Opinión

México bipolar

Roberto Escalante Semerena

En fecha reciente el presidente de México asistió al Foro Económico Mundial de Davos y ahí participó en un panel en el que habló acerca del prometedor futuro que advierte para el país, resultado de las recientes reformas estructurales aprobadas, misma postura que reiteró en la salutación a la plenaria de la CELAC. Sin embargo, como sabemos, tan pronto terminó su intervención fue espetado por el organizador del foro acerca de los temas de seguridad en México, y señaladamente acerca de la situación de Michoacán y de las guardias de autodefensa.

Esta intervención del presidente en tan importante foro ilustra el título de este artículo. En México, el presidente y muchos, parecen estar en dos mundos desconectados. Por una parte, existe un discurso preocupado por propalar una imagen de progreso, modernidad y cambio. México está transitando hacia el siglo XXI con base en reformas históricas, nunca antes vistas. México está haciendo todo para convertirse en una de las Mecas preferidas de la globalización. Y este aspecto sí importa, y mucho. Por otro lado, los mexicanos de todos los sectores sociales vivimos, cotidianamente, el asedio, la intimidación, el miedo, de un México cada vez más violento, ingobernable, de un Estado no ausente sino asociado al crimen organizado. Y ese México sólo es aludido, como en Davos, cuando alguien pregunta por él. A los mexicanos no nos queda más que aguantar y esperar que nos protejan los santos a los que les profesamos fe, y de no existir dicha protección, pagar los costos de la violencia con la pérdida de la vida, de nuestro patrimonio, de nuestra tranquilidad.

Y nadie, en los distintos niveles de gobiernos, asume los costos de una lucha efectiva contra la inseguridad y la violencia. En ningún caso. Lo más grave es que la asociación del Estado con la delincuencia no es patrimonio de una sola membresía política. Todos los partidos políticos, por lo menos los tres más importantes, en diferentes partes de México y a diferentes niveles, aparecen coaligados a los delincuentes. Las ciudades de la Tierra Caliente de Michoacán, las de Cuernavaca y más recientemente la de Yautepec, en Morelos, y en muchas otras de México, los delincuentes siembran la psicosis del miedo, del terror, de que en cualquier momento vamos a ser víctimas de ellos y los gobiernos municipales, estatales y federal, no hacen nada, a pesar que prometen hacerlo. No lo harán. Pero eso sí, cuando el hartazgo alcanza límites intolerables y la sociedad toma en sus manos el quehacer de la seguridad y la justicia, el escándalo aparece y las guardias comunitarias son señaladas como ilegales que hay que erradicar, los que violan los derechos humanos.

En México, socialmente hablando, se ha olvidado, no existe, la honestidad. Cuando el ejercicio del poder público lo permite, o la simple existencia de acceso al enriquecimiento legal se presenta, todos se venden y la ley siempre está muy, muy atrás de la realidad.

México vive la tragedia de la bipolaridad política social. Y para la sociedad no hay, aparentemente, alternativa. Más que aguantar y sufrir. Los ciudadanos hemos optado por adoptar un perfil bajo, esperando así que los delincuentes no se fijen en uno y, después ataquen. Así la complicidad es disfrazada de ausencia: se encubre a la delincuencia desconsiderando el “costo” en vidas humanas, que no deja de ser lamentable, escalando la diferencia entre este mundo bipolar.

El problema no consiste en la ausencia de una política para garantizar la seguridad, tantas veces prometida por los gobernantes en turno, sino su ineficacia. Seguramente, con la recién anunciada estrategia antisecuestro se dirá que habrá de esperar a que en el mediano plazo se obtendrán resultados. Habría que recordar que hace seis años, el gobierno anterior dijo lo mismo. Es decir, la espera tiene que ser infinita... Nunca va a haber resultados tangibles porque, como se ha dicho, no se trata de un Estado ausente o fallido, sino omiso y frecuentemente complaciente. No. De lo que se trata es que el Estado es cómplice, socio de la delincuencia, a diferentes niveles: funcionarios, policías, jueces y demás autoridades que no aplican la ley, ni imparten justicia. Y como los delincuentes tienen enormes presupuestos para complacer la omisión de la autoridad, armas e información, es casi imposible enfrentarlos, ya no digamos vencerlos.

Este cuadro de tragedia de un México bipolar que se desmorona por todos lados es el saldo más costoso que nos ha dejado el neoliberalismo, cáncer que inició en los ochenta y aún no termina de devorar a la sociedad, a la política.