Opinión

Mi padre ha muerto

Todos llevamos a nuestro padre en los hombros, cargándolo como si fuera un lastre que nos impide la marcha. Hasta que llega el día en que el peso se aligera y podemos caminar sin él porque ha muerto.

Es entonces cuando podemos cargar a nuestros hijos en los hombros y llevarlos por el sendero que creemos les ahorrará un poco de sufrimiento. También llegará ese día en que ellos, los hijos, nos vivan como carga y tengan que deshacerse de nosotros para poder andar su propio destino.

Muchas veces dije que mi padre estaba muerto aunque estaba vivo. No logramos a lo largo de los años entendernos, fuimos incapaces de construir diálogo respetuoso. Siempre me sentí incómodo con él, discapacitado para conversar de forma natural, contarle mis cosas, pedirle un consejo. Él todo se lo tomaba personal. Si yo fallaba en algo era para joderlo o porque a mí no me importaban nada los esfuerzos enormes que él había hecho para darme educación, cultura, mundo.
Siempre fue su forma de amarme y yo me tardé demasiado tiempo en entenderlo. A veces anhelaba una conversación relajada de padre e hijo, un momento íntimo de comprensión humana. Él estaba demasiado en su papel de padre dominante y yo en el de hijo rebelde.

Es probable que jamás haya entendido que el padre que tuve, fue el padre que tuve. Hasta que lo vi en la bolsa negra con cierre en la que ponen a los muertos para llevárselos a su funeral. En ese momento entendí que mi padre era sencillamente un humano como cualquier otro, aunque yo tuviera tantos asuntos pendientes con él, tanto que reclamar y tanta culpa por haberme mantenido lejos como una forma de venganza. Me daba coraje que no pudiera expresar más amor, y yo mismo me volví poco expresivo y amoroso con él. No pudimos superar la distancia que marcó la relación.

Me volví padre hace 19 años. Soy un defensor natural de mis hijos y me ha costado tremendamente decirles que no a nada. He sido cercano y cómplice desde que nacieron. Cambié pañales, jugué con ellos, caminamos por bosques y montañas, los he visto crecer y siempre he tratado de apoyarlos lo más que puedo. Pensaba con orgullo que había superado a mi padre, que era mejor que él.

Comencé a negar algunas cosas, por ejemplo que me había pasado al otro bando. Al de los blandos y sobreprotectores, incapaz de poner límites o de frustrar deseos. Sentí que al defender a mis hijos de todo, reparaba la soledad en la que había crecido. Ha sido complicado encontrar un punto medio y sé que tengo que lograrlo, porque el amor en exceso también termina haciendo daño.

En las últimas semanas he soñado con mi padre. Me sueño conversando con él, hablando sobre un libro de Bioy Casares que nos gustaba a los dos. Despierto extrañándolo, arrepentido de no haberlo amado más mientras estaba vivo. Fui débil e infantil, incapaz de enfrentar como adulto las carencias de nuestra relación, que son las carencias inherentes a todas las relaciones.

Decir la palabra hijo y escuchar la palabra padre es quizás una de las experiencias más estremecedoras de mi vida. Hoy entiendo que cuando uno dice que no necesita de su padre y que puede prescindir de él, lo único que hace es negar la realidad de la necesidad. Al no darle importancia, reprimí la angustia y la tristeza que la distancia me provocaba. Ahora él no está más para decírselo.

Hay que amar para no enfermar, dice mi terapeuta. Y jamás subestimar el poder del amor y de la muerte, que están presentes en todo y en todas las cosas. Ahora hablo en sueños con mi padre muerto y algunas veces cuando estoy despierto.

Tengo una sola cosa clara: quiero dejar huella en mis hijos por el amor que compartimos y no sólo por la obligación de la sangre.

Vale Villa es psicoterapeuta sistémica y narrativa. Conferencista en temas de salud mental.

Correo: valevillag@gmail.com

Twitter: @valevillag