Sol de octubre
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Sol de octubre

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Sol de octubre

03/10/2018

Los hechos desbordan el río de la Historia, los hijos de la Guerra tienen algo que decir y es mucho, el 67 había traído sus propios cántaros, sus avisos, pero el 68 estaba destinado a romperlo todo, todo a su paso. Los acontecimientos se daban en cascada, torrente que derrumbaba las estructuras y las superestructuras, lo establecido, lo quieto, lo acostumbrado, la libertad es un ave que no detiene ni el agua.

El agua, que diría Gorostiza, no sabe a nada, que no sabe nada. Julio se estrenaba con el rompimiento del mundo de un joven mexicano. El día siete, Guillermo Echevarría (el apellido se parece tanto al del secretario de Gobernación, Luis Echeverría, nada es casual), la promesa olímpica más seria de la futura delegación mexicana para los juegos de octubre, batió el récord universal de los 1, 500 metros en California. El júbilo, extraño en el diccionario del deporte nacional, no se hace esperar, hay esperanza y aliento en los muchachos que tomarán parte en la gran fiesta atlética griega que se propagaba, Olimpiada tras Olimpiada, a lo ancho del mundo.

En Ciudad de México, quince días después, el 22, un estudiante de la escuela Isaac Ochoterena, involucrada en una tranquiza durante un partido de futbol americano, sufre el impacto de la otra cara de la posguerra, la de la represión, la del desprecio y la del agandalle de las fuerzas policiales contra los estudiantes, la Ciudadela, en la que ocurrieron aquellos hechos en cascada de la Decena Trágica; es el escenario de la primera de muchas brutalidades del papá gobierno contra sus despabilados jóvenes que cambiarían para siempre el comportamiento político del México de final de siglo. Felipe Muñoz, ya miembro del equipo mexicano de natación que competiría en los juegos de la XIX Olimpiada de la era moderna, era testigo y actor de primer orden de la secuencia prosaica del derrumbe y la reconstrucción de las relaciones sicológicas de los mexicanos.

Corriente alterna, diría Octavio Paz. Corrientes enfrentadas: los hechos deportivos y culturales danzan, animosamente, hacia el 12 de octubre, día de la inauguración de los Juegos. Desde el 26 de julio (aniversario del triunfo del comunismo en Cuba), con París y Praga, codo a codo, el movimiento juega de contra el tiempo.

El autoritario gobierno mexicano tiene un límite con las fechas y las horas para la solución del conflicto que crece desproporcionadamente. Debe detener la ola de protestas antes de que las palomas inunden el cielo esmeralda de la Ciudad Universitaria, a la que en septiembre ocupa sin pudor alguno. También el ejército invade el Casco de Santo Tomás, instalación del Instituto Politécnico Nacional, casa de los jóvenes más desprotegidos de la educación superior.

Todo es una bomba de tiempo.

Los muchachos saben, como Ortega y Gasset, que la vida es un proceso natatorio, se va para adelante. Pero el gobierno mira para atrás; contiene. Sólo le hace ruido el silencio. La presión internacional es otro rival contra la autoridad de Díaz Ordaz. Las delegaciones extranjeras comienzan a llegar, Echavarría, Felipe Muñoz y resto de los equipos mexicanos se entrenan en medio de la tensión social. Comienza octubre, el mes de la libertad y la fatalidad. No hay solución. Los corresponsales hablan de la intervención de la CIA y la Secretaria de Estado de los Estados Unidos en los planes para encontrar la salida al galimatías intestinal de la Geopolítica. Dieciocho años antes Octavio Paz había entendido el proceso sicológico de los nuevos mexicanos, esos que estaban en la calle y en los campos de entrenamiento. Las caras de la medalla, diría Julio Cortázar.

La Villa Olímpica, en el Cuicuilco milenario, albergaba a otras juventudes ansiosas de Historia, los a-tletas franceses, los checoslovacos, los polacos, los alemanes y muchos, muchos más. Los viejos dioses mesoamericanos hablaban desde lo lejos con lúgubres premoniciones. Cuicuilco. El Tláloc del Museo de Antropología, el Templo Mayor estaba por despertar con todo su poder cósmico de guerra y sacrificios. Sería el poderoso Tlatelolco, el sangriento Tlatelolco, el que cobraría la factura de la Muerte. Diez días antes de la fiesta, la fatalidad: cientos de muertos y de aprehendidos y decenas de heridos son los reportes del final del sueño estudiantil. “Más allá de ti yace tu destino”, escribió el joven- como estos muertos y estos vivos que competirían en el Olímpico de la Ciudad Universitaria- Rilke, nunca tan fresco en ese 1968.

Ahora sí, entre la zozobra, el coraje y la tristeza, la fiesta de los dioses, los otros, los lejanos, los de la tragedia y los amos del destino de los héroes. Llegaron desde Olimpia, la gracia de Grecia; el batallón asesino profanó tan bello y sagrado nombre. El romanticismo hecho trizas por los hombres del traje gris y el puño blanco. Se rompen récords en la pista, en la alberca y el Black Power también tuvo mucho que decir y lo dijo en el hectómetro. La carrera del estadio sobre las pisadas de Heracles y de Apolo, era la misma del puño negro, dos halcones en medio del océano de gritos y de alabanzas. Todo se fue dando en cadena, cascada de granizos del ya fallido verano.

Guillermo Echavarría, el héroe trágico del deporte nacional, el esperado para el olivo y la Niké, el prefigurado para el destino, más allá de él, el muchacho que rompió el mundo en julio en la alberca, Echavarría, el ya festejado por el tirano de Palacio Nacional, falla en la final de los 1, 500 metros, llora desconsolado en la tina de la Alberca Olímpica Francisco Márquez, otro joven mártir de la Patria, esa Paloma Negra de las desgracias.

Justo tres meses después de la Ciudadela, el alumno de la Ochoterena, Felipe Muñoz Capamas, joven de 17 años, camarada de los que murieron, de los que torturaron, de los que golpearon en el Zócalo, en Madero, en la Escuela Nacional Preparatoria, en la Plaza de las Tres Culturas, en Santo Tomás, camarada de los que soñaron con la vuelta olímpica sobre las ruinas del priismo y su talante despótico, camarada, también del agua, del coagulado azul de lontananza, gana su lugar en la Isla de los Bienaventuardos al vencer en los 200 metros pecho en la misma alberca de la Benito Juárez.

Nadie lo esperaba en el año en el que se esperaban tantas cosas.

De la nada, nadaba aquel joven como ave que hablaba el mismo idioma de los que dieron la vida por el futuro (“esa marea que llamamos progreso”, diría Walter Benjamin) y con tan poco pasado.

El Tibio, sin saberlo, había calentado el agua grandilocuente de la esperanza. Después de la sangre, todo se volvió transparente, como el agua.

El 68 cumplió con su irrenunciable destino: el huracán, tristemente, no se convirtió en Paraíso.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.