Opinión

Miedo y noche

10 noviembre 2016 13:24
 
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Trump y Pence, tras su victoria. (AP)

El proceso electoral que acaba de culminar en Estados Unidos estuvo caracterizado por un factor único y determinante: el miedo. A diferencia de otras elecciones en donde la discusión económica o de seguridad se basaba en concepciones conservadoras o liberales, en esta ocasión el tema central fue uno: el surgimiento de un liderazgo autoritario, racista y descalificador del sistema en su conjunto, encarnado en la figura de Donald Trump y que dio carta de legitimidad a los peores valores de la sociedad norteamericana. El miedo convertido en pánico al finalizar la campaña no fue suficiente para evitar el triunfo del irracionalismo y la transformación de la superpotencia mundial en una amenaza global de dimensiones desconocidas.

El alto número de votantes identificados con el discurso y la figura de Trump, si bien puede explicarse en parte por la ausencia de oportunidades económicas para los damnificados en el centro del país, producto de la crisis 2008 heredada a Obama por el republicano Bush, tiene sus raíces más profundas en la incapacidad por parte del segmento blanco anglosajón protestante sin educación superior, de tolerar la presencia de un presidente afroamericano durante ocho años, y de los efectos que las políticas de la administración Obama en su conjunto han tenido en las minorías cuyo ascenso ha sido significativo e inaceptable para el racismo blanco norteamericano.

Por supuesto que después de un proceso electoral tan violento y polarizador es necesaria una estrategia de cicatrización de heridas que reduzca significativamente la exposición mediática de las expresiones del autoritarismo racista potenciado por Trump a lo largo de la campaña.

Sin embargo, esto no es posible. El odio, el extremismo y la exclusión desatados por Trump son hoy parte del discurso de la victoria de la sociedad norteamericana blanca y sin preparación profesional que llevó a la presidencia a Trump. La luz de la pluralidad, la tolerancia y el liberalismo ideológico y económico se han apagado casi en su totalidad.

El triunfo de Trump representa no sólo una señal de alarma y terror para millones y millones de habitantes de todo el planeta, sino la imposibilidad de revertir la tendencia oscurantista surgida en Europa y llevada al extremo con la candidatura de Trump. El Brexit, Podemos, Bepe Grillo, LePen y otros representativos del populismo de izquierda y derecha giran en la misma línea que el abanderado republicano en Estados Unidos. Son la vuelta al pasado proteccionista, a la exclusión del diferente o de aquel que no opina de la misma manera y por lo tanto no es confiable para ningún tipo de negociación política. Son la marca de la intolerancia, el rencor y el deseo de venganza ante la frustración de haber perdido privilegios de un pasado superado.

Con este sector, representado en Estados Unidos por Trump y su movimiento supremacista, no hay posibilidad de conciliación. Se trata de una opción antidemocrática que hay que combatir con las armas de la democracia, de la misma forma como se combatió al nazismo y al fascismo después de su derrota militar, o al estalinismo ideológico y político a la caída de la Unión Soviética. Por supuesto que es necesario entender a profundidad las causas que provocaron la identificación de la población norteamericana con este tipo de discurso intolerante y racista, para intentar romper de aquí en adelante con los prejuicios legitimados una y otra vez en la narrativa de Trump y sus secuaces.

El fantasma del caos y el autoritarismo abre las puertas a un régimen oscurantista en el país más rico y más poderoso del planeta con las terribles consecuencias que esto puede ocasionar. Hoy, la noche ha caído y el temor por lo impredecible genera esta angustia colectiva en el ánimo de millones de habitantes de todo el planeta.

Twitter: @ezshabot

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