La mejor lección de finanzas personales que una madre puede dar
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La mejor lección de finanzas personales que una madre puede dar

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La mejor lección de finanzas personales que una madre puede dar

07/05/2018
Actualización 07/05/2018 - 14:56

Fue una tarde inusual. Entré a la cocina de mi mamá con dos sensaciones muy distintas. Una, la de tener la cartera 'llena'. La otra, el dilema de qué tanto debía aportar a mi casa.

Tenía 17 o 18 años. No era la primera vez que ganaba algo de dinero, pero sí era la primera ocasión en que había tenido un evento de liquidez relevante para mí.

Ella lavaba platos con prisa. Se iría a trabajar el resto de la tarde. Tenía que hacerlo. Eran tiempos de estrechez económica en la familia.

Como si se tratara de una confesión, le dije a mi madre que tenía que hablar con ella. Volteó y con rostro serio, quizás esperando una mala noticia, pero me puso plena atención. Palabras más, palabras menos, le dije: “me fue muy bien en el negocio de las luces con mis amigos la semana pasada, mamá, y pensé que lo correcto es que te aporte algo para la casa. Aquí te dejo este dinero”. Acto seguido, puse un billete en la mesa del comedor.

Dar debe producir una sensación de placer, dicen los que saben. A mí, esa primera experiencia me generó una primera lección de desprendimiento voluntario.

Mi madre observó el billete, con el antebrazo se tocó la frente y respondió: “gracias, mi hijo, qué bueno que te fue bien en ese negocio, pero no tienes que darme dinero para ayudarme”. Siguió una pausa que percibí como un silencio sepulcral y fue entonces cuando remató con su frase memorable: “Lo primero para ayudar es no costar”.

Confieso. No lo entendí de bote pronto. Alcé la ceja y ella sonrió. Tras una pausa eterna, complementó: “de nada sirve que me des hoy 50, si mañana me vas a pedir 100. Mejor ayúdame no costando”. Y luego remató: “pero esto es no costando, Mauricio”.

Ese día recogí mi billete y me fui. Ya no recuerdo que acabé haciendo con ese dinero, lo que sí recuerdo es que pasaron varios años de estudio y trabajo para que yo pudiera afirmar que no le costaba, ni a mi madre ni a nadie más. Varios años para poder decir que me había convertido en un individuo financieramente independiente.

En la semana que festejamos a las madres, vale la pena reflexionar ¿cuántos hijos dan dinero a su madre un día, para luego pedirle dinero en un día posterior? ¿Cuántos hijos graban en su mente lo que aportan (poco o mucho) y olvidan con inmediatez lo que reciben? ¿Cuántos adolescentes y adultos les cuestan indefinidamente a sus padres con pretextos infinitos o cierto grado de conchudez?

Y es que en el afán de dar y de complacer, no es inusual que una madre no concientice los recursos que le da a un hijo en el tiempo. Su capacidad de desprendimiento es infinita. Las más de las mamás son un testimonio de la capacidad de aportar.

Sin embargo, aún en esa generosidad incuestionable, una madre debe hacer de su hijo o hija un ser humano independiente. Independiente de criterio y acción, sin duda, pero con independencia financiera también.

Un individuo logra su independencia financiera cuando la suma de sus ingresos le permiten hacer frente, de manera razonablemente cómoda, a la suma de sus gastos (los fijos, los variables y los contingentes) en una ventana de tiempo específica. Así lo enseñan en las clases de finanzas personales.

Aunque quizá lo único que necesitamos los individuos para cultivar la búsqueda de la independencia es que, con el carácter que las madres suelen tener y la oportunidad que suelen encontrar, se nos diga a la edad correcta: “lo primero para ayudar es no costar”.

¡Gracias, madre mía!

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.