Opinión
ARNO BURKHOLDER, periodista e historiador 

“México necesita conocer su pasado”

   
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Retrato Hablado

Arno Burkholder vive en la casa de su abuela Matilde, la misma donde hojeaba de niño un enorme libro –editado en 1898. Era una recopilación de periódicos berlineses que ella había heredado de su madre, una suizo-alemana que llegó a México a mediados del siglo XIX. La familia era dueña de las tierras en el rancho que hoy es Avenida de los Amores.

Esa familia paterna fue producto del matrimonio de su bisabuela con un indio matlatzinca, Crispín Catzín, de Malinalco. Extrañamente el tatarabuelo, quien solía andar con guardaespaldas, permitió el matrimonio de Matilde con Crispín. Una de las hijas que concibieron se casó con un norteamericano, Paul Burkholder, que trabajaba en la embajada su país en México. Tuvieron dos hijos, Arno y Eckhardt, pero su relación fracasó y la abuela volvió y se empleó como secretaria en el Instituto Mexicano del Seguro Social.

La familia de su madre es sinaloense. Siete hijos tuvieron su abuelo, masón, y su abuela, católica. Vivían en la colonia Guerrero, en un bello edificio al que llegó Henry Robinson, un inglés que poseía un negocio de talabartería, y que fabricaba objetos para caballos. “Robinson, supongo, fue quien permitió que mi abuelo ingresara a la masonería”, cuenta. “También fue clave para mi tío Juan, que tiene una empresa de campamentos para niños, aunque su gran misión siempre ha sido, en realidad, el escultismo”.

Los padres de Arno Burkholder se conocieron, precisamente, en un grupo scout. Y construyeron una asociación independiente de scouts en México.

Burkholder era aficionado de los libros antiguos de escultismo. Y a la historia, sobre todo a la china y la japonesa. Mientras estudiaba la primaria y la secundaria, entrenaba taekwondo en la Moo Duk Kwan, una de las mejores escuelas de taekwondo, donde se han formado campeones olímpicos. Después de conquistar la ansiada cinta negra, comenzó a entrenarse como karateca. Y más adelante se instruyó en las técnicas del ninjutsu, el arte de los ninjas.

Ha cumplido cuarenta años practicando artes marciales. “Me da disciplina y tranquilidad. Me da sentido”.

Al terminar la prepa en el Colegio Universitario de México, Arno Bulkholder hizo una pausa. Leyó mucho sobre budismo zen y aprendió yoga y física mental con uno de los precursores de la disciplina en nuestro país, Pedro Espinoza de los Monteros. Y no sólo eso: durante tres años formó parte de un grupo musical insólito, Nueva Vida, que le siguió a Viva la Gente. Era un grupo gigante de muchachos, entre los 17 y los 25, que cantaban, bailaban y se expresaban en el escenario. El espectáculo se presentaba en albergues, convenciones y en la televisión, por supuesto.

-¿Te ponías adelante o atrás?

-Pues la verdad es que me ponía donde me tocara. Yo era parte de los coros así que eso me dejaba hasta atrás, pero bailaba o hacía un número al que llamábamos 'el participativo' que consistía en poner a cantar y a bailar a todos.

Como no era un muchacho problemático, sus padres toleraron ese periodo hasta que decidió inscribirse para periodismo en la Unitec. Alejandro Ramos Esquivel, entonces director de EL FINANCIERO, dirigía la carrera.

Burkholder tuvo una brevísima carrera como reportero, pero lo decepcionó el breve aliento de las investigaciones periodísticas, así que se inscribió a la UNAM. Antes de comenzar la maestría completó algunas materias en una especie de curso propedéutico. Entonces se le atravesó la huelga de 1999. Vivió por algún tiempo en Monterrey y dio clases en el Politécnico, y más adelante se refugió de nuevo en la Unitec. Era maestro en la preparatoria. En el camino de su casa a la universidad estaba el Instituto Mora, un famoso centro de investigación del Conacyt. Se acercó y propuso realizar un proyecto de investigación que tendría que ver con periodismo: la historia de la revista Proceso que pronto fue sustituida por la historia del boicot publicitario a Excélsior.

Con el alivio de una beca, se tituló de maestro en historia y de inmediato se apuntó para el doctorado. “La escuela era tan dura y rígida como siempre, pero para mí todo se hizo disfrutable y maravilloso”.

En el doctorado, Burkholder completó su anterior trabajo de investigación: la historia del periódico, que fue en sus mejores años el más prestigiado en América Latina. “Yo había leído muy joven Los periodistas; después leí Los presidentes y tiempo después La guerra de Galio. Había un pedazo anterior de la historia que faltaba por contarse”.

Se dice que un buen periodista además tiene suerte. Ese fue el caso de Arno Burkholder. Se había desanimado cuando en el diario le dijeron que ahí no guardaban documento alguno, sólo ejemplares de todos los tiempos. Sin embargo, mientras continuaba con sus primeras exploraciones de hemeroteca, un amigo le dijo que no encontró el archivo de Excélsior en el periódico porque estaba en el Archivo General de la Nación.

“Los ojos se me pusieron como platos; después de los años en los que la cooperativa estuvo en su peor etapa, fue vendida. Regino Díaz Redondo ya había salido de la empresa. Los documentos pertenecían a la Secretaría de Economía, que controlaba las cooperativas, y por esa razón no podía tener acceso a ellos, aunque estaban bajo el resguardo del Archivo General de la Nación”.

El primer documento que Burkholder tuvo en sus manos fue la minuta de una asamblea que terminó con violencia, en 1965. “Había verdaderas joyas. Escarbando ese archivo supe que tendría que estudiar incluso los antecedentes de la fundación del diario para lo que ha sido de él”.

En 1997 Burkholder concluyó el doctorado con mención honorífica, pero fue una década después cuando La red de los espejos, una historia del diario Excélsior, 1916-1976, fue editado por el Fondo de Cultura Económica.

Burkholder se ha volcado en la disciplina que ama. Es profesor en varios diplomados y en la maestría en historia de la Casa Lamm. “Este país tiene una enorme necesidad de conocer su pasado. Necesita que alguien se lo cuente. Yo no voy a dedicarme a otra cosa”.

Salvo a la esgrima japonesa, claro, “un arte marcial ad hoc para un hombre maduro”.

Twitter: @maria_scherer_i

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