Opinión

Me asusta lo que miro en torno mío

24 abril 2013 14:50

 
Toma asiento, voy a decir una cosa.
Hace calor. Cómo quisiera
hablar de los vientos
que mueven al mar,
insolentes y drásticos,
que lo desquician,
que lo envuelven en una injuria
de salvaje apoteosis.
Cómo quisiera hablar
de los engaños que perturban
la vida, que la ahogan,
que nos puede volver locos.
Pero voy a decir otra cosa.
Se trata de los tornados
de la invisibilidad.
Hace varios días no te miro,
no sé dónde estás,
no sé quién eres,
no estoy contigo
cuando estoy contigo,
no te distingo.
¿Dónde te has ido
a pesar de que estás a mi lado?
¿Dónde está tu voz
cuando hablas?
¿Dónde está el encanto
que se anidaba en mi cuerpo?
¿Dónde están las palabras
que yacían —estremecedoras—
en tu ombligo,
en tus caderas,
en tus ojos vivos?
Toma asiento.
Voy a hablar de los tornados
de la invisibilidad.
¿Tú me miras cuando
me levanto en las mañanas
para asomarme en el espejo,
para saber si aún estoy en mí,
para corroborar mi existencia?
Porque yo no te miro
ni cuando tu cuerpo
se acuesta desnudo
a un costado mío.
¿Es tu cuerpo aún mío?
¿Es mi cuerpo aún tuyo?
No digas nada.
Los pájaros silban
en el amanecer
—¿no duermen, acaso?—,
el ruido de tu silencio
me produce diminutas agonías.
Y en ellas vivo
en un remanso quieto.
Como en una laguna
sin embarcaciones,
sin hombres, sin fauna,
sin respiraciones.
§
Rezo a un santo pétreo,
a un santo no incorporado
en la santidad,
a un santo que no lo es.
Rezo a un santo
cuyo nombre ignoro,
rezo a un santo
que no me va a conceder
un milagro, un suspiro,
un quebranto, un aliento.
Rezo, pecador ingrato,
por los gritos
que mis oídos escuchan
en la medianoche,
por los gritos míos
en su cuerpo sosegado.
¿Por qué el olvido
no muere cuando se retira?
Nuestros cuerpos
se delinean en otros cuerpos,
se desfiguran, los desfiguramos,
los violentamos,
los crucificamos.
Un garabato es mi cuerpo
con los años idos.
Rezo a un santo
que no tiene nombre.
Rezo noche y día.
Me asusta lo que miro
en torno mío,
porque me pertenece:
el vacío de la quietud,
el tiempo que no pasa,
la furia desbordada
de los besos inexplicables,
el amor contra los cuerpos
finitos de luna vencida.
Rezo a un santo pétreo
en su atrio infernal
para que me conduzca
con su mortecina luz
a las cavernas del delirio
de tu gozo inconfesado.
§
Amor, mi cabeza delira:
dame una pequeña mentira
a cambio de un exiguo engaño.
Y nadie, no, se va a hacer daño.
Ha transcurrido más de un año
—pero al decirlo no me ensaño—
y lo nuestro carece de ira:
dímelo mejor tú, ¿a qué aspira
una relación sin disturbios,
siempre con besos en los labios,
con amaneceres de ensueño?
Arrebátame el dulce sueño.
Amor, mi cabeza delira:
inventa pronto una mentira.
§
Háblame de muchedumbres,
de señoríos fragmentados,
de siluetas en el olvido,
de mares disecados.
Quiero oír de destierros,
de lumbres que no queman,
de circos clausurados,
de sortilegios en la penumbra.
Háblame de tus vergüenzas,
de tus noches de armiño,
de los cantos susurrados
en las iglesias clausuradas.
Quiero oír en tu voz las voces
de los amantes arrepentidos,
los gritos de los gozos
de las enmudecidas sirenas.
Háblame de provocaciones adúlteras,
de enfermedades del fin del mundo,
háblame de tu atónita sorpresa al
mirarme entrar y tú en otro muy adentro.