Opinión

México hemático

La nuestra es una nación que ha fundado su devenir en un culto a la sangre. Por un cause hemático discurren por igual gloria y decadencia.

Hemático es nuestro pasado precolombino y el sacrificio ritual a Huitzilopochtli y lo es también nuestro pasado colonial que nos trajo la salvación con la sangre del Justo. Sangrientas fueron las luchas intestinas y las invasiones extranjeras del siglo XIX y sangrienta la revolución del siglo XX.

El México heroico plasmó sus epopeyas en el texto mismo del canto patrio, el color rojo de la enseña nacional hace apoteosis a la muerte y a la sangre de sus hijos ofrecidas en los altares de la libertad, la independencia, la democracia y la justicia social. A lo largo de su historia, este país se ha glorificado, como muchos otros, en esa retórica hemática, que rinde homenaje y sublima el sacrificio de patriotas que con desdén han entregado su vida en pos de valores superiores: virtud y grandeza.

No se entiende como, intempestivamente, hemos pasado de lo más sublime a lo más decadente, el culto a la sangre y a la santa muerte con valores pervertidos por la ambición de poder y riqueza.

Hemático es el culto a los nuevos antihéroes socializados y purificados en películas, series televisivas de alta audiencia o en corridos apologéticos de difusión masiva: mafiosos, narcotraficantes, asesinos, corruptos y estafadores presentados como nuevo paradigma, ante una sociedad que es en realidad la víctima de su éxito criminal.

Hemática es la barbarie incontenible de grupos criminales que han adoptado como práctica común la agresión y el asesinato colectivo, sea prohijados por el poder, tolerados por este o en usufructo de su incapacidad.

Los oprobiosos sucesos en Guerrero, certifican no sólo el deterioro profundo y evidente de la capacidad del estado para cumplir con su más elemental e indispensable función, razón misma de su existencia: proteger la vida y los bienes de sus ciudadanos. Dan cuenta de la pudrición moral, estructural y funcional del aparato público, de la hemática decadencia, perversión y desprecio por la vida humana, carente de valor frente a los beneficios que produce la posición política que, por otra parte, no tiene carta de exclusividad en esa entidad.

Circunstancias similares se reproducen en otras regiones de nuestra geografía con patrones comunes que acreditan y resumen los indignantes niveles de corrupción y la identidad, cuando no la simbiosis, entre criminales y autoridades.

México es un país hemático, lo fue en sus orígenes, lo expresa en sus símbolos, en el culto a sus héroes, en su Himno Nacional, en sus monumentos, pero esa cultura de sangre santificada por la heroicidad de sus próceres es antítesis de la perversión en que nos hemos sumido, en la decadencia y deshumanización social que asimila con pasmosa naturalidad e insensibilidad el macabro hallazgo de inhumaciones clandestinas que se vuelven despreciables si los restos que contienen no corresponden a los buscados en la coyuntura presente.

Como ayer, somos una nación hemática, pero nuestro suelo se cobija hoy con sangre nada heroica de decenas de miles de muertos, localizados o no, mutilados o enteros, calcinados o disueltos, identificados o anónimos, criminales, contrarios, migrantes, periodistas incómodos, disidentes, subversivos o inocentes, pero finalmente víctimas todas de la degradación humana, de la ambición y de la decadencia de una sociedad que se pretende moderna y pugna, a pesar de su patética realidad interna, de su virulencia e iniquidad, por codearse con los más prominentes jugadores en el escenario global.