Lo bueno, lo malo y lo feo de la Fórmula E en la CDMX
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Lo bueno, lo malo y lo feo de la Fórmula E en la CDMX

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Lo bueno, lo malo y lo feo de la Fórmula E en la CDMX

05/03/2018
Actualización 05/03/2018 - 13:54

El sábado pasado ocurrieron dos sucesos por primera ocasión. El piloto alemán Daniel Abt de la escudería Audi Sport Abt Schaeffler ganó su primera carrera en Fórmula E en el Mexico City E-Prix y el que escribe asistió a ver este evento en su tercera edición en la Ciudad de México.

Haré una confesión. Mi familia y yo entramos al evento ignorando que la Federación Internacional del Automovilismo organiza la Fórmula E desde 2014. Desconocíamos que fue en Beijing donde se corrió la primera carrera, en una temporada que concluyó en Londres en 2015.

Voy más allá. No sabíamos los nombres de las escuderías, ni de los pilotos, pero todos compartíamos la expectativa de ver los monoplazas de 5m de largo con motores 100 por ciento eléctricos y de testificar la ausencia de los rugidos de la combustión interna.

Hay que decir que el protocolo de colocación de los autos en la línea de salida tiene su encanto.

Ver los equipos revisando los últimos detalles en su respectiva posición y observar a los pilotos socializar, primero, y luego concentrarse para esperar las indicaciones de arranque, produce un ambiente muy particular.

En efecto, no hay escapes haciendo ruido. Pero confieso que encontré esa característica atractiva. El arranque de la carrera disemina un momentáneo olor a llanta quemada y no tardas mucho en identificar los sonidos tenues que producen los motores y la fricción de estos autos cuya velocidad máxima es de sólo 225 km/h.

Si bien la experiencia resultó altamente recomendable, resalto lo bueno, lo malo y lo feo que advertí:

Lo bueno.- El automovilismo es la unión de la tecnología del auto y la habilidad deportiva del piloto. La carrera en la Fórmula E lo hace ver intuitivamente. La competencia sólo dura alrededor de 50 minutos en una pista corta (~2.25 kms) y la carga de electricidad obliga a los pilotos a cambiar de auto a la mitad de la carrera. El desempeño de dos autos, un piloto y toda la escudería debe ser óptimo para permanecer en competencia. Es una recomendable experiencia.

Lo malo.- La difusión de la Fórmula E es modesta, por decir lo menos. Fuera de la página oficial de la FIA, no es sencillo familiarizarse con las reglas básicas de la competencia, las escuderías, los pilotos y las actividades alrededor del evento de sólo un día. La información en Ticketmaster no puede ser más pobre. Comprar boletos para las suites o las gradas 1 y 2 no resultó ni sencillo, ni de fácil acceso. Hay un enorme espacio para la mejora en la descripción de la experiencia integral del evento para el interesado.

Lo feo.- El estacionamiento oficial refleja métodos ochenteros de organización donde lo más eficiente es un amable viene-viene que te indica en dónde estacionarte. El cobro es manual, no hay lugares ni rutas marcadas. La salida es caótica y sin operativo vial alguno para agilizar la circulación. Debería haber prepago de lugares, preferencia en la ubicación a coches con cuatro o más pasajeros, señalización interna hacia los accesos y, sobre todo, una ruta peatonal interna bien definida.

Dentro del evento, sin embargo, los espacios estaban bien planeados. Las actividades periféricas, los food-trucks, los puestos oficiales, la tienda y los stands de las marcas participantes construyeron un ambiente festivo familiar divertido e ilustrativo.

Las escuderías ya van camino a Punta del Este donde en marzo 17 continuará el circuito mundial de la Fórmula E. Y de ahí a Roma y luego París. Las 10 escuderías y sus 20 pilotos seguirán ilustrando al mundo sobre el futuro de la motorización eléctrica que crece año con año.

No me quedó duda. La Fórmula E madura y gana terreno en el automovilismo deportivo. Y en lo que a mi respecta, mi hijo Mau de nueve años no lo pudo resumir de mejor manera al término del día: “papá, ahora vas a tener que decidir a qué equipo le vas a ir, porque el año que entra tenemos que regresar”.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.