Opinión

Más allá de la vida

10 febrero 2014 4:11 Última actualización 25 octubre 2013 5:2

 
Víctor Manuel Pérez Valera
 

En México el 2 de noviembre, conmemoración de los fieles difuntos, es una especie de “fiesta nacional”. Esta conmemoración nos invita a reflexionar sobre uno de los misterios más grandes del ser humano. En torno a este tópico ha aparecido recientemente un libro de gran interés: Consciencia: más allá de la vida. En él se estudian científicamente, de un modo amplio y profundo, las experiencias cercanas a la muerte. La primera gran interrogante ante estos fenómenos es ¿qué es la conciencia?, y como consecuencia ¿hay vida más allá de la muerte?
 

Además de estos cuestionamientos esenciales las experiencias cercanas de muerte plantean importantes preguntas a médicos, enfermeras y familiares: ¿qué es la muerte desde el punto de vista biológico? ¿Qué repercusión tienen las experiencias cercanas de muerte sobre los trasplantes de órganos, las tendencias suicidas, las peticiones de eutanasia, las comunicaciones perimortales y postmortales, y el acompañamiento integral al moribundo?
 

El autor del libro que comentamos, el Dr. Pim Van Lommel es un renombrado cardiólogo holandés que ha trabajado durante más de 25 años, junto con su equipo, en un hospital de grandes dimensiones. Allí varios cientos de pacientes que habían sido declarados clínicamente muertos, lo conmovieron profundamente cuando le compartieron sus extraordinarias experiencias. Van Lommel se había formado en un ambiente materialista que ahora era cuestionado de varios modos.
 

Él sabía que a lo largo de la vida aproximadamente medio millón de células del cuerpo humano mueren cada segundo, lo que equivale a 30 millones cada minuto y 50 mil millones cada día. Lo anterior nos lleva a la conclusión de que cada persona posee casi un cuerpo nuevo cada dos años. Ahora bien, ¿cómo se puede explicar la continuidad de este cuerpo en permanente cambio? Todavía más ¿quién diseña, proyecta y coordina la continua reconstrucción de este organismo? Sin embargo, ahora, para Van Lommel no se trataba de muertes celulares sino de la muerte de la persona.
 

Aquí surgía el problema del estudio de la conciencia: la auténtica ciencia no puede limitarse a hipótesis materialistas, reductivas, sino debe abrirse al descubrimiento de nuevos principios que puedan explicar los nuevos fenómenos. El espíritu de la investigación de la ciencia como algo exhaustivo y globalizador ya lo había ponderado el psicólogo Abraham H. Maslow, lo mismo que el filósofo de la ciencia Thomas Kuhn, entre otros.
 

Estas consideraciones llevaron a Van Lommel a estudiar a fondo, durante 20 años, las experiencias cercanas a la muerte, habría incluso, para atisbar una solución al problema de la conciencia, que investigar los postulados de la física cuántica. Estos estudios lo llevaron a la convicción de que la conciencia no puede ser situada en un tiempo y un espacio concretos, lo que en la física cuántica se conoce como la localidad. Las experiencias cercanas a la muerte no pueden atribuirse ni a causas fisiológicas (deficiencia de oxígeno, sobrecarga de dióxido de carbono, reacción química a la ketamina, etc.), ni a teorías psicológicas (miedo a la muerte, despersonalización, fantasías imaginativas, etc.). Los hechos ponen en claro que la conciencia es diferente del cerebro y sigue existiendo ante la ausencia de toda función cerebral. Esto nos abre un gran horizonte: comprendemos el espectro de determinados estados de conciencia, las experiencias místicas y religiosas, las experiencias perimortales y postmortales.
 

Dado lo anterior no es tan sorprendente la conclusión de E. Morin: “el espíritu no es emanación, sino emergencia inmaterial. El espíritu no es ilusión, epifenómeno; no puede ser ‘reducido’ al cuerpo material”.
 

También desde el ámbito psicológico Feigl constata el creciente repudio del conductismo. Así mismo Bunge anuncia “el principio del fin de la larga y tediosa noche behaviorista”, y Rorty manifiesta su recelo hacia los métodos conductistas, ya sean skinnerianos o ryleanos. En suma, el ser humano no es sólo ni un organismo ni una máquina.
 

También K. Popper sorprendió a sus admiradores con su teoría de los tres mundos, que rechaza la tesis materialista de la identidad mente-cerebro.
 

Por último, conviene mencionar a J. C. Eccles, neurobiólogo australiano y premio Nobel, que concluye de sus estudios que la mente es irreductible al cerebro y debe concebirse como una entidad inmaterial.