Opinión

Menos es más

 
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Silencio. (Shutterstock)

Nos enredamos con las palabras y en vano intentamos comunicarnos con los demás, quienes con frecuencia, entienden una muy pequeña parte de lo que nos pasa. Seguimos luchando ferozmente para comunicarnos y para ser comprendidos, pero usamos mal las palabras, abusando de ellas, dándole vueltas a las verdades difíciles o guardándolas durante tanto tiempo, que cuando por fin nos decidimos a hablar, es abrumador todo lo que hay que comunicar.

Somos incapaces de decir ya no te amo y en su lugar decimos no eres tú, soy yo.

Cuando alguien que queremos nos lastima, nos cuesta la vida decirle que no nos hable así y preferimos someternos o negar la agresión, con tal de mantener la paz.

En lugar de decir que fuimos egoístas o agresivos y pedir perdón, le decimos al otro que exagera, que es hipersensible o que nuestros actos fueron consecuencia de una provocación y así nos quitamos de encima la responsabilidad.

Decimos sí cuando queremos decir que no, pero si al fin nos atrevemos a decir que no, inventamos pretextos porque no somos capaces de decir que no queremos porque no queremos. Y lo hacemos porque tenemos miedo de que nos dejen de amar.

No se trata de maltratar a los demás o de decir lo primero que se nos ocurra sin filtrarlo. Tampoco significa decir lo que sea en el momento menos oportuno, porque así lo sentimos. En realidad se trata de honestidad, de decir con la mayor precisión posible lo que pensamos y sentimos, sin darle vueltas, sin insultos y sin adornos. Para lograrlo, primero tenemos que decirnos la verdad a nosotros mismos. Las peores mentiras son las que nos decimos frente al espejo algunas mañanas.

Los sermones, los discursos eternos, son lo opuesto de la asertividad, que es la cualidad de comunicarse con menos palabras y que sean más precisas.

Por ejemplo, con hijos adolescentes se cuenta con más o menos 5 minutos de atención cada que hace falta hablar de algo, importante o no. Muchos padres se extienden en arengas sobre el sentido de la vida, de la responsabilidad o de la ética y pierden el volátil interés de sus hijos. Así que quizá valdría más elegir frases cortas: No me gusta lo que acaba de pasar, no puede volver a pasar, si vuelve a pasar, no puedes salir la siguiente semana. A veces funciona.

Se vale decir que una tiene ganas de estar sola, que no le gusta contar sus problemas cuando está enojado o muy triste, que necesita el refugio de su casa cuando todo sale mal, que no le gusta su forma de beber, o que le grite o que sea sarcástica. También puede decirle cuánto le agradece haberlo apoyado en momentos difíciles, que adora que le regale libros, que no le gusta salir los domingos después de las 6 de la tarde, que sí se ve gordita con ese vestido, que le dé un abrazo largo y apretado, que le diga cuánto lo quiere, que le diga cuánto la quiere, que diga perdón por ofenderte, no volverá a ocurrir, dame un abrazo.

En el fondo, todos agradeceríamos la honestidad y la brevedad en la comunicación y nos daría menos pereza sentarnos a hablar sobre los problemas y otras cosas.

Y nos atraparíamos menos en relaciones personales y profesionales que nunca quisimos tener pero fuimos incapaces de rechazar. Y nuestra vida social no estaría basada en mentiras piadosas o en dejar de decir lo que queremos por no parecer mal educados o egoístas.

Si fuéramos menos rígidos, podríamos decir y escuchar un sí y un no, sin pedir tantas explicaciones, agotadoras y a veces estériles.

Quizá deberíamos hablar menos, con más franqueza, con menos miedo, respetando la dignidad personal y la de los otros, eligiendo bien nuestras palabras para no desgastarlas.

A veces creo que la vida sería mucho más amable si entendiéramos que menos es más.

Vale Villa es psicoterapeuta sistémica y narrativa. Conferencista en temas de salud mental.

Twitter: @valevillag

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