa Universidad y, por supuesto, la posibilidad de lograrlo, son tan diferentes de las universidades usadas como referencia?

Cuando una Universidad surge, lo hace con base en determinados principios y objetivos. Así lo hicieron las grandes universidades. Si lo dicho es cierto y aceptado, entonces, cada Universidad debe aspirar, en los mejores términos posibles, a esos principios y objetivos y no intentar imitar otros que no son los propios y que como se ha mostrado con la información ofrecida, no se cuenta con los recursos relacionados con ellos.

Mejor, parezcámonos, lo mejor posible a lo que queremos ser y a lo que mejor y más espera la sociedad de sus universidades, en sus muy diferentes contextos.

Secretario General de la Unión de Universidades de América Latina y el Caribe (UDUAL).

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