Opinión

Mercados

    
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El Marqués, Querétaro.

Ya alguna vez lo hemos platicado, la riqueza se crea en el mercado. Si usted tiene una casa, o unos centenarios, la riqueza que eso representa es virtual hasta el día en que pueda venderlos. Lo mismo ocurre si escribió un libro, imaginó una fórmula para un nuevo limpiador de horno, o la manera de calcular el portafolio ideal de acciones y bonos. Nada de eso vale nada hasta que encuentra alguien dispuesto a adquirirlo. Y aunque usted tenga una estimación del valor de sus ideas o activos, la realidad es la que resulte de discutir con los compradores.

Para la inmensa mayoría de los bienes y servicios que se intercambian, éste parece ser el mecanismo más eficiente, siempre y cuando estas discusiones ocurran en condiciones de libertad e igualdad. Libertad, para que cada quién pueda pedir y ofrecer sin restricciones externas; igualdad, para que no haya alguien que puede obligar a los demás a vender barato o comprar caro. Para esa inmensa mayoría de bienes y servicios, entonces, el mercado basta para resolver cuál es el valor de cada uno de ellos.

Siempre ha habido quien cree que eso no debe ocurrir, y que hay ciertos bienes que deben tener un valor determinado. Por ejemplo, los alimentos no deben ser caros porque son indispensables. Pero si esa carestía es resultado de la escasez, pues no hay solución. Y es que el problema es la escasez, no el ánimo de vender caro. Si hay poca comida, hay que encontrar una forma eficiente de distribuirla. Puede ser vía precio, como decíamos, o en casos extremos puede hacerse vía cantidad, es decir, racionando. No tengo duda de que hay momentos especiales en los que ese tipo de asignación tiene virtudes: peste, guerra, tragedias naturales. Pero no en condiciones razonablemente normales.

Otro caso interesante es el de ciertos bienes que las personas creen que deben valer mucho. Esto suele ocurrir con eso que llamamos “arte”. Los bienes que se identifican como artísticos resultan valiosos para algunas personas, que creen que todos los demás debemos pagar mucho por ellos. Pero el carácter artístico de los bienes es profundamente subjetivo, y no creo que alguien deba decirnos qué nos debe gustar.

Pero los mercados distan de funcionar perfectamente, como cualquiera sabe. Aún con libertad para decidir e igualdad para que nadie determine el precio, hay un problema de información que es muy importante. Cuando compra usted un aguacate (¡a 20 pesos!) no sabe si va a salir bueno o no. Usted compra con incertidumbre, que se convertirá en gestos de admiración o recuerdos familiares al vendedor cuando lo abra para servirlo.

Ese problema de información es particularmente serio en el caso de bienes o servicios que se compran hoy, pero se utilizan mucho después. Por ejemplo, el agricultor que debe decidir qué siembra, para cosechar dentro de seis meses; o la joven que decide cuál carrera estudiar, para llegar con ella al mercado laboral cuatro o cinco años después. Hay un riesgo intrínseco en estas decisiones que puede provocar una pérdida para todos: para el agricultor, para la estudiante, pero también para la sociedad en pleno, que puede acabar con más maíz y menos aguacate del necesario, o con más abogados y menos ingenieros de los requeridos.

Peor, el agricultor puede no querer sembrar otra cosa, porque está acostumbrado al maíz, o la joven puede imaginar que no sirve para ingeniería. Es decir: el riesgo afecta de manera diferente a las personas. Así, aun teniendo mercados libres y equitativos, la diferente (y natural) capacidad de las personas para enfrentar el riesgo puede llevar a una distribución desigual de la riqueza. Pero no es eso lo que explica la desigualdad actual, no lo quiera usar de excusa.

Profesor de la Escuela de Gobierno, Tec de Monterrey.

Twitter: @macariomx

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