Opinión

Mi gobernador ideal

 
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ME. Duarte: ¿los mirreyes también lloran?

La generación de gobernadores que entrega el cargo en este 2016 probablemente pasará a la historia como la más corrupta y ladrona en el largo registro de poderosos caciques y políticos estatales, que durante el siglo XX fueron amos y señores de su terruño. Y le aseguro a usted que el concurso está reñido.

El gobernador de Veracruz, Javier Duarte; el de Quintana Roo, Roberto Borge; el de Chihuahua, César Duarte; el de Oaxaca, Gabino Cué, forman parte de una generación de jóvenes políticos sobre quienes existía una alta expectativa: “van a ser diferentes, van a actuar de forma honesta, ejemplar, van a marcar una diferencia porque pertenecen a otra generación, fueron educados”, etcétera. Así rezaba el romancero popular que soñaba con gobernantes del siglo XXI. Tal vez por eso, el tamaño de la decepción y el engaño es tan brutal; tal vez por ello, duele más la desviación de fondos, el peculado, el tráfico de influencias, el nepotismo, los negocios al amparo del poder para compadres, parientes, prestanombres y 'representantes'. Y déjeme decirle que no hemos terminado: seguramente vendrán algunas revelaciones de Puebla, de Zacatecas, de Aguascalientes.

En días recientes sostenía una conversación con un joven gobernador electo, quien asumirá su nueva responsabilidad con las arcas vacías y casi en bancarrota. Como varios de sus colegas, como lo hizo Héctor Astudillo en Guerrero el año pasado o Silvano Aureoles en Michoacán, tuvieron que solicitar al gobierno federal y a la Secretaría de Hacienda apoyos especiales para, siquiera, cubrir los compromisos más inminentes.

A este joven gobernador electo le dije que tenía una oportunidad histórica, porque el hándicap a su favor era enorme. Con administrar con prudencia y eficiencia, ya con eso, su estado saldría avante.

Mi gobernador ideal, uno inexistente e hipotético, uno probo y ejemplar en su conducta porque una de sus funciones es también ser ejemplo en su comunidad, tendría una serie de cualidades.

Evitaría las fiestas, los desmanes, las pachangas y las borracheras, no por abstemio ni por mochilón persignado, sino por honesto, para no gastarse el dinero del pueblo.

Convertiría su vida por seis años continuos en una especie de disciplina monacal, consciente de la responsabilidad que desempeña, del peso que sostiene, de la gravedad de decisiones que debe tomar porque estaría enfocado a los delicados equilibrios del ejercicio de gobierno.

Sería un campeón contra la corrupción, no sólo para erradicarla de su aparato de gobierno sino, sobre todo, de la cultura de todos quienes quieren y buscan un contrato o concesión con la administración.

Los amigos, los que lo han sido de verdad toda la vida, los vería a distancia y con recelo, en la certeza clara de que el nuevo gobernador ideal no está ahí para beneficiar a nadie. A la familia extendida, en la casa familiar, que no en la de gobierno, ni en los autos, naves, vehículos o facilidades que otorga el poder.

El gobernador ideal estaría especialmente concentrado en que las licitaciones, concursos, permisos y licencias que otorga el gobierno se realizarían con total y absoluta transparencia.

Ese gobernador ideal buscaría construir una nueva relación con los sindicatos y las agrupaciones gremiales provenientes del siglo XX, resabios de un México viejo, corporativista, ocioso, con la errática visión de que el Estado existe para atendernos y servirnos.

Las novias o novios en la agenda del gobernador ideal estarían proscritos. No hay tiempo para la licencia cuando hay gente que no tiene para comer, que carece de empleo, que el pobre desarrollo económico ha sido incapaz de brindarle una oportunidad de educarse y crecer con lo más indispensable.

El equipo de funcionarios y servidores públicos seleccionados por el gobernador ideal sería gente de capacidad profesional probada en el área de su especialidad, no habría policías improvisados en el deporte, ni damas de buen ver en terrenos que no conocen, porque el daño y costo de la beca los pagan el erario y la población.

El gobernador ideal trabajaría intensamente en controlar los excesos vanidosos y los ataques de egolatría que con frecuencia padecen los políticos de izquierda y de derecha, de todos los colores y tendencias, para entender que su función es un servicio a la comunidad, no un privilegio por su cuestionable inteligencia.

El gobernador ideal haría a un lado en consecuencia todo sueño, aspiración, ambición ilusoria de llegar a la presidencia de la República. Su energía, atención y el presupuesto del estado no están a su disposición para ambicionar la silla del águila. Tiene un contrato con los electores para desempeñar una función 'al máximo de sus capacidades' y hasta el último día de su mandato. Su tiempo, no es suyo, es de la comunidad que lo contrató para ejercer esa función, por ende no se distrae, no se desvía, no sueña con viajes internacionales disfrazados de misiones comerciales, no invente fórmulas mágicas para endeudar al estado a 30 años con la bursatilización de bonos que pagarán los ciudadanos por dos o tres décadas.

El gobernador ideal trabajaría incansablemente para reducir la deuda de sus antecesores y, en efecto, brindaría un auténtico servicio a la ciudadanía al pagar lo que otros se llevaron. Más aún, carente de compromisos políticos que limiten su función constitucional en beneficio de sus electores, el gobernador ideal haría todo lo posible por recuperar los que algunos de sus antecesores endosaron a nombre de sus familias y descendientes.

Mi gobernador ideal sería un ciudadano ejemplar y modelo, un hombre sencillo, que no profeta, un ciudadano común y comprometido, profesional, que dedicaría seis años de su vida a servir a su ciudad y estado.

¿Es imposible pensar que algo así es posible? ¿Resulta descabellado?

Twitter: @LKourchenko

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