El reportero exquisito
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El reportero exquisito

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El reportero exquisito

16/05/2018

Fuera la primera persona del singular, murmulló Wolfe, durante una entrevista con la prensa española. “Claro que yo he cometido ese pecado”, se defendió. El novelista sabía de qué lado iba la pelota cuando se presentaba en la caja de bateo. Quizá sus ganas de volverse beisbolista le dejaron en claro cuál era el jardín derecho y cuál el izquierdo. La novela estaba al otro lado del parque del periodismo. Eso no indicaba que no formaran parte del mismo campo diamante. Tom bateaba por el lado del reportero, con un swing exquisito, para alimentar su narrativa de ficción; lo mismo tomaba el bate del novelista para enriquecer su periodismo de hechos, personajes y circunstancias perfectamente establecidas. Decía Julio Scherer que el periodismo debe ser exacto como el bisturí. Wolf era preciso en su oficio; el tipo de pelotero que veía los lanzamientos para que la pelota llegara al lugar exacto en el momento oportuno.

La gracia de Tom fue saber el arte del lenguaje. Cuando el partido se jugaba en las entradas de la realidad, del reportaje, de la crónica: se imponía el sustantivo; cuando el recreo daba posibilidades a la ficción, al largo aliento de la literatura, eran necesarios los adjetivos, sin empacharse de ellos. Tom Wolfe supo que ninguna dictadura es tan hostil a la prosa como aquella que abusa de los calificativos. Es sustantivo es. Es. El adjetivo puede ser todo y nada. Solamente hay uno que defina perfectamente lo que el narrador quiere expresar.

Escribe Wolf, por ejemplo, en Todo un hombre:

“La combinación de la madera oscura, la luz tenue y los ojos brillantes era tal que al principio Roger Blanco al Cuadrado no se percató de la figura desparramada en un sofá de cuero con botones. Tenía las largas piernas completamente separadas. Los brazos, también largos, reposaban de modo descuidado en el asiento. Los ojos lechosos, enmarcados por un rostro marrón oscuro, bajo la frente de una cabeza rapada, lo contemplaron con absoluta brusquedad…”.

El sustantivo está perfectamente “conectado” con el adjetivo, que juega de complemento, exacto, de la descripción de una figura, de una escena y de un encuentro, en este caso –bien lo puede adivinar el lector- será con un rudo, enérgico y poco amigable: Fereek Fanon, estrella de futbol americano, al que los diarios y la televisión se referían como Fereek El Cañón Fano, “un muchacho de la ciudad –sigue Wolf-, el orgulloso producto de una de las zonas más deprimidas de Atlanta, el Bluff, en un barrio llamado Avenida English”.

La diferencia entre literatura y periodismo es sutil: en el segundo, el narrador es un fantasma.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.