Opinión

Meade, el 'caballo negro'

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José Antonio Meade. (ilustración)

Durante el Foro de EL FINANCIERO que tuvo lugar la semana pasada, se realizó una peculiar votación entre los casi dos centenares de asistentes –tomadores de decisiones, líderes empresariales, estudiosos del acontecer político y económico– para ver quién les gustaría que fuera el próximo presidente de la República. Ganó de calle José Antonio Meade.

-Oye, ¿estuvo Pepe Meade aquí antes de nosotros?-, me preguntó asombrado el líder nacional del PAN, Ricardo Anaya, al darse a conocer el resultado de la votación.

Pues no, no había estado Meade, ni entre los asistentes hubo personas vinculadas a la Secretaría de Desarrollo Social.

No se trató de una encuesta científica ni mucho menos. Fue únicamente votar, de manera secreta a través de un dispositivo electrónico, por quién cree que tiene mayores posibilidades de ser presidente de México, y quién le gustaría que lo fuera.

En la primera pregunta, de quién tiene mayores posibilidades de ser presidente, Meade no figuró entre los favoritos. Y sin embargo fue el preferido para llegar a ocupar la primera magistratura.

Las apuestas (por ahora) no están con Meade, pero el sentimiento (de cierto público) sí. Es lo que en política se denomina, tomado del argot de la hípica, un “caballo negro”.

Meade lo es porque el presidente lo puso en Desarrollo Social precisamente para que compita por la candidatura, además de que saque adelante una buena labor en esa secretaría vital en el combate a la pobreza.

Y lo es también porque Meade es de los que han cruzado el pantano sin mancharse.

De los miembros del gabinete es el que más responsabilidades ha tenido en el Ejecutivo federal y no se le conoce ningún escándalo. Al contrario, no hay quien hable mal de Meade, y no porque haya nadado de muertito, sino porque lo ha hecho bien.

Con Felipe Calderón fue secretario de Energía y de Hacienda. Con Enrique Peña Nieto ha sido secretario de Relaciones Exteriores y ahora de Desarrollo Social.

Le falta arraigo partidista y tal vez ese sea uno de sus atractivos, aunque nadie duda de su ascendiente priista que viene de su padre, un hombre querido y respetado en el PRI.

Ahora que los partidos están tan desprestigiados, la buena fama pública de José Antonio Meade es un activo al cual puede recurrir el PRI a la hora de designar a su candidato presidencial.

A Meade se le ve muy reservado a la hora de ganar reflectores, tal vez porque le pesa competir con compañeros suyos del gabinete que lo acercaron al presidente electo Peña Nieto.

Pero ya está ahí, tiene su estilo, típico de los caballos negros, y necesita galopar para que lo conozca el grueso de la población.

Con un López Obrador que cuenta con los tiempos oficiales de televisión a su servicio para la campaña adelantada desde hace muchos años, Meade tendrá que ir mostrándose más. A su buena reputación personal, tiene que agregar el conocimiento público de sus
virtudes.

Twitter: @PabloHiriart

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