Transición de terciopelo
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Transición de terciopelo

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Transición de terciopelo

10/09/2018

Me gusta la transición de terciopelo que parece haberse originado desde la noche del primero de julio de este año.

El reconocimiento directo y franco de la victoria de Andrés Manuel López Obrador, hecha sin regateos por José Antonio Meade, candidato del PRI, el presidente Enrique Peña Nieto y el consejero presidente del INE, Lorenzo Córdova, constituyó un magnífico comienzo en esta nueva etapa.

La visita de AMLO a Palacio Nacional el 3 de julio, sin ser aún declarado presidente electo; su posterior encuentro con el presidente Peña Nieto en el mismo lugar, ya como presidente electo, y la inédita reunión de ambos con sus respectivos gabinetes; así como sus encuentros con representantes de cámaras empresariales, gobernadores y representantes del gobierno de los Estados Unidos, reforzaron y redondearon esta idea de transición de terciopelo.

Ya en el pasado, políticos e intelectuales habían teorizado sobre una transición así. A la caída pacífica de los regímenes de partido único en la Unión Soviética y la Europa del este, se le denominó Revolución de Terciopelo.

Aquí en México, Porfirio Muñoz Ledo hablaba de “ruptura pactada” alrededor de 1988. Y Manuel Camacho denominó “cambio sin ruptura” a su propuesta en 1994.

Los dirigentes del Partido Comunista Italiano llamaron “compromiso histórico” al pacto de transición que proponían a la Democracia Cristiana en los años 70 y 80.

El cambio político ocurrido en México bien vale una transición de terciopelo. El paso de una administración a otra, aún entre gobernantes salientes y entrantes del mismo partido, ha significado siempre un importante grado de tensión.

La primera alternancia regional que llevó al PRI a la oposición y al PAN al gobierno de Baja California significó una tensión mayor, a pesar del pacto que la precedió entre el gobierno federal y la dirigencia del partido blanquiazul.

Cuando el PAN ganó la presidencia de la República en el año 2000, se estableció por primera vez la figura de equipos de transición, misma que no estuvo exenta de complejidades a pesar de que el partido que llegaba al gobierno, el PAN, compartía la misma línea de continuidad neoliberal con el partido que abandonaba el gobierno, el PRI.

Ahora se dan nuevos elementos de diferencia en el 2018. No se trata sólo de un cambio de gobierno, hay también un cambio de partido. Pero no se trata de un simple cambio de partido, es sobre todo una alternancia de proyectos.

Llega al gobierno, por la vía pacífica, electoral y constitucional, la izquierda democrática, popular y nacional que tanto se opuso al modelo neoliberal durante tres décadas.

Esto supone la existencia de elementos adicionales a la tensión propia de un cambio de gobierno. Los grandes intereses se preocupan, se ponen alertas y los nuevos actores cuestionan desde ya el antiguo modelo.

A México le conviene una transición de terciopelo. Le conviene a la estabilidad económica, le conviene al gobierno saliente, le conviene desde luego al gobierno entrante. Pero faltan tres meses para la toma de protesta del nuevo presidente de la República. Es un lapso largo. Durante este tiempo, han aparecido señales de incomprensión

Algunos afirman que grupos del viejo régimen desean dejarle al nuevo gobierno conflictos vivos. También hay personajes del movimiento triunfante que siguen buscando confrontación con el gobierno que se va, aunque haya sido derrotado ya en las urnas.

Desde aquí apuesto y hago votos por una transición de terciopelo. Es bueno para el país que el cambio profundo que viene comience y se desarrolle en un clima de paz, estabilidad y colaboración.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.