Opinión

Michoacán, ¿oportunidad perdida?

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Rodrigo Vallejo Mora. (Quadratín)

Rodrigo Vallejo, hijo de Fausto Vallejo, exgobernador de Michoacán, salió bajo fianza el pasado 11 de abril. El video que provocó su detención no deja lugar a dudas. Su complicidad con La Tuta es evidente. Sin embargo, la PGR lo acusa exclusivamente de encubrimiento, que no es un delito grave. Por eso sólo hubo de pagar 7 mil 500 pesos.

Sentado ese precedente, no es imposible que Jesús Reyna, secretario de gobierno de Fausto Vallejo y gobernador interino por un tiempo, obtenga también –en algún momento– su libertad.

Lo más estridente de la terrible historia de Michoacán, es que al exgobernador del estado, Fausto Vallejo, no se le abrió ninguna investigación. Sin embargo, él no podía ser ajeno a lo que sucedía en su entorno.

Menos aún, cuando estaban implicados su hijo y su secretario general de Gobierno. Además, era un rumor a mil voces que había un contubernio entre el gobierno estatal y Los Templarios. A lo que se agregó en 2013, la denuncia que La Tuta había presionado a la gente para que votara a favor de Vallejo, en la elección para gobernador.
La forma en que Los Templarios impusieron su reino de terror, sólo se puede explicar por la complicidad de las autoridades municipales y estatales. En sus mejores tiempos, Los Templarios llegaron a sumar unos 600 miembros, incluyendo líderes, jefes de plaza, sicarios e informantes. Con semejante fuerza nadie puede controlar un estado de las dimensiones de Michoacán.

El enorme poder de intimidación de Los Templarios fue descrito por el propio comisionado Castillo: “Lo primero que me confesaron es que la gente no denunciaba porque si levantabas una denuncia ésta aparecía clavada con un cuchillo en la puerta de tu casa al día siguiente. Y además venían represalias. Habían quemado familias enteras…”

Otra parte de ese mismo testimonio no es menos elocuente: “La Procuraduría y la Secretaría de Seguridad Pública estaban totalmente infiltradas al grado de que en la oficina del director de la Policía Ministerial había una espada que le habían regalado Los Caballeros Templarios” (Nexos, 1.12.14).

Así que si se quiere sintetizar por qué la estrategia para desmantelar a Los Templarios fue exitosa, hay que señalar tres factores: las autodefensas, las autodefensas y las autodefensas.

Las autodefensas, porque rompieron el pánico que tenía paralizada a la población; las autodefensas, porque al enfrentarse a Los Templarios se volvieron noticia nacional, pero sobre todo internacional; las autodefensas, porque obligaron al gobierno federal a intervenir y romper la complicidad de las autoridades locales con el crimen organizado.

Dicho eso, no se puede regatear al gobierno federal ni al comisionado Castillo la forma en que abordaron el problema: a) reconociéndolo; b) haciendo alianza con las autodefensas para combatir a Los Templarios; c) enfrentando a las autoridades involucradas; d) integrando las autodefensas a la Fuerza Rural.

Pero vueltas que da la vida. Alfredo Castillo, comisionado en Michoacán del 15 de enero de 2014 al 22 de enero de 2015, acaba de ser nombrado, el pasado jueves 16, director del Consejo Nacional del Deporte.

El doctor Juan Manuel Mireles, uno de los líderes más visibles de las autodefensas, continúa preso en una cárcel de alta seguridad por el delito de portación de arma prohibida. Lo que constituye una paradoja, como decía Emilio García Riera, porque siendo un delito grave se le ha negado el derecho a fianza.

En contraste, la salida bajo fianza de Rodrigo Vallejo resalta el lado más cuestionable y oscuro de la estrategia que se ha seguido en Michoacán. En ningún momento se optó por aplicar estrictamente la ley a los políticos coludidos con Los Templarios.

Porque si así hubiera sido, Rodrigo Vallejo y su padre, Fausto Vallejo, estarían detenidos bajo acusaciones graves, que no les otorgarían derecho a fianza, y temerían las revelaciones que podría hacer La Tuta, preso desde el 27 de febrero.

Se perdió, pues, la oportunidad de sentar un precedente nacional y mandar un mensaje inequívoco a toda la clase política: no a la impunidad, sin importar cargo ni filiación política. Me corrijo: no se perdió, nunca estuvo en el ADN del gobierno federal.

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