Opinión

Mitos inmortales

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Enrique Peña Nieto anunció  los ejes de su agenda para la segunda parte del sexenio. (Cuartoscuro)

A pesar de que el discurso nacional se mueve alrededor de la democracia y el mercado, nuestros referentes siguen siendo los del régimen de la Revolución: el presidencialismo, la economía cerrada y regida por el Estado, nuestra versión de excepcionalismo. Son mitos que no mueren, y que nos siguen gobernando. Parafraseando a Keynes, somos esclavos de las ideas de un régimen muerto.

En el viejo régimen, el presidente era la piedra angular del sistema político. En él se concentraba toda la tensión política, que él podía controlar y manipular a su antojo, siempre y cuando no rompiese los límites del régimen. No se podía reelegir, no podía entregar el poder a algún amigo, pero fuera de eso, poco le estaba vedado al presidente.

En la actualidad, es exactamente lo contrario. Poco puede hacer el presidente. Los instrumentos que le da la Constitución son muy escasos, y sin las reglas no escritas del pasado, no hay muchas razones por las cuales la estructura de gobierno deba hacerle caso. No sólo no tiene control del Congreso, tampoco de los gobernadores, ni de un conjunto de áreas que se han hecho autónomas en el tiempo. Pero incluso en lo que podría decidir, no hay incentivo para que los subordinados acaten sus instrucciones. Si la ley en México no es la guía para nada, ¿por qué debería serlo al interior del gobierno? Y sin eso, era el miedo y la negociación (patrimonialismo, corrupción) lo que aceitaba la maquinaria. Y ahora eso ya no está funcionando, por más que algunos imaginen que sí.

Entre tantas cosas que ya no puede el presidente mover a su antojo, está la economía. Dentro de ella, los referentes del viejo régimen eran el precio del dólar y el petróleo, y la combinación de bajos impuestos y salarios igualmente bajos, pero que cada año podían moverse diez por ciento. Estos referentes tienen muchas incompatibilidades, que a la postre hundieron al régimen, pero que por unas décadas parecían efectivamente ser controlados por el presidente.

Ahora, los precios del dólar y el petróleo no están en nuestras manos, pero alguna vez sí lo estuvieron. Podíamos mantener un tipo de cambio fijo por lustros, o podía el presidente despedir a un director de Pemex por reducir el precio del barril sin su autorización. La alianza con los empresarios se sostenía en mantener impuestos bajos, y cobrarlos sin mucho ahínco. Y con los trabajadores, en salarios que crecían cada año, y precios controlados de los bienes más importantes: pan y tortilla, leche, electricidad… Ya nada de eso ocurre. La reforma fiscal, que lo único importante que hace es fortalecer el cobro, ha sido interpretada como una agresión por el empresariado; los salarios importan menos, en tanto dos de cada tres trabajan en la informalidad; no hay control alguno de precios.

Pero los referentes siguen siendo los del viejo régimen, y en el discurso público las peticiones van al presidente, aunque los problemas sean de los gobernadores, como la carta exigiendo seguridad a periodistas. Entre empresarios, es el dólar, los impuestos, y la posibilidad de algún apoyo (subsidio, arancel) de lo que se habla. Siguiendo los medios, pareciera que nada ha cambiado en los últimos 40 años.

Con las fallas que usted guste, es un hecho que nuestro marco institucional se ha renovado prácticamente por completo. Pero no ha ocurrido lo mismo con nuestro imaginario. Por eso estas transformaciones se llevan generaciones enteras, porque mientras los mexicanos piensen como en el viejo régimen, éste seguirá existiendo, y su incompatibilidad con el marco institucional nos mantendrá estancados y en deterioro. Es la mente lo que nos detiene.

El autor es profesor de la Escuela de Gobierno, Tec de Monterrey.

Twitter: @macariomx

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