Opinión

Miedo a morir solo

Ana se murió hace 10 años de cáncer en el hígado. Todos mis amigos más cercanos se han ido muriendo también, uno por uno, en los últimos tiempos. Me quedé más solo que nunca, confuso y angustiado.

Lo peor del caso es que podría tener una familia. Ahí está Aldo, con quien dejé de hablar casi desde que se murió su madre. Nunca me ha gustado pensar demasiado ni hablar de mis cosas, pero creo que he comenzado a entender que yo esperaba que él se quedara a hacerme compañía. Hizo todo lo contrario. Apenas murió su madre, decidió casarse con la única mujer que nunca me gustó para él. Era linda y amable, pero con una educación completamente diferente a la de nosotros. En casa siempre cuidamos –quizá en exceso– el decoro y la discreción. Juliana, mi nuera, era ruidosa, se reía fuerte, hablaba fuerte y se vestía como si estuviera lista para leer la mano o el tarot en algún café de la ciudad. Sí, ya sé que soy un frívolo. Quizá también por eso estoy solo.

El caso es que Aldo y yo nos dejamos de hablar porque en un arranque de estupidez, decidí irme de viaje el mismo día de su boda. No pude soportar la idea de quedarme solo en la casa sin él. Tampoco podía tolerar que se casara con una mujer tan diferente a Ana. Los hijos nunca cumplen los deseos de los padres, ya se sabe. De todos modos, no lo pude respetar.

–Manuel enfrenta a sus 75 años el paso inexorable de la vida. La muerte de su mujer, la pérdida de sus amigos y la ruptura con su hijo lo han sumido en una soledad tristísima. Viene al consultorio porque necesita hablar de lo que le ha pasado–

Desde que voy con la 'loquera', me he sentido peor. Estoy más triste ahora que antes. Quizás es que al escucharme contándole mi vida entera, se han removido todas las cosas. La muerte de mis padres, el último día que pude conversar con mi madre antes de que fuera incapaz de reconocerme. Hablar me ha obligado a enfrentarlo todo: la vejez, las muertes, lo mucho que extraño a todos los que se han ido. Pero también el miedo que tengo de morirme solo sin resolver mis asuntos pendientes. En realidad el único asunto pendiente en mi vida es Aldo y nuestra distancia. Ha sido mi culpa, yo me perdí la oportunidad de tener una familia. De verlo a él, a su mujer y a mi nieta (sí, tengo una nieta de ocho años) como mi última posibilidad de compañía.

–Manuel está más triste desde que viene a terapia pero parece menos ansioso y ha comenzado a dormir mejor. La simple fantasía de llamar por teléfono a Aldo le da un poco de sosiego. Sus procesos de duelos simultáneos son necesarios para que sea capaz de encontrar sentido mientras viva–

Después de mucho hablarlo y de reflexionar, he comprendido que los hijos siempre desean lo que los padres no queremos. Yo mismo cuestionaba a mi padre todo el tiempo y no por eso le quise menos. El domingo y casi de la nada, marqué con mano temblorosa el número de Aldo. Le tomó un segundo alegrarse por mi llamada. Casi parecía que llevaba años esperándola. Me siento un imbécil por el tiempo perdido. Pienso sobre todo en mi nieta y en los años preciosos que dejé pasar. No pude hacer otra cosa con mi dolor más que romper con mi hijo por atreverse a hacer una vida al margen de mí.

Total, ahora me rasuro con mucho cuidado y estrenaré una camisa que compré para el reencuentro. También preparo lo que quiero decirle a mi hijo: que lo amo aunque no haya sido capaz de respetarlo. Parece que la vida me está dando una última oportunidad.

Vale Villa es psicoterapeuta sistémica y narrativa. Conferencista en temas de salud mental.

Correo: ​valevillag@gmail.com

Twitter: @valevillag