Opinión

Misantropía defensiva

Llevo días pensando en mi maldita tendencia a devaluarlo todo y en el rechazo exponencial que he desarrollado por la gente. No porque estuviera especialmente reflexiva, sino porque en unas cuantas semanas varios me han reclamado mi actitud: para ti nada es suficiente, nunca estás contenta con nada, todo te parece poco, te quejas hasta de las cosas más insignificantes, ni siquiera te das cuenta de lo que has logrado, eres arrogante y soberbia, el tipo de verdad te quiere y tu insistes en alejarlo… Así, más o menos.

A pesar de que odio que me confronten y de que difícilmente acepto mis fallas, comencé a tomar nota –aunque me duela tanto– de la opinión que algunos tienen de mí.

Hice un resumen supersónico de mi vida y me di cuenta que desde siempre he sentido que algo me falta, que estoy incompleta. La felicidad no ha sido para mí una experiencia normal y mucho menos sostenida en el tiempo. Soy tan exigente y tan frágil que no puedo creer que algo bueno esté pasándome. Cuando algo sale bien, inmediatamente pienso en lo que puede salir mal. Cuando estoy contenta, pienso que no va a durar porque yo no sé ser feliz. Es que todo en la casa era frágil e infeliz también. La economía, la relación de mis padres, el cariño y la aceptación a cuentagotas. Era difícil sentir que había pasado todas las pruebas y que por fin era merecedora de amor.

–Laura ha internalizado objetos persecutorios y fríos afectivamente. Se persigue juzgando ferozmente cada uno de sus actos. Y persigue a los demás devaluándolos.

Me acostumbré a ser la mejor en todo. No conocía otra forma de relación que competir con los demás para ganarles y sentirme menos mal. También me acostumbré a resolverme sola mis tristezas y mis peores crisis. Cuando por fin hubo dinero, mis padres nos expulsaban temporalmente de la casa y nos mandaban a pasar el verano en otro país. Aunque el viaje era lindo, siempre pensé que en el fondo no nos querían. Yo tenía una tendencia a la melancolía y a la soledad. Hubiera querido tener a mi madre más cerca y sentirme menos desprotegida. No me gustaba la gente porque pensaba que se burlarían de mí y que de algún modo adivinarían lo sola que me sentía. Mi actitud insoportable era solamente una defensa para aparentar fortaleza.

Me volví incapaz de llorar o de pedir ayuda. Las ganas de ser perfecta se me volvieron una paradoja: yo quería hacerlo todo bien para ser aceptada y terminé siendo odiada por mi torpeza para hacer equipo o para reconocer las aportaciones de los demás.

Transité por una adolescencia horrible. No hablaba con nadie, todos me parecían unos imbéciles. Era el sello de la familia: descalificar, juzgar, ningunear, estallar en cólera cuando las cosas salían mal y quejarse por todo.

Me volví sin querer una mujer insufrible. He confundido exigencia sana con insatisfacción garantizada. Soy detectora profesional de fallas y defectos, mi capacidad de adaptación es cercana a cero, desecho a las personas ante la primer señal de que no son tan ideales como pensaba. Grito en lugares públicos si no me atienden de inmediato y armo un drama nuclear por nimiedades. Lo que sí he conseguido con éxito es estar más sola que nunca porque la poca gente que todavía me quiere, me tiene miedo. Miedo de no ser suficiente. Dice la psicóloga que proyecto mi sentimiento ancestral de incapacidad en los demás.

–Laura ha desarrollado una misantropía defensiva. Dice que odia a la gente porque casi nadie está a su nivel. La realidad es que se muere de miedo de que la vean tal y como es, con aciertos y errores. Elige estar sola porque nunca aprendió a sentirse bien estando acompañada. La intensidad con la que dice no tolerar a la gente es la misma con la que necesita mitigar su profunda soledad.


Vale Villa es psicoterapeuta sistémica y narrativa. Conferencista en temas de salud mental.

Correo: valevillag@gmail.com

Twitter: @valevillag