Opinión

Mío

Mis padres me sentenciaron a ser una niña prodigio y, con las mejores intenciones, me jodieron un poco el futuro. Hoy soy una mujer común y corriente y sin ningún talento extraordinario, ni en lo físico y ni en lo intelectual. De nada sirvió ganarme la medalla por ser la mejor estudiante de la primaria. Hoy me siento casi invisible. Lamento decepcionarlos pero no tuve una infancia infeliz. Soy hija única de unos padres amorosos que llevan 35 años juntos y que jamás pelearon frente a mí. Tienen hasta la fecha una relación envidiable, así que mi complejo de inferioridad no tiene nada que ver con ellos.

–Las infancias perfectamente felices no existen pero Sandra tiene miedo de mirar su pasado. Las parejas envidiables como describe a sus padres son producto de una idealización más que de la realidad de cualquier vida.

Esta sensación de ser casi un fraude carente de encanto se ha agudizado desde que Ramiro apareció en mi vida. Es guapo, brillante, bondadoso, popular, gran lector, gran amante. Es tan maravilloso que comienzo a odiarlo. Me siento nada a su lado. Cuando entramos a un bar o a un restaurante, todos lo miran. Todos quieren hablar con él y a mí me ignoran. Se nota que las mujeres lo desean y yo, en lugar de sentirme orgullosa, enloquezco. Lo quiero para mí, no quiero que le de a ninguna otra lo que es mío. Él es mío y jamás hubiera soñado que un hombre así se fijaría en mí. La vida se vuelve infernal cada que anuncia que saldremos a una fiesta o a un coctel. Yo intento convencerlo de que nos quedemos por la noche a ver películas, a cenar algo rico y a tener sexo delicioso. Siento que tengo que convencerlo de que no necesita de nada ni de nadie más que de mí.

Ramiro tuvo otras relaciones importantes. Me da una rabia inexplicable pensar si las quiso más que a mí, si eran mejores en la cama, si se sentía más orgulloso de presentarlas con sus amigos. Tener celos de su pasado a veces me hace pensar que de verdad me estoy volviendo loca.

–Sandra utiliza la idealización como su forma fundamental de relación. Frente a la perfección que le ha inventado a Ramiro, a su infancia y al amor de sus padres, ella se siente devaluada, disminuida, insuficiente. Todo lo bueno de su vida está fuera de ella. Adentro, sólo alcanza a ver pobreza y déficit.

¿Cómo me va a querer si yo no tengo nada? En realidad he tenido que compensarle haber elegido estar conmigo. No se lo digo, pero sé que me está haciendo un favor. A cambio yo hago muchas cosas por él: realizo sus trámites bancarios y fiscales, lo recojo y lo llevo a todas partes, le cocino lo que más le gusta, siempre estoy dispuesta a que hagamos lo que él quiere. Soy incapaz de pedir con claridad lo que deseo para mí. Tal vez si me vuelvo indispensable, se quede conmigo para siempre. Pensar que algún día pueda darle a otras la mirada que hoy es para mí, me sume en la tristeza. Me rompe en pedazos. Me pone de malas y a la defensiva.

Llevamos unos meses peleando todos los días. Le pregunto a quien mira, con quien habla, con quien intercambia mensajes, porqué no me contestó el teléfono o un mensaje inmediatamente. Ha sido paciente pero estos días lo he visto cansado de mí. Creo que muy pronto va a dejarme y yo me voy a morir de dolor.

–Sandra perdió su amor propio hace mucho tiempo. Pese a insistir en haber sido una niña muy feliz, es evidente que sus celos son síntoma de un abandono temprano reprimido. No sabe como relacionarse de modo normal sin necesidad de idealizar. Quizá deba intentar aceptarse como es sin devaluarse y sin idealizar a los otros. Tal vez le haría bien estar sin Ramiro y sin ningún otro hombre para aprender a amar mejor. A sí misma y a los demás. De un modo menos ansioso y con la certeza de que ella, por ser ella, es digna de amor.

Vale Villa es psicoterapeuta sistémica y narrativa.
Conferencista en temas de salud mental.

Correo: valevillag@gmail.com
Twitter: @valevillag