Opinión
ARTURO ZALDÍVAR LELO DE LARREA, MINISTRO DE LA SCJN

“Mi misión: defender al pueblo de abusos de poder”

   
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Arturo Zaldívar se formó con los hermanos maristas. Recibió una educación humanista, vinculada con el catolicismo de izquierda. Eso, y la huella de sus padres, lo hicieron quien es.

Arturo Zaldívar García murió recientemente de esclerosis lateral amiotrófica (ELA), la enfermedad que aún padece Stephen Hawking, el célebre físico y divulgador. Mientas perdía la movilidad de sus miembros, conservaba la lucidez y el buen humor. “Nunca lo escuché quejarse. Nunca perdió la sonrisa ni la bondad. Aunque mi relación con mi madre realmente fue mucho más cercana, el ejemplo que tuve de mi papá fue esencial”, cuenta su primogénito.

Quedó paralizado de un mes a otro. En esas condiciones, mantuvo su trabajo durante diez años, en la planta de Kellogg. No había de otra: sus dos hijos menores eran dependientes y tenía que sacarlos adelante.

Arturo Zaldívar hijo había llegado a la Ciudad de México para estudiar a la Escuela Libre de Derecho. “Para mí fue un choque venir aquí; darme cuenta de que algunos de mis compañeros tenían valores tan distintos a los míos, descubrir el predominio del dinero para obtener favores. Suena inocente pero en mi Querétaro provinciano de esos tiempos, aquello sólo se veía en las novelas”.

Fue justo cuando iba a presentar su examen profesional que Zaldívar conoció el diagnóstico. Los neurólogos del hospital de La Raza le dieron dos años de vida a su padre, el promedio cuando se padece ELA, mal incurable, progresivo y degenerativo.

En consecuencia, renunció a la beca que había ganado para hacer el posgrado fuera de México y se doctoró en la Universidad Nacional. “No me arrepiento. Mis grandes amigos académicos son del Instituto de Investigaciones Jurídicas”.

Misterios de la vida: Guadalupe Lelo de Larrea murió doce años antes que su esposo, víctima de una infección complicada por la diabetes. Al cuidado de Don Arturo se quedó Lupe –Pilla, de cariño–, que había sido la nana de los niños Zaldívar. A la fecha, vive en la casa que fue del matrimonio y los hijos cuidan de ella.

Criado en conservadora comunidad queretana, la ideología actual del ministro de la Suprema Corte de Justicia de la Nación es motivo de escándalo en el seno de su familia y de algunos amigos, no tan próximos: “Nadie reza por mi conversión porque yo no rompí con nada ni con nadie. Simplemente me fui alejando, sobre todo a partir de que Juan Pablo II casi acaba con los críticos de la Iglesia y con los teólogos independientes. Luego se me identificó en la Corte como alguien que lucha por los derechos reproductivos de la mujer, por el matrimonio igualitario y eso tampoco caía de lo mejor por esos rumbos…”.

El joven Zaldívar trabajó como pasante en el departamento jurídico de Banamex y después con Armando Ostos, su maestro de amparo. Perseveró y apenas se recibió, abrió su propio despacho. Experto en materia de amparo y derecho constitucional, un tanto frustrado por la lentitud de las transformaciones que consideraba que México requería con urgencia, “decidí asumir el reto de convertirme en ministro. Era obvio que era imposible modificar algo desde la abogacía”.

La oficina de Zaldívar es helada. Prende el aire acondicionado a todo lo que da. Me ofrece apagarlo por un rato y se lo agradezco. Hablamos entonces de la 'bajadita'.

-¿Qué vas a hacer cuando dejes de ser ministro, en siete años?

-Si tengo vida y salud… La verdad es que no lo sé, pero no le temo a ese momento. Tengo claro que todo en la vida es transitorio. Ni la vida es para siempre. Estoy preparado para ser y para no ser, como dicen los budistas. Sé que estoy de paso y por eso procuro hacerle honor a la toga todos y cada uno de los días para defender aquello que me trajo a la Suprema Corte. Mi esencia no es ser ministro. Serlo es una gran responsabilidad, un gran privilegio y una gran oportunidad para mejorar aunque sea un poco la vida de los demás.

-¿Tu fama pública coincide con lo que querías proyectar?

-Honestamente no me preocupa lo que se diga de mí. Lo que he hecho en la Corte coincide con mi convicción profunda de hacer lo correcto en cada momento. Si así se toma allá afuera o no, me da lo mismo. Para unos soy un ministro progresista, defensor de libertades, y para otros soy el diablo. He tenido asuntos muy controversiales (el de Florence Cassez y el del aborto, entre ellos), y en algunos me ha ido como en feria en las redes sociales y en la prensa. Está bien, siempre y cuando yo esté convencido de que hice lo que tenía que hacer.

Zaldívar asegura que no declina su compromiso con el cambio en el país, “a partir de un mayor respeto y desarrollo de los derechos humanos. Concibo la misión de un juez constitucional como la defensa del pueblo frente al abuso del poder. Ese es mi deber”.

Fanático de la trova cubana, de Silvio y Pablo, de Amauri y de Serrat, Aute, Sabina y más recientemente de Ismael Serrano, Zaldívar busca el equilibrio. Está casado por segunda vez y no quiere restar tiempo a su esposa y a su hija. “La paz, la tranquilidad y la estabilidad en mi vida personal depende de ellas. Para mí sería muy difícil vivir como vivo, con tanta presión en ocasiones, si no tuviera en mi casa ese espíritu, ese apoyo y esa compañía”.

Zaldívar está insatisfecho con los avances que México ha experimentado. Los cambios son lentos y les falta profundidad, señala: “No son los cambios de gran calado que necesitamos, son pequeñas transformaciones que no subestimo, pero estamos lejos”.

-¿También en la Corte?

-En la Corte hemos generado transformaciones muy importantes pero no hemos logrado todavía que permeen en la sociedad, en los tribunales, en las autoridades. Damos un paso para adelante y dos para atrás. Sin embargo, si revisamos la historia de la justicia constitucional en los dos siglos del México independiente, hemos progresado en los últimos veinte años lo que no se avanzó en 100. Es muy estimulante.

Twitter: @scherermar

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