Se acabó el juego del hombre; ellas ganan el medio campo
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Se acabó el juego del hombre; ellas ganan el medio campo

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Se acabó el juego del hombre; ellas ganan el medio campo

01/08/2018

Una de las grandes cualidades que tiene el deporte es que elimina la barrera de los géneros. Ellas no son menos que ellos; ellos no son mejores que ellas. Ellas y ellos. Dos formas del nosotros; el equipo. No hay manera, pues, de la comparación entre sexos. Ellas dirimen su jeraquía deportiva en el campo femenino; ellos en el masculino. Son atletas y reconocen sus diferencias. Porque son distintos es que son iguales. Y lo mismo podría decirse de las discrepancias religiosas, políticas y raciales. El deporte es comunión, identidad y lealtad.

Ángel Fernández sostuvo que el futbol es el juego del hombre. En tiempos de la solemnidad del tribunal de las palabras políticamente correctas (toda solemnidad es torpe), la frase del admirado narrador sería una ofensa injustificable contra las mujeres. Fernández hablaba más de hombría que de género; la defensa o la queja contra él es baladí. Es un hecho que las mujeres han ganado merecidos espacios en el ámbito deportivo. Y el futbol no ha sido ajeno a ellas desde hace muchas décadas. Las mujeres estadounidenses, en el último cuarto del siglo XX, dieron un impulso fundamental a la propagación del balompié femenil en todo el mundo; les siguieron las chinas y las europeas. Ya entrado el siglo XXI percutió en México esa pelota de la igualdad.

La FIFA, ante el avance imparable de esa fuerza, creó torneos similares a los varoniles en el campo femenil. Las federaciones nacionales tuvieron que abrir clubes, ligas y campeonatos para mujeres.

Las mexicanas, contra todo un aparato regido por hombres, han batallado dos veces para conformar selecciones nacionales en todas las categorías. El establishment, ese coto masculino, les impuso una, otra y otra barrera. Y ellas, toque a toque, llegaron al otro lado de la cancha. Y juegan, por fin, en todas las divisiones, por edad, del calendario internacional.

Es estúpido, grosero y macabro comparar el rendimiento de los equipos mexicanos, de ellas y ellos, en los Juegos Centroamericanos. El fracaso de ellos se debió, principalmente, por el deterioro de la Federación Mexicana de Futbol, integrada por personajes a quienes les importa más el lucro que el rendimiento deportivo. Ellos -visto con frialdad- fueron víctimas de la indiferencia de funcionarios codiciosos insaciables.

Ellas salieron a la cancha a dejar en claro que han ganado terreno en el ámbito futbolístico de este país. Han logrado dar forma a una liga profesional (que la televisión abierta ignora), han creado fuerzas básicas y han obligado a las universidades a fomentar torneos estudiantiles. La medalla de oro en Barranquilla es un diploma al mérito: las mujeres mexicanas, ismos (todo ismo es una torpeza), han dado brillo a una de las grandes cualidades del deporte: el objetivo de la igualdad.

Decía Homero: ser siempre el mismo y sobresalir de los demás. Ellas siguen siendo las mismas: la tenacidad constante. Bravo.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.