Opinión

México en Norteamérica


Barack Obama y Enrique Peña Nieto están en la misma sintonía, dispuestos a que las economías de México y de Estados Unidos se combinen (con sus desigualdades) para elevar la competitividad norteamericana en el mercado global.
 
Comparten la idea de que las empresas privadas deben ser las que articulen la mayor integración de las 2 economías y coinciden también en que tal integración se materialice conforme a las reglas de mercado. ¡Que las mejores empresas sean las que triunfen!
 
Al Estado le correspondería propiciar la eficiencia económica de las empresas, a partir de la eficacia institucional.
 
Las reformas que se propone realizar el gobierno de México atienden los 2 requisitos:
 
Por un lado se proponen abrir más espacios a las inversiones privadas, destacadamente en la industria petrolera y eléctrica, como parte de la integración energética regional 'para lograr la seguridad en esa materia'. (Por cierto que a pesar de su importancia, nada se ha sabido de los acuerdos sobre yacimientos transfronterizos de hidrocarburos que supuestamente firmaron los dos presidentes.)
 
En el mismo tenor favorable a las inversiones privadas de cualquier origen, el gobierno mexicano también trata de propiciar la competencia mercantil en sectores oligopolizados; atacó el de telecomunicaciones pero al bancario lo consiente y le facilita los embargos de sus deudores en el intento de que así amplíe y abarate sus servicios.
 
Por otro lado, el proyecto integracionista tendría que establecer el complemento indispensable de la economía de mercado, que son las reglas propias de un Estado de derecho en que los inversionistas consideren que están garantizadas las inversiones, la propiedad intelectual y sus utilidades.
 
La corrupción es la peor enemiga de la eficacia del Estado en cualquier aspecto, y aunque Peña Nieto ha ofrecido combatirla, tanto su gobierno como su partido siguen resistiendo cualquier avance hacia la rendición de cuentas y la transparencia.
 
Debilidades del proyecto integracionista
 
La coincidencia de perspectiva entre los gobiernos de México y el de Estados Unidos viene desde que Carlos Salinas fue presidente. A pesar de las 2 décadas transcurridas, el proyecto no ha resuelto sus grandes debilidades.
 
Destacan las asimetrías en capacidades productivas, desfavorable a nuestro país, que el libre mercado no hará más que profundizar, como ha sucedido en el marco del TLCAN; otra debilidad son los muchos arreglos pendientes en nuestro orden institucional, necesarios para elevar la eficacia en lo que corresponde al Estado.
 
Otro desafío mayor es que la imagen de Norteamérica como bloque económico no les interesa completa a los estadounidenses, ni tiene una base social consciente y activa en nuestro país.
 
La idea de la integración se ha gestado en esferas de poder salinistas, pero no basta para hacer que sectores amplios de mexicanos se olviden de la historia, que cambien sus valores culturales y que participen entusiastamente de ese futuro. Para intentar lograrlo se propone educar en ese sentido a las juventudes profesionistas de clases medias.
 
Durante la visita de Obama a México se anunciaron nuevos instrumentos para afrontar vulnerabilidades del proyecto integracionista como las referidas antes. Con el que se persiguen las mayores consecuencias es con el Foro Bilateral sobre Educación Superior, Innovación e Investigación, dirigido por la Fundación Nacional de Ciencias de Estados Unidos y por el Conacyt.
 
Al foro se le asignan tareas explícitas, como acelerar los intercambios estudiantiles y académicos, y proponer políticas educativas en los dos países, pero la más importante queda implícita: que ayude a derribar actitudes nacionalistas y culturales que obstaculizan la integración económica de América del Norte.
 
No hay proyecto de nación posible sin el respaldo de un proyecto educativo. Si el proyecto nacional se cifra en profundizar la integración económica a Estados Unidos, se trata de que la educación que reciban quienes han de ocupar posiciones de decisión en cualquier ámbito, sirva a ese propósito.
 
Por cierto, Rafael López Castañares, que es el secretario general de la ANUIES, aplaudió el acuerdo como la oportunidad de apostarle a "la formación de capital humano altamente especializado".
 
El tema que debería conocer muy bien López Castañares, es que la educación no sólo enseña a las personas a hacer cosas para ser productivos; inevitablemente también les inculca valores y principios que motivan maneras culturales de ser y de convivir.
 
 
http://estadoysociedad.com
Profesor de la FCPS de la UNAM