Opinión

Más de tres décadas sin saber qué pasó

Han pasado ya 34 años y hasta la fecha no sabemos exactamente qué pasó. Menos aún por qué sucedió. La cuestión, todavía hoy, no tiene una respuesta. Ese número de años, que son muchos pues en ellos queda comprendida más de una generación, se cumplieron el pasado martes que fue primero de julio. El día siguiente de aquella fecha, los lectores de periódicos, los televidentes y los radioescuchas, sobre todo los interesados en el tema, con toda seguridad se enteraron de la noticia pero ni remotamente calibraron su importancia. Y por supuesto tampoco sus consecuencias.

Tal día primero de julio de 1980 algunos jugadores profesionales de beisbol se declararon en huelga. Ese año la Liga Mexicana de este deporte contó con veinte equipos. En consecuencia, debieron celebrarse ese día diez juegos, pero sólo se efectuaron ocho. ¿Qué supieron de esa jornada, un día después, los aficionados mexicanos a esta disciplina? Desde luego los resultados de los encuentros del día anterior. Probablemente algunos de éstos les parecieron poco comunes o quizás hasta curiosos. Pero por lo pronto, hasta ahí. De lo demás, apenas tuvieron alguna idea.

De ese primero de julio fue notorio que siete de los ocho juegos que sí se celebraron, fueron ganados por los equipos de casa y derrotados los visitantes, con una excepción. Así, la escuadra de Saraperos superó a Dorados de Chihuahua en Saltillo; Indios a Acereros de Monclova en Ciudad Juárez; Cachorros de León a Rieleros de Aguascalientes en León, Gto.; Campeche a Toluca en Campeche; Laredo a Reynosa en Nuevo Laredo; Plataneros de Tabasco al Águila de Veracruz en Villahermosa, y los Azules a los Leones de Yucatán en Coatzacoalcos. Sólo Unión Laguna, como visitante, derrotó 5 carreras a 3 a los Sultanes en su casa de Monterrey.

Significativamente, cinco de esos ocho encuentros terminaron en blanqueadas para los equipos derrotados, es decir, no anotaron carrera, lo cual no es algo que comúnmente suceda. Los equipos que en esa jornada colgaron sólo ceros en el departamento de carreras anotadas, en cada una de las nueve entradas a sus rivales, fueron: Indios de Ciudad Juárez, León, Campeche, Tabasco y Coatzacoalcos.

Los dos juegos que ni siquiera se iniciaron fueron los que debieron celebrarse ese día en Poza Rica y en la ciudad de México. En el primer caso porque el equipo contrario, el de los Ángeles de Puebla, llegó con mucho retraso a Poza Rica, con motivo de un contratiempo sufrido por el autobús que transportaba a los peloteros.

Y el enfrentamiento a efectuarse en la ciudad de México, un clásico Diablos-Tigres, tampoco se efectuó a pesar de que a la hora en que debió iniciarse no cabía un alma más en el Parque del Seguro Social, hoy desaparecido. Los jugadores de los Diablos Rojos se negaron a salir al terreno de juego, en protesta porque un pelotero de los Tigres, es decir, del equipo contrario esa noche, de nombre Vicente Peralta, fue dado de baja; según la directiva felina por su bajo rendimiento y según los peloteros de los Diablos en represalia por haberse afiliado a la Asociación Nacional de Beisbolistas, Anabe.

Al conocerse la noticia de lo ocurrido aquel día, nadie siquiera imaginó las gravísimas consecuencias que ese hecho llegaría a tener, no sólo en esa temporada de 1980 de la Liga Mexicana sino en la evolución y desarrollo del beisbol en todo el país. Han transcurrido desde entonces más de tres décadas y sus terribles efectos, de una u otra forma, perduran.

Actualmente llevo a cabo un trabajo de investigación sobre el tema, con el propósito de elaborar un libro sobre el mismo. Lo primero que me encontré al iniciar el proyecto fue que nadie se ha ocupado de abordarlo, pues no existe ni se conoce libro alguno que lo trate de manera integral.