Opinión

Más que informar, la consigna es manipular

Las noticias van y vienen. Se supone que para informar sobre la realidad de lo que acontece. Y que se difunden en forma veraz y objetiva. Pero a veces se observa que algunas “nuevas” importantes no trascienden, es decir, no se les da seguimiento y nada se llega a saber del desenlace de los asuntos de los que dieron cuenta. Sencillamente caen sobre ellas densas cortinas de silencio y pasan rápidamente al olvido. Es impresionante cómo es de imperceptible ese trámite hacia la nada.

Si alguien tuviera interés –pero sobre todo paciencia- de hacer un recuento de estos casos, del último año por ejemplo, habría no pocas sorpresas. Tal vez no necesariamente en cuanto a su número, pero sí por importancia de la materia. Pocos reparan en ese género de noticias que siendo de gran interés para la comunidad nacional, nacen y sin mayor desarrollo rápidamente mueren. ¿Por qué sucede así? ¿Es natural que así ocurra por lo vertiginoso de la vida moderna? Antes a esto se le llamaba “echar tierra” a un asunto y se notaba. Hoy pasa inadvertido.

Si en lo anterior hay manipulación en perjuicio del receptor de noticias, que finalmente de una u otra manera somos todos, más parece haberla en el modo como algunas noticias “se administraron”, para llamar al hecho de alguna forma. Llega un momento en que no se sabe si su difusión trata de reflejar la realidad, o si ésta se pretende crear, modelar o pautar a través de las noticias. Se trata de un juego de espejos y ejemplos los hay. Particularmente en las últimas semanas.

No se requiere demasiada perspicacia para percibir que noticias como la captura del Chapo, lo de las autodefensas michoacanas y temas conexos, el caso tan sonado de Oceanografía, la nueva muerte del “Chayo” Moreno, el escandaloso caso de la Línea 12 del Metro y otras por el estilo, tienen un cierto olorcillo que hace despertar suspicacias.

Como la información sobre estos acontecimientos, no necesariamente inducidos, pero sí capitalizados al máximo desde el punto de vista mediático, pocos saben en realidad qué objetivos persiguen, provocan entonces desconcierto y confusión. O peor aún: no se percibe su manipulación. Hasta que aparece el peine, según suele decirse popularmente.

Esto no puede continuar así. Si en el pasado se decía, parafraseando a un célebre periodista inglés, que en las tareas de comunicación la difusión objetiva de la realidad es sagrada, pero el comentario es libre, ahora parece que las cosas van mucho más allá de este principio así enunciado.

En México, radioescuchas, televidentes y lectores de medios impresos (y de las llamadas redes sociales, hoy tan manipulables como influyentes, ya ni hablamos), se han acostumbrado a recibir las noticias “editorializadas”, confusión indistinguible entre lo que es noticia y comentario, que ya ni siquiera llegan a percibir que la información que reciben tiene frecuentemente propósitos muy diferentes a los relacionados, directa e indirectamente, con el asunto o tema en sí. Tal se dice del caso de Oceanografía, ventilado con el ánimo de influir hasta en las decisiones internas de un partido político diferente al del gobierno. Al margen de que algo en este tema aparentemente no era como se suponía, y el tiro vino a salir por la culata.