Opinión

Montanelli: Un legendario

 
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Indro Montanelli. (www.biografiasyvidas.com)

Para Antonio y Octavio.

Uno. La adicción al aforismo es, en mí caso, crónica, incurable. ¿Un ejemplo que viene como anillo al dedo? “De la vejez no puedes ni retroceder ni salir; pero atesora, de las resquebrajaduras de de la vida, los trozos intactos”. Esto a propósito de una lectura inesperada y por demás aleccionadora; la de Memorias de un periodista, de Indro Montanelli. Nacido en la italianísima Toscana, en 1909, Indro vivió, desde la trinchera del periodismo los episodios axiales del siglo XX. Reportero, enviado especial, entrevistador temible, corresponsal de guerra practica, además, la novela y la historia. Periodista de raza, indómito, animal de aventuras, solitario pero mujeriego, medio anarquista, polémico, pluma estenográfica. Su señor padre, profesor, lo quería en la orilla opuesta: la diplomacia.

Dos. En un juego en el filo de la navaja, se afilia a la resistencia antifascista que le acarrea, a la postre la cárcel; y a la muerte estilo Fuenteovejuna del Duce (que atestigua en detalle), ya en la posguerra, se sitúa en medio de las dos fuerzas dogmáticas que entran a saco en la política italiana: el Partido Comunista y la Democracia Cristiana (las pinzas que triturarán a Aldo Moro). En vez de rumiar su excepcional vida pública en la intimidad apartada y patética de la vejez, prepara y dispone la publicación póstuma de sus andanzas. No importa si con el auxilio providencial de una colega joven, Tiziana Abate (si vas a verter tu memoria hazlo en oídos femeninos, maternales e implacables).

Tres. Me topé con el libro, de bolsillo, pequeño para vida y figura tamañas, ni de 300 páginas, la tarde que participé en la presentación de la antología, fruto de devoción y conocimiento, que el historiador Javier Garciadiego dedica a la ciclópea obra de Alfonso Reyes. Me aguardaba el tomito en un rincón de la Rosario Castellanos; y, a partir de esa noche, ya no lo solté.

Cuatro. Con tiempo (el mío ya no corre prisa), antes de apersonarme en la Capilla Alfonsina, recorrí el barrio mientras mi personal memoria se soltaba el pelo. El otrora Cine Lido, afortunada arquitectura cinematográfica con una gemela al norte de esta ciudad a medio camino entre la ingobernabilidad y la falta de gobierno. Las visitas vespertinas a la casa de José Emilio Pacheco, en la calle Reynosa, con motivo de la antología de Lorenzo de Zavala que me encomendara para la BEU, bajo su dirección incomparable. Mis exilios de la ruda política universitaria en la mencionada Capilla Alfonsina, al amparo de la amistad, el café y la conversación de Alicia Reyes. La dirección fugaz (partí a Nicaragua) del Seminario de Creación y Crítica Literarias del INBA, ahí “domiciliado”. La investigación gozosa de dos libros, mi semblanza de Alfonso Reyes y la suya de su padre, mi general Bernardo Reyes, el presidente (éste sí moderno y modernizador) que nos perdimos. La preparación, compartida, del último trecho del Diario del regiomontano (por aparecer, hago “changuitos”). Aquella visita a la Castellanos, la víspera inaugurada y colapsada. En el piso, lodo fresco, libros reventados por la lluvia, añicos del ultra mentado plafón.

Cinco. Pero estaba con Montanelli y sus Memorias, encontradas al azar, la más lógica de las citas. El periodista legendario, de perfecto olfato, al que el mismísimo Hitler sermoneó cuando, guerrero en caricatura nibelunga, trepado en un panzer, ingresaba a territorio polaco, banderazo de salida de la Segunda Guerra Mundial. El director de Il Giornalle al que, en 1977, sin arrédralo, balearon en las piernas las Brigadas Rojas (aquí, al modo nazi, rapamos y vejamos). Todo un siglo, repito, reporteado, cubierto, comentado en tiempo real. Despachos desde Alemania, Estados Unidos, España, Argentina, la Europa del Telón de Acero, la locura balcánica (decía Churchill que los Balcanes producían más historia de la que sus pueblos podían digerir). Italia de nuevo. Su caos. Su corrupción.

Seis. Dejé, para una señalada reunión que tendría lugar en Taxco, Guerrero Mártir, dos apéndices del libro que se agradecen cumplidamente. La evocación que hace la amanuense Tiziana Abate, de las circunstancias y el proceso de Memorias de un periodista. Y el elenco, también preparado por ella, de los personajes (héroes, villanos) reporteados, entrevistados, ponderados, admirados o denostados en tiempo real. Voluntad expresa de Indro, se expurgan, del río caudaloso de su memoria, “confidencias y referencias” a la vida personal. Lástima.

Siete. De agradecerse también son ciertas reflexiones de Montanelli, al calor, al rojo vivo, del oficio. Destaco tres, referidas a la política italiana. La que apunta que los males de los italianos no dependían de los regímenes políticos, sino que los regímenes políticos “se ponían a tono con los defectos de los italianos”. La que señala que la democracia italiana se descompuso rápidamente “en la podredumbre de la partidocracia”. Y la que rescata la fórmula “democrazie mafiose” . Si alguien pude objetar que las dos primeras acotaciones no se aplican del todo a este México sin GPS, la fórmula nos define. Democracia mafiosa la nuestra, el Pacto por México incluido.

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