Opinión

Mercado y productividad

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Producción industrial

Imagine usted que nos volvemos productivos, así como por milagro. Eso significa que podemos producir mucho más, usando los mismos recursos (trabajo, energía, maquinaria, etcétera), o bien podemos producir lo mismo, pero usando menos recursos. Claramente, cualquier posición intermedia es posible.

Si seguimos usando los mismos recursos y producimos más, ¿qué hacemos con la nueva producción? No hay a quién venderla, porque no hay más trabajadores ocupados, ni se les paga más (mismos recursos, dijimos). Hay sólo dos soluciones, bajar el precio de lo que producimos, o buscar otros mercados en dónde colocarlo.

Si preferimos reducir los recursos para seguir produciendo lo mismo, también enfrentamos un problema: al ocupar menos trabajadores habrá menos demanda de lo que producimos, de forma que no nos queda sino bajar los precios o buscar otros mercados.

Como puede ver, el incremento en productividad se traduce en menores precios o en nuevos mercados. Y es precisamente una combinación de ambas cosas lo que ha permitido multiplicar la riqueza del mundo por cien en el transcurso de un par de siglos.

La caída del precio del algodón, por ejemplo, permitió un mercado de textiles que no existía en el siglo XVIII, luego ampliado por los tejidos sintéticos. La caída en precio del transporte produjo mercados inmensos: en ciudades imposibles sin autotransporte, en estados conectados por ferrocarril, en países comunicados vía aérea y marítima. La mayor productividad agropecuaria nos permite hoy alimentar a más de siete mil millones de personas mucho mejor que lo que podíamos hacer en 1960 con la mitad de esa población. Hoy hay un 50 por ciento más comida disponible por persona (datos de FAO), a precios significativamente inferiores.

Pero los mercados se saturan, y entonces lo único que queda es desplomar los precios. Y con precios bajos, la única decisión razonable es producir cada vez con menos recursos. En ciertas condiciones, esto provoca serios desajustes en las economías: la deflación y recesión de los años treinta del siglo pasado es un ejemplo. Para evitar la saturación de los mercados hay dos caminos, que haya más compradores, o que compren más cada uno de ellos. Cuando hay crecimiento de la población, y al mismo tiempo del ingreso de esa población, todo va bien, el futuro es prometedor, y las personas le apuestan a ese futuro invirtiendo. Es tal la cantidad que se invierte, que el precio de la inversión crece, es decir, la tasa de interés. Pero a veces ocurre que la población no crece, o son los ingresos de la población los que se estancan, y entonces el futuro se ve peligroso, y nadie quiere invertir, de forma que la tasa de interés se desploma.

En los últimos 15 años se construyó un mercado global. Verdaderamente global. Una fuente de crecimiento en ese mercado es que la población crezca, pero resulta que no está creciendo. Es más, se nos está acabando la población.

No hubo explosión demográfica como tanto se anticipó hace 50 años. Hoy, sólo en África hay crecimiento poblacional importante. Los países europeos, además de Japón, China, Brasil, pierden ya población. Los demás crecemos muy poco. Y si no hay más compradores, ¿para qué incrementar la producción?

Por eso las tasas de interés en los grandes mercados de inversión están en cero, o incluso son negativas en términos nominales. Y por eso hay amenaza de deflación. Sin más compradores, la productividad se refleja en precios más bajos. ¿Quiere esto decir que hemos llegado al fin del camino de la productividad y el crecimiento? ¿Hay otra salida? Ya se acabó el espacio…

El autor es profesor de la Escuela de Gobierno, Tec de Monterrey.

Twitter: @macariomx

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