Opinión

Más vacío que la nada

Hasta el bodrio tiene miedo: en la moda de las “actualizaciones”, que incluso afectan al cine mexicano, y que consiste en contar la misma historia como si el tiempo se hubiera estancado hace cuatro decenios, toca el turno al reboot de Más negro que la noche (1975, Carlos Enrique Taboada). Así, tras la súbita muerte gratuita de su tía, la joven Greta (Zuria Vega), aparentemente abandonada en un internado y rescatada para heredar la fantasmal casa abandonada que habitará, se muda a ella sin muchas explicaciones y arrastrando consigo a su tercia de medio inútiles medio preciosas ridículas amigas: la española promiscua Vicky (Ona Casamiquela) que no duda un instante en traicionar a Greta acostándose con su troglodita novio Pedro (José María Torre); la de bicolor cabellera medio enamorada de Greta y siempre su ángel protector llena de tatuajes significativos para su vida Pilar (Eréndira Ibarra); y la supuesta escritora de una sola línea que no puede corregir ni avanzar más allá de ella pero que inopinadamente resulta asesina de gatos María (Adriana Louvier).

Estancadas en esa casona donde sólo es constante la presencia de la gobernanta Evangelina (Margarita Sanz), poco a poco sucede una posesión donde Greta pasa a ser la imagen, figura y recuerdos de su tía. Voz acadabrante incluida. Hasta el baño de sangre final. Presentación, desarrollo y conclusión tan gratuitos como en cualquier insoportable bodrio de otras latitudes donde el único miedo es ver el desperdicio y la nulidad completa de contar lo mismo como si no existiera un film original.

Se trata de Más negro que la noche (2014, Henry Bedwell), ahora en inútil 3 D para mayor “espectacularidad”. Pero la morosidad de las acciones dan otra sensación en el film. Es el anti-homenaje perfecto en la deplorable moda que es reciclar las legendarias cintas de Carlos Enrique Taboada (1929-1997), pequeñas joyas de una cierta fragilidad puesto que se ubican claramente en su tiempo y circunstancia. Más negro que la noche (1975) es la tercera cinta reciclada tras los fracasos que fueron los reboots de El libro de piedra (1969) y Hasta el viento tiene miedo (1968). Y que dios nos agarre confesados porque también Jirón de niebla (1989) tuvo su “revisión”.

Si Taboada en su original creaba una atmósfera psicológica verosímil para los personajes que interpretaban Claudia Islas, Helena Rojo, Susana Dosamantes y Lucía Méndez, Bedwell sólo crea un espacio donde los gritos gratuitos son abundantes; si Taboada necesitaba sólo 96 minutos para la crónica de la caída en el abismo de la locura más transparente, Bedwell se engolosina a lo largo de eternos 110 minutos con una cochambrosa fotografía confusa que apenas muestra un par de recámaras que debemos creer aterradoras entradas al infierno de la demencia (pero senil, debido al tratamiento argumental pésimo que no actualiza al original y sí lo vuelve profundamente absurdo, histérico y pasado de moda); si Taboada lograba presentar todo el entramado simbólico como parte de una cotidianidad que se fracturaba para dar paso a lo sobrenatural, Bedwell sólo puede mostrar la historia como un remolino de acciones indescifrables donde lo sobrenatural es suma de los peores lugares comunes que presenta con total incoherencia (abundancia de sombras gratuitas que aparecen sin razón, ruiditos de casa más anacrónicos que los mostrados en El fantasma del convento [1933, Fernando de Fuentes], manos zombies que tocan personajes sin ningún efecto); efectismos, pues, del viejo M Horror convertidos en neo clichés para narrar la vida de un pobre gato convertido en víctima sacrificial de una historia sin pies ni cabeza que jamás representa lo efímero de las mots d’auteur del estilo Taboada.

Más negro que la noche en su nueva versión no arranca nunca o, al menos, repite el mismo arranque sin nunca aclarar en qué lugar sucede la historia. Tampoco puede ir más allá de esos planos que muestran sombras sobre confusas sombras que no desvelan ninguna claridad, ni son algo más allá que jirones de un argumento sobre cuatro chicas encerradas en una casona sin otra razón que el capricho del nuevo argumento manoseado. Pero, aunque se base en el original de Taboada, la idea central del espacio asfixiante jamás funciona, ni los personajes tienen densidad emocional, ni mucho menos se trata de un film espectacular puesto que la historia sucede a un ritmo cansino que antes que presentar algo más oscuro que la noche, muestra algo más vació que la nada. Nada, de principio a fin, que nada expresa y a nadie conmueve. Ni asusta. Aburre. Y ya.