Opinión

México y la banalidad del mal

   

Ha llegado momento de entender que hay límites a la esquizofrenia
con la que un país puede operar.

Jorge Zepeda Patterson, Premio Planeta 2014

Ante la realidad de violencia e indignante impunidad que vivimos en México, el arte contemporáneo resulta ser una frivolidad. Si pensamos el arte en el formato de una magna exposición en un recinto museístico o de galería, muy difícilmente podríamos decir que “el arte puede cambiar al mundo”, o que tiene algún poder ante la desaparición forzada de 43 estudiantes, sobre los 100 mil muertos y 13 mil desaparecidos, la toma de pueblos enteros por cárteles del narcotráfico, fosas por doquier con decenas de cadáveres, los absurdos asesinatos de civiles y ante todo esto, la incompetencia gubernamental.

Los recientes acontecimientos en Iguala y Ayotzinapa, Guerrero, son de una barbarie tal que resultan casi incomprensibles. Pareciera que nuestro país va en detrimento humano, donde el valor de la vida, el respeto a la libertad y la justicia están a la baja, mientras que el poder y el control son las divisas que tanto criminales como autoridades gubernamentales tratan de conseguir a cualquier costo.

Lo peligroso de esta situación para los que de alguna manera lo vemos “desde afuera”, es el confort ante lo que Hannah Arendt llamó la banalidad del mal (reportaje que realizó sobre los juicios a los nazis en Jerusalén para el New York Times en 1960, y que culminó en el libro Eichmann en Jerusalén: Un estudio sobre la banalidad del mal).

Bajo ese concepto, la maldad no es radical, no surge en un punto, sino se encuentra en un estado de continua expansión latente, y las personas responsables de actos atroces parecen comunes con rasgos de normalidad. Cuando recuerdo la imagen del ex edil José Luis Abarca Velázquez con su esposa y la facilidad con que banalizan el horror, es claro lo que Arendt quiso decir.

El punto crítico de México no comenzó ni acabará en Ayotzinapa. Desde hace décadas estamos asimilando la violencia como algo normal y cotidiano en nuestro país. Los feminicidios de los años 90 en Ciudad Juárez los vemos a la distancia y ya sin consternación, así como su más reciente réplica en el Estado de México. Estamos haciendo de la sangre y la impunidad un elemento de nuestro día a día. Y para completar la decepción, me parece funesto cómo la comunidad artística sucumbe a la estetización de la protesta y la rebeldía, limitándose a la congoja en redes sociales o aprovechándose de este momento como plataforma de sus carreras académicas e institucionales.

No pretendo generalizar, pero me pregunto si los artistas mexicanos, sus galeristas y algunos coleccionistas, que creen estar ayudando al país mientras reciben cantidades obscenas de dinero, están conscientes de que comparten y estrechan saludos con personajes cuyas manos están manchadas de sangre.

En el sentido marxista, el arte es reflejo de la sociedad que lo produce, y si los detractores del arte contemporáneo ven síntomas de degradación, también me pregunto qué están haciendo para generar un cambio.

El arte por sí mismo no puede cambiar al mundo; somos las personas las que tenemos la responsabilidad de actuar y existen muchas trincheras desde las cuales podemos luchar por el futuro que deseamos para nuestro país. Los involucrados en cultura tenemos la oportunidad de canalizar el peculiar conocimiento que genera el arte como una herramienta de cambio, pero al margen de mercados y egoísmos fútiles.