Opinión

Más política económica
y menos reformas estructurales

La hipótesis mayor, el numen tutelar que ha gobernado la economía mexicana en los últimos 30 años, es esta: hay que dar todas las facilidades para que las empresas privadas –nacionales y extranjeras– y para que los trabajadores tomen las decisiones de consumo e inversión que maximicen su renta individual. Eso es lo que producirá riqueza: la suma de tales decisiones racionales, es el rendimiento económico global del país. Por eso, hay que reducir la intervención pública, contener el gasto y la inversión del gobierno, flexibilizar el trabajo y multiplicar la inversión fija y humana privadas.

Todo un proyecto histórico se ha desplegado así, bajo este paraguas teórico: cuatro sexenios completos y un entrecortado lustro adicional; dos partidos distintos en el poder; afanosos programas de gobierno y decenas, decenas de reformas estructurales. ¿Resultado? El peor desempeño económico mexicano en casi un siglo.

¿Exagero? Vean las cifras: la primera década del siglo XXI, la que llegó de la mano de la democracia política, vio crecer el PIB ¡1.7 por ciento! como promedio decenal. Una tasa menor a la de la “década perdida” (la de los ochenta, con 2.23 por ciento) y peor incluso que la de los años treinta, con gran recesión y segunda guerra mundial incluidas (2.58 por ciento).

Aquella hipótesis maestra ¿No merecería un examen, el escalpelo de una evaluación histórica? Insisto: el episodio del mal año 2013 y del famélico primer trimestre de 2014, no es excepcional: así ha pasado y así nos hemos acostumbrado por toda una generación (la mía).

Desde 1982 (cuando me inscribí en la población económica, a pleno derecho), hemos cursado por 56 trimestres, cuyo crecimiento no rebasa 2.5 por ciento, 24 de los cuales han exhibido incluso tasas de crecimiento negativas. Y en el lapso de los últimos 40 años, sólo en 19 trimestres el país pudo remolcar su economía por arriba de 5 por ciento, año y medio, nada más.

No es la reforma fiscal y su novedosa inquisitiva; no es la baja exportación petrolera; no es el comportamiento de Estados Unidos, no es pues “la coyuntura”. Es que desde hace 30 años tenemos una macroeconomía contrahecha, desalineada, capturada por intereses que de todos modos ganan, aunque crezcamos a 2.3 por ciento, sin empleos, a costa de bajísimos salarios por toda una generación.

El error se haya pues, en la premisa principal: las reformas estructurales invocan al hada de la confianza, a miles de inversionistas que traerán carretonadas de dinero fresco, encantados por nuestro buen comportamiento. Así, nos hemos metido en una época de negación, de cancelación de la política económica misma. Y así nos va.

Por ejemplo: después de 2010 nunca estuvieron más bajas las tasas de interés en el mundo, pero el crédito no aparece en nuestra economía. Banxico no actúa, el gobierno no actúa, nadie convoca a la movilización de recursos, mientras los bancos cobran y se apalancan.

Otro ejemplo: hicimos un cambio industrial gigantesco para que las exportaciones fueran el motor del crecimiento. Pero el valor del peso estorba sistemáticamente a ese propósito, porque Banxico prefiere el “peso fuerte” pretextando la supuesta libre flotación.

Hacienda, Banco de México, Economía y los otros actores y sectores de la economía tendrían la obligación de ofrecer opciones, variantes, otra configuración de precios y factores, una ecuación favorable a la estabilidad, sí, pero sobre todo al crecimiento.

Sostengo que no hay que sentarse a esperar los frutos casi mágicos de los cambios legales; se pueden tomar decisiones, hacer cosas, desde ya, para detonar crecimiento y frenar nuestro declive potencial. Pero para hacerlo, necesitamos reexaminar la hipótesis nuclear que ha gobernado la economía mexicana ya por demasiado tiempo: que las reformas estructurales desplazan y sustituyen a la política económica. Y es esta inhibición, este complejo, el primer obstáculo a remover para darle una oportunidad al crecimiento económico.

Correo: economia@elfinanciero.com.mx