Opinión

Mireles y el estado anormal

La normalidad jurídica ha sido un bien escaso en Michoacán en los últimos años, y más que excepción, lo que se ha vivido en esa entidad en los últimos meses constituye el extremo de la realidad alucinante que lleva tiempo instalada en la tierra del generalísimo Morelos.

No es normal, por ejemplo, un estado donde el hermano incómodo del gobernador, a quien todo México escucharía en conversaciones con La Tuta, logre colarse a San Lázaro y jure como diputado federal, para luego darse a la fuga y, hasta el día de hoy, siga burlando a la justicia. Así era en tiempo de los Godoy, Leonel y Julio César.

No es normal, tampoco, un estado donde el gobernador interino es acusado por las autodefensas de nexos con delincuentes, que a pesar de ello sea sostenido por la Secretaría de Gobernación porque en ese momento Jesús Reyna era útil para desplazar a Fausto Vallejo. Tan no era normal que hoy, como todo mundo sabe, el dos veces secretario de Gobierno michoacano está preso, investigado por sus posibles nexos con Los Templarios.

No es normal, mucho menos, una entidad federativa en donde circulan una y otra vez versiones de que uno de los hijos de un querido exalcalde de Morelia convertido en fallido gobernador del estado anda en muy malos pasos, tan malos que tiempo después aparece una fotografía en donde supuestamente se le ve con el criminal más famoso de esas tierras. Menos es normal que parezca que con la renuncia del gobernador Vallejo se deje de hablar de la investigación a su vástago.

No es normal un estado donde la minería estaba en manos de los criminales; no es normal un lugar donde los alcaldes pasaban al narcotráfico partidas mensuales, y donde ante esas realidades las autoridades del estado, perredistas y priistas, se volteaban hacia otro lado.

Nada de eso era normal, pero así han sido las cosas en Michoacán. Cada uno de los anteriores ejemplos da para un cuento de horror. Historias tan cruentas como inverosímiles, casos que nadie en un país normal creería que ocurren en pleno siglo XXI en una nación que dice que quiere ser protagonista mundial.

Y entre esas historias no normales está la del doctor José Manuel Mireles, que de médico pasó a justiciero, que de aliado del gobierno federal pasó a enfrentársele y ahora paga las consecuencias.

Mireles no cree que Michoacán se vaya a volver un estado normal, uno donde los ciudadanos ni deben ni pueden, a pesar de su desesperación, salir a cazar a los delincuentes. Uno donde ese trabajo lo hará el gobierno. El doctor de Tepalcatepec pensó que podía seguir en el mundo anormal michoacano.

El problema es que a final de cuentas no sabemos quién tendrá la razón, si el escéptico Mireles o el gobierno federal, que para demostrar que Michoacán ya es un lugar normal tendrá que explicar qué fue de Julio César Godoy, qué fue de La Tuta, quiénes en los últimos tres gobiernos estatales fueron cómplices del expolio criminal contra los michocanos, está o no metido el hijo de Fausto Vallejo en el crimen organizado, cuántos empresarios también lucraron con los criminales, cuánto sabía Gobernación de los vínculos de Jesús Reyna cuando todavía operaban con él, etcétera.

Mientras tanto, el día de la normalidad para Michoacán no parece cercano.