Al bat, el reportero de la derrota
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Al bat, el reportero de la derrota

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Al bat, el reportero de la derrota

23/05/2018

El beisbol tiene cargas evangélicas y proféticas. El errante volverá a casa después de tres esquinas; tres los strikes, eran tres las bolas, tres los outs; tres por tres, las nueve entradas; canto en el diamante que evoca los tercetos de la Comedia y las plegarias del Padre Nuestro, el Ave María y la Santamaría. Tres. La Fe, la Esperanza y la Caridad; tres los jardines, las bases y las heridas del Mesías en la Cruz. La suma del uno y el dos da tres. La Santísima Trinidad: el Hijo, el Padre y el Espíritu Santo. Pitcher, cátcher y primera base. La ruta más sencilla para sacar al bateador: 13.

Philip Roth, judío de Nueva Jersey, nacido en Newark en 1933, tuvo una pasión enloquecida por ese deporte que es –como dijo El Mago Septién- el rey de todos. Encontró en el diamante el esoterismo de la historia y de la literatura. “Es de las pocas cosas de las que sé mucho”, dijo con ese aire de sinceridad que tienen los bateadores del mediano line-up. ¡Vaya que sabía! No jugó, como Hemingway, Faulkner o Melville (a quien evoca en la mar como Ismael a la pequeña pelota blanca que otros llaman Moby Dick) a la seriedad para darle vida y sentido al gran anhelo de los escritores estadunidenses: La Gran Novela Americana. Mailer, Fitzgerald, Twain también sucumbieron a la sublime tentación. La narrativa total, absoluta (the best) y definitiva del ser y estar de América, cuando América es un punto y aparte del resto del mundo, pero sobre todo de América; Canadá y los latinos.

Otro tres: en 1973, Roth publica, a manera de burla, hit and run, La gran novela americana, que Emecé tituló en español: La caída de los ídolos, un paisaje -en efecto- letal de la derrota. Si en el béisbol todo es número y todos los números están conectados por la Gracia Divina -desde que las tablas fueron dadas a Abner Doubleday, un oficial de la Guerra Civil- Roth demostró que las palabras, todas, servían perfectamente para desvelar los secretos más íntimos del pasatiempo nacional estadounidense. En aquella obra, Roth jugó a ser Ruth, Stengel y un reportero de dudosa y raquítica reputación. Fue el gran divertimento de un hombre apesadumbrado –“todos los judíos nacen viejos”, escribió Kafka- por la decadencia de un país que terminaría la historia votando por un magnate frívolo, tramposo y sin talento para presidente de la Nación. Roth supo que el juego de la no ficción terminaría mal, como un parque derrumbado por el aguacero del miserable destino.

Un desvarío, como un largo foul por el jardín derecho del viejo Yankee Stadium, una mofa y una pelota ardiente por el centro del diamante es La gran novela americana, en la que Roth desentraña la cofradía, los hilos que mueven el ritmo de las horas de las Grandes Ligas, esa forma de masonería que administra el ocio de un pueblo elegido para convertir en pizarra el Antiguo Testamento.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.