Opinión

México y su mala suerte

 
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Donald Trump

Con independencia de las torpezas y los actos de corrupción que detienen al país, el acierto en la elección del rumbo que debe seguir, que se debe de atribuir a esta administración -en pro del respeto por los derechos del hombre, la participación activa del sector privado en la generación de riqueza y empleo, la participación democrática de la ciudadanía en la definición de políticas públicas, el combate contra cualquier monopolio y la evaluación de los educadores, entre otros-, está plagado de mala suerte. Eventos ajenos al propio gobierno impiden, circunstancialmente, que cualquier esfuerzo de su parte pueda merecer reconocimiento alguno de la ciudadanía. Me pregunto si es un fenómeno propio de este gobierno o si más bien persigue al país entero.

Ninguna de las administraciones recientes -y por recientes me refiero quizás a las que vienen ocupándose de gobernar a México durante el último medio siglo- ha tenido el infortunio de enfrentar los estragos que provoca el desprecio de un presidente de los Estados Unidos de América hacia todo lo mexicano o lo que viene de México. Y es que nadie puede poner en tela de juicio que los descalabros que sufre el peso frente al dólar están directa e íntimamente ligados a la suerte que pueda llegar a tener el TLCAN, y que éste se relaciona con el tono del discurso que en cualquier momento dado puede llegar a pronunciar el presidente Donald Trump, y que los resultados de ese ejercicio tienen una incidencia política en México.

Es meritorio, por consiguiente, que se realicen todos los esfuerzos necesarios en ese frente para evitar que el efecto inmediato de la fuga de la inversión produzca una desaceleración económica de tan grave dimensión en México, que coloque a la planta productiva nacional en una situación de apuro existencial. Así las cosas, aún y persistiendo la necesidad de perseguir la apertura y el fortalecimiento de la relación con otros mercados, se debe de atender la conservación de aquel con el cual se han vinculado 80 por ciento de las exportaciones totales del país.

Afortunadamente, los miembros del nuevo gabinete republicano relacionados con la política comercial de Estados Unidos (EU) han compensado mediante declaraciones a los medios, que mesuran la postura política de la administración Trump, los efectos desoladores del repudio contra México y la ofensiva construcción del oprobioso monumento para contener la migración: el muro. Son factores que unidos a otras medidas emprendidas por la Fed le han concedido un anhelado alivio a la paridad cambiaria.

La declaración del secretario de Comercio, Wilbur Ross, quien afirmó que las negociaciones comenzarían hasta finales de este año, y que tomarían un año más -de ahí que se tengan realmente dos años antes de empezar a ver qué va a suceder con relación a las exportaciones mexicanas hacia EU-, fue el primer gesto de reconciliación que disminuyó el desánimo de los inversionistas.

El descanso más importante, sin embargo, le llegó al peso la semana pasada, cuando uno de los asesores en materia comercial más cercanos al presidente Trump, el director del Consejo Nacional Económico de la Casa Blanca, Pete Navarro, dejó entrever la posibilidad de que toda la zona de integración de Norteamérica, México incluido, puedan conformar una potencia regional en el campo de la manufactura, sujeta a reglas de origen más estrictas que permitan la seguridad de los beneficios económicos ligados a la producción local obligatoria.

Es un cambio radical del discurso que, inmerso dentro de la lógica de integración comercial regional que se ha venido construyendo a lo largo de las últimas décadas, impulsora de cadenas productivas que hacen más eficiente la actividad manufacturera y de servicios, tiene todo el sentido del mundo. Significaría un paso hacia delante en la profesionalización de la mano de obra mexicana que podría aportar a Norteamérica un elemento esencial para la consolidación de ese propósito multilateral.

Desde luego que los beneficios para México podrían ser mayúsculos, si se asume la responsabilidad de cambiar al país en el sentido que se está proponiendo, que exige la implementación de una auténtica cultura de la legalidad, y la aceptación del papel que nos corresponde, en primer lugar y en una primera etapa como proveedores de mano de obra, en la forma que se ha venido dando todos estos años, y después, en un segundo momento, como generadores de nuevas actividades empresariales, como las que en muchos sectores se han venido consolidando de manera tan acertada.

Es fantástico este nuevo escenario, con una salvedad, si la renegociación de los nuevos acuerdos comerciales culminará en dos años, no pueden desvincularse el tratado comercial y los procesos político-electorales que tendrán lugar en México en los próximos meses. ¿Cuál sería la línea de trabajo que habrá de seguirse dentro de dos años, de llegar a triunfar un candidato populista de izquierdas? ¿Qué será de México si quien tuviera la facultad y representación constitucional para firmar el resultado de los compromisos internacionales, su presidente, decidiera catapultar el discurso y las políticas inversas, las que afirman que todo lo hecho hasta ahora está mal hecho, o las que envueltas en un nacionalismo radicalizado pudieran llegar a suponer que la surte de nuestro pueblo no puede quedar atada a los caminos que emprenda ningún imperio extranjero?.

No obstante el claro vaticinio de las encuestas que se realizan en estas fechas, creo que es muy pronto adelantar el triunfo de absolutamente ningún contendiente a la presidencia de México, ni siquiera son las épocas para hacerlo. Estoy convencido de que se debe de empezar a trabajar en la generación de conciencia, al interior de los partidos y hacia el propio electorado, en torno de los peligros y los nocivos efectos del populismo, peligros que, si pertenecen al mismo sentido de la mala suerte que ha convivido con esta administración, podrían significar un grave descalabro del que no se levantarán muchas generaciones.

Twitter: @Cuellar_Steffan

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