Opinión

México no tiene
política exterior

La condición que diferencia a México del resto de América Latina es el Tratado de Libre Comercio de América del Norte. A 20 años de su implementación, es de tal magnitud su impacto en nuestra estructura económica, que no permite marcha atrás. Eso nos blinda de un posible cambio de paradigma, como el que han sufrido Argentina, Brasil y potencialmente Chile.

Por ello, nuestra relación con Estados Unidos es esencial, y es buena noticia que a Enrique Peña Nieto le fue muy bien en Nueva York. No entiendo por qué es tan tieso en México, cuando su soltura puede ser tan efectiva. Me recuerda un poco a Miguel de la Madrid, quien en corto era un tipo afable y ameno, pero tenía una rigidez que no le favorecía en eventos públicos.

La visita del presidente me confirma lo previamente dicho: México no tiene política exterior. Nuestro obsoleto y absurdamente jerárquico Servicio Exterior lo refleja. En éste no se premia la especialización. Si alguien es experto en Medio Oriente, igual acaba en la embajada de Honduras o Tailandia. Es celoso de quien no es miembro del club, a pesar de que algunos de los funcionarios que más han hecho por ellos no lo han sido, como José Ángel Gurría, último canciller que revisó su tabulador salarial el siglo pasado. Los miembros de éste han perdido cuando menos 40 por ciento de su poder adquisitivo desde entonces, y ganan una fracción de lo que reciben en niveles similares funcionarios brasileños, por ejemplo.

Nuestra política exterior carece de lineamientos u objetivos. Eso le ha restado efectividad a quienes potencialmente pudieron haber sido extraordinarios embajadores, como los dos últimos en Estados Unidos, Arturo Sarukhan y Eduardo Medina Mora, que son personas inteligentes y capaces, pero que al no recibir objetivos claros, simplemente reaccionan a lo que se requiere a corto plazo y hacen un papel “decoroso”. Lo mismo pasa a nivel de consulados. En 22 años en Nueva York he visto cónsules desde pésimos hasta excelentes. Lo que tienen en común es que cada quien lo hace a su entender, no tener línea clara impide incluso premiar a quienes tendrían buena capacidad de ejecución.

En un Servicio Exterior Mexicano sin brújula y mal compensado, el único valor fundamental proviene de la jerarquía, y ésta es defendida ferozmente. Puede haber peleas a muerte por formas y percepción de protocolo, lo cual fomenta enemistades. Se pierde tiempo y energía. Por mucho, esta no es la representación que requiere un país que aspira a ser una potencia económica mundial.

Tenemos una fortaleza que ningún otro país sueña tener. 34 millones de mexicanos en Estados Unidos, un tercio de ellos nacidos en México, nos dan una base que, si fuese organizada, nos permitiría tener voz en debates internos en temas que nos afectan. Además, cuando menos siete millones de empleos estadounidenses dependen de la relación económica con México, y numerosas empresas mexicanas –ICA, Bimbo, Cemex, Carso, Lala, Televisa– tienen creciente presencia.
Considerando nuestro potencial peso político, es incomprensible que no se haya pasado una reforma migratoria en Estados Unidos. Ésta beneficiaría a millones de mexicanos en Estados Unidos, y se traduciría en un crecimiento exponencial de negocios binacionales, que generarían empleos, crecimiento e inversión. ¿Cuántos vuelos más se necesitaría tener, por ejemplo, entre México y Nueva York si 1.2 millones de mexicanos que viven en esta zona pudieran ir y venir a México libremente?

Como estrategia de política exterior, es imperativo que México haga un esfuerzo serio por rearraigar a los millones de jóvenes que claramente no son estadounidenses, pero que están perdiendo su identidad mexicana. Podríamos armar un ejército de jóvenes con voto en Estados Unidos que al identificarse con México sean guardianes de nuestros intereses.

En vez de eso, nuestra actitud ante las comunidades mexicanas es condescendiente, y con estrategias clientelares, en el mejor de los casos. La única reunión que el presidente canceló en esta ciudad fue la que iba a celebrar con líderes comunitarios. Es un error grave haberlo hecho, máxime que era su primer viaje como presidente a esta ciudad. Claramente, desde la perspectiva de quienes lo asesoran, no era una reunión prioritaria.

Ahora, el vacío en la política exterior mexicana recibirá un reto mayúsculo si el senado estadounidense ratifica el nombramiento de María Echaveste como embajadora de Estados Unidos en México. Ella es una aguerrida militante a favor de los derechos de la comunidad México-Americana en California. Su perfil es potencialmente cáustico en muchas instancias de la relación, y quizás un poderoso interés en común puede provenir de que México la aproveche como aliada en la búsqueda de una reforma migratoria ambiciosa y de estrategias para empoderar a nuestra comunidad.

Estamos quizás a una década de que la comunidad mexicana en Estados Unidos se desarraigue por completo. Cuando ocurra, habremos perdido una oportunidad históricamente irrepetible.

Twitter: @jorgesuarezv