Opinión

Más sobre exDF, ahora CDMX

 
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Miguel Ángel Mancera

Uno. Lleva razón el jefe de Gobierno, Dr. Mancera, cuando afirma (celebra) que aquí todos hablamos de la Ciudad de México, en trance constitucional. Pero la medida, en verdad radical y novedosa, prevista por el Constituyente de 1917, era mudarnos Estado de Anáhuac. Costo: traslado de los poderes federales, pérdida de la condición de Capital de la República Mexicana. Ganancia para una población que se presume de avanzada: libertad, soberanía, municipios. Estado, ahora sí, número 32. Estado Libre y Soberano de Anáhuac.

Dos. Dejo a ustedes la especulación de cuál de los actuales estados acogería el altísimo tren de vida del Ejecutivo, el Legislativo y el Judicial federales. ¿El Estado de México, Chiapas, Nuevo León, Veracruz otra vez?

Tres. Improbable, imposible mejor dicho, el escenario anterior, quedamos en simple “entidad federativa”, dotada, en vez de libertad y soberanía semejantes a las de los estados de la República, de autonomía; asiento de los poderes federales que podrán seguir gozando de Polanco y Santa Fe; y capital de la República Mexicana.

Beneficiada, eso sí, con el fondo nada desdeñable de capitalidad. Algo es algo.

Cuatro. De ahí que en vez de municipios, como los tuvimos hasta 1928, nos toquen alcaldías; grados debajo de lo que en teoría representan las estructuras municipales, digámoslo, “comunidades de base” de la nación. Me temo que el cambio radique en llamar, a los delegados (y vaya cosecha magra que nos “gobierna”), alcaldes.

Cinco. De otra parte, la euforia por la marca CDMX llega al extremo, ya lo apuntamos, de apelar también CDMX al territorio, no sólo urbano, citadino (por llamar de algún modo a la apoteosis de asfalto de mala calidad) que se llamaba Distrito Federal. Distrito Federal, precisamente, por contener a los poderes federales.

Seis. Más aún. No deja de ser audaz y autoritario el rebautizo de marras, no sólo de la capital y del territorio del que es centro, referencia, mito vivo. Ocurrencia propia de la mercadotecnia electorera, lo de CDMX demandaba, en realidad (esa realidad de la que la publicidad política huye como gato del agua), un examen que involucrara a filólogos, historiadores, lingüistas, geógrafos, vecinos.

Siete. La toponimia Ciudad de México traduce una tradición que atraviesa siglos. Del minúsculo carrizal enfangado del origen tenochca a este maremágnum, todo descontrol y desgobierno y dizque globalizado.

Digo “dizque globalizado” porque una cosa es la Fórmula I, toda glamour y pistones, y otra Yoko Ono, que va para rato descontinuada. Tantos absurdos honores la van a animar a vivir aquí. ¡Qué horror!

Ocho. Pasan los días, las semanas, después del 29 de enero en que el Ejecutivo federal llamó, a esto de la CDMX, fruto del Pacto por México.

Y, en vez de surgir las buenas nuevas, se prodigan las malas. De lo que hablamos es, en la forma y en el fondo, de una maniobra de poderes y partidos que, en la forma y en el fondo, poco significarán para una población que, aunque no lo haya reconocido el papa Francisco, vive de milagro. Milagro de irrumpir al nuevo día, sortear las calles, librar baches y fotomultas que sospechamos de contentillo, esquivar asaltantes y vendedores ambulantes, trabajar, asomarse a un bar o a un café, regresar indemne al punto de partida.

Nueve. Cada vez más, el asunto hace que por las costuras se exhiba 2018.

Diez. Y, para colmo, la elección de constituyentes de a pie está complicadísima. Con tanto rebumbio pasó de noche al artículo 7° del Decreto de Reforma Política de la Ciudad de México. Pero la intervención del INE (que ya se soltó con spots de pobreza imaginativa extrema) puso las cosas en claro: el candidato ciudadano independiente tendrá que reunir, entre el 1 de marzo y el 5 de abril de este año papal, ¡74 mil firmas!

Once. Un cálculo que leí por ahí entre azorado y deprimido (azorados y deprimidos ambos, el cálculo y este articulista), señala que durante los 36 días del plazo fijado inapelablemente, el suspirante común y corriente deberá conseguir 1.4 firmas por minuto.

Doce. ¿Le entrará usted?

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