Opinión

Miranda se coloca en el paredón

  
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luis miranda

Reprobables, inadmisibles son sin duda las palabras que en su comparecencia ante la Cámara de Diputados, el titular de la Secretaría de Desarrollo Social, Luis Enrique Miranda Nava, dirigió a la legisladora de Morena, Araceli Damián González, tildándola de loca.

La expresión no corresponde al lenguaje de un funcionario público, y menos cuando entre los ejes centrales de la cartera que encabeza están el defender la igualdad de género, los derechos de las mujeres y el respeto hacia ellas.

No hay duda, nada justifica la expresión del encargado de implementar las políticas en materia de desarrollo social a nivel nacional y, consiente del error cometido, el funcionario ya hizo un pronunciamiento público, presentó una disculpa a la ofendida, lo cual al parecer no ha sido una acción suficiente y hoy los grupos parlamentarios del PRD, Morena, Movimiento Ciudadano y PAN, han aprovechado el exabrupto del referido personaje para cuestionar su trabajo y piden que renuncie al cargo.

Es cierto, hubo una equivocación que puede calificarse de grave, pero también es cierto que los aspavientos y pronunciamientos de la mayoría de los legisladores que se han pronunciado al respecto tienen un tufo de campaña política contra el encargado de instrumentar los programas sociales, a quien –entre otras cosas– se le acusa de utilizar dichos programas con fines electorales y de ahí la petición ante el error cometido.

Hay una ofensa, nadie lo duda, pero de las otras acusaciones de uso político de los programas sociales no hay pruebas y ante el improbable caso de una renuncia, es un hecho que un nuevo titular en esa dependencia del gobierno federal recibirá las mismas acusaciones por las que hoy es señalado Miranda Nava.

Hay razón, mucha, de que los legisladores en unidad expresen su inconformidad por la forma en que un funcionario público se dirigió contra uno de sus pares, contra una mujer, pero aquí cabe preguntarnos por qué ese malestar no se ha manifestado, así con la misma furia, contra algunos legisladores que hasta mentadas de madre han hecho contra otros de sus correligionarios por el simple hecho de tener una opinión o voto diferente en algunos temas tratados.

Ante el airado reclamo que hoy se hace al secretario Miranda, nos viene a la memoria la retahíla de insultos que, una y otra vez, la senadora del PT, Layda Sansores, ha lanzado contra casi todos los servidores públicos que por invitación u ordenamiento legal se presentan a dar informes de las tareas que encabezan. Y así les ha ido.

Los insultos han sido tan recurrentes de parte de algunos legisladores, que hoy en día los debates parlamentarios son calificados como de muy bajo nivel y hasta propios de una cantina.

En ese mar de insultos también se recuerda el caso del diputado Mario Juárez, de Morena, quien en los posicionamientos de la aprobación del dictamen de la Ley de Transparencia, el 19 de abril de 2006, fue mucho más claro que las palabras proferidas por el titular de la Sedesol, y para no repetirlas sólo diremos que les recordó la progenitora a quienes en ese momento no pensaban igual que él e incluso al interior del recinto de la Cámara Baja el referido legislador, sí así se le puede llamar, empieza a ser conocido como #lorddiputadoviolento.

¡Ah…¡ pero seguramente de eso sus pares ya nada quieren saber, porque no les conviene o porque en estos casos los argumentos en su defensa es que un legislador no puede ser reconvenido en su ideas ni en su acciones, o sea ellos si tienen libertad de expresión en tanto que a la vista y oídos de ellos algunas actitudes de los representantes del Poder Ejecutivo son calificadas como groseras e inadmisibles.

Está claro, hubo una falta de respeto de parte de Miranda Nava, lo cual es condenable, y eso hoy lo tiene frente al paredón, pero si quienes hoy piden la renuncia del funcionario actuarán igual contra algunos excesos verbales de los legisladores, entonces sí, pensaríamos que hay un acto de congruencia en su actuar parlamentario, pero como eso no sucede, no nos queda la menor duda que una vez más estamos frente un caso de politiquería barata.


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