Opinión

Mexicano (a)

21 enero 2016 5:0
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Bandera de México frente a Palacio Nacional

A mis nietos Mateo y Martina

Uno. En tiempos de globalización (si nos faltaba Asia, ya no), pueden sonar anticuadas, mohosas, cuestiones tales como la mexicanidad y lo mexicano. Y conste que no me detengo en la evidencia de que la supuestamente civilizatoria globalización guarda caras siniestras: la cosecha de multimillonarios en países hambreados (China), el terrorismo sin fronteras (Estado Islámico).

Dos. Otra precisión. La singularidad mexicana y el ser mexicano que traigo a cuento (que no a cuentas), no tiene que ver con los desvelos del grupo Hiperión, antes Samuel Ramos, después Octavio Paz. En los 50 del pasado siglo, los “hiperiones”, filósofos los más, se afanaron, psicoanalistas amateurs, en la mexicanidad del mexicano (al igual que en Argentina algunos intelectuales pesquisaron la argentinidad del argentino o, en Cuba, la cubanidad del cubano, etcétera).

Tres. Los rasgos fundamentales que ahora interesan atañen a la historia (la historia acontecimiento y la historia escritura) y a los filos culturales (duros cual el acero) de nuestro país.

Cuatro. Un ejemplo. Pocos son los personajes, en verdad arquetípicos, de la literatura universal. Ulises, Eneas, Don Quijote, Ema Bobary (¡ay, el bovarismo!, incluido el masculino), Papá Goriot, el doctor Fausto, Pedro Páramo y tantos que involuntariamente se me escapan. Uno de ellos es Stephen Dedalus, creación de James Joyce. Dedalus se adivina en Dublinenses, parte plaza en Retrato del artista adolescente y comparte créditos en Ulises, novela con la que su autor revoluciona el género novela.

Cinco. Dedalus, desterrado por propia mano, novicio del Arte por el Arte, dice que la pesadilla de la que trata de despertar es la Historia.

¿Qué historia? La de su país natal, Irlanda. De origen que se pierde en los tiempos. Celta. Bastión medieval de la cristiandad. Bebedora y tradicionalista, musical. Colonia del Imperio Británico. Rebelde, insumisa, aquejada de independentismo. Matriz de grandes plumas (¿le suena Swift? ¿Le suena Wilde?). Vaya, como México, tierra también de grandes pintores y músicos, y va para rato y ahora mismo cineastas.

Seis. James Joyce, exilado, llaga viva de las contradicciones de su pasado (realidad) nacional, ocupa lugar de distinción entre la galería de autores planetarios. En efecto. Sin embargo, esto no le quita, ni a él ni a su autobiográfico personaje, la condición de irlandeses hasta las cachas. Irlandeses, para más señas, de la ciudad de Dublín; descrita, soñada, odiada, amada con pelos y señales.

Siete. Enorme paralelismo el de México e Irlanda, más allá de la épica del Batallón de San Patricio (sacrificio que recuerda una placa en el Jardín de San Jacinto, San Ángel, a unos pasos del Bazar de los Sábados para más señas turísticas). Ahora bien: el que aquí nos gobierne (es un decir) una clase política amafiada, simuladora de la democracia, volcada a sus intereses, escandalosamente subvencionada; y el cielo patrio se encapote; y se anuncien ya ominosos y repetitivos los desfiguros del 2018; no basta para borrar las huellas de nuestra procedencia (como Irlanda, pese a Joyce y Dedalus, no puede borrar las suyas).

Ocho. ¿Qué orígenes nuestros? Prehistoria clásica (con sus oscuridades por supuesto). Una larga Guerra Civil y otra de Liberación Nacional. Un despojo territorial. Tres hondos procesos sociales, obturados: Independencia, Reforma, Revolución (rango que no alcanzan ni la Reforma Política ni la cojitranca Reforma Estructural).

Nueve. La singularidad mexicana la amasan su historia y su cultura de resistencia, y su pendiente cuestión social. Ser mexicano(a) es asumirlas hasta sus consecuencias últimas. No sólo guisar romeritos. Deliciosos si se cocinan como Dios manda.

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