Opinión

México, campo minado para los migrantes


 
Por noveno año consecutivo, la Caravana de Madres Centroamericanas en busca de sus migrantes desaparecidos en México ha recorrido gran parte del país.
 
 
La travesía concluye hoy, Día Internacional del Migrante, a la orilla del Suchiate, línea divisoria entre México y Guatemala, luego de que la Caravana pasara por una docena de estados y una veintena de ciudades o comunidades.
 
Las madres encontraron a ocho migrantes desaparecidos. En nueve años, son alrededor de 200 los reencuentros logrados con el recurso insólito de recorrer un país que se ha desentendido de los transmigrantes.
 
Un país que, en palabras de Rosa Nelly, coordinadora del Comité de Familiares Migrantes de Progreso de Honduras, “se ha convertido en un campo minado para los migrantes”.
 
Un país en el que, según afirma Santos del Socorro Reyes Dávila, integrante de la Caravana, “hay más malos que buenos”. Puede parecer exagerado. Pero eso es lo que ella piensa y tiende derecho a decirlo. Si para Socorro los indiferentes hacia la tragedia de los transmigrantes en México forman parte de los malos, entonces tiene razón. Cada quien sus cuentas. Pero su aseveración abre paso a la reflexión.
 
¿Es la indiferencia una falta, una forma de agresión? Lo es, cuando hemos tolerado que al menos durante 10 años nuestro territorio haya sido escenario de tantas y tantas muertes, mutilaciones, agresiones, extorsiones, violaciones y desapariciones de migrantes, sobre todo centroamericanos.
 
No se trata, ni remotamente, de hechos aislados. El aire en el camino migrante está enrarecido, huele a amenaza, a abuso y delito, a violencia e impunidad.
 
Dice Rosa Nelly: “Esto ya no es un asunto de crimen organizado, sino de crimen autorizado”.
 
Sus palabras pueden herir la sensibilidad de más de un funcionario. “Nos ofende”, dirán. Pero mientras México no demuestre con hechos consistentes que está decidido a terminar con la tragedia que padecen los migrantes en el país, no habrá forma de negar lo que diagnostica la activista.
 
Nosotros somos migrantes. Todos tenemos un pariente o un conocido en Estados Unidos o en alguna otra parte del mundo. Conocemos de cerca el dolor, el miedo, la angustia, la marginación de los nuestros en otro país.
 
Esa experiencia no nos ha bastado para comprender lo que sufren los migrantes indocumentados en nuestra tierra. Y ello, a pesar de que este padecimiento es extremo, y ahora visible.
 
Ya no es cuestión de desconocimiento. No podemos alegar ignorancia. Con mayor o menor profundidad, todos lo sabemos.
 
Las madres de la Caravana nos recuerdan nuestra tarea con una claridad que deslumbra y acusa: “Queremos que el Estado mexicano informe la cifra total de las personas migrantes desaparecidas, que cree mecanismos efectivos para localizar a nuestros hijas e hijos y que modifique las leyes migratorias”.
 
 
Contamos ahora, es cierto, con una Ley de Migración, pero la realidad cotidiana de los migrantes no se ha modificado. En tanto ello no ocurra, los avances de la ley serán discurso, y la demanda de las madres que han perdido a sus hijos seguirá siendo vigente… y punzante.