La herencia del 68
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La herencia del 68

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La herencia del 68

01/10/2018
Actualización 01/10/2018 - 9:56

M añana se cumplirán 50 años de la masacre de Tlatelolco que marcó la historia contemporánea de México. Es impresionante la movilización social casi litúrgica que año con año ha acompañado a la conmemoración de este acontecimiento.

Han fallecido ya muchos de los jóvenes que entonces encabezaron aquella gesta social, como Raúl Álvarez Garín, Eduardo del Valle, Luis Tomás Cervantes Cabeza de Vaca, Marcelino Perelló, Luis González de Alba, Raúl Jardón, Fausto Trejo y Heberto Castillo, entre otros. Pero el memorial anual no falla.

Quienes crecimos en los años posteriores a ese acontecimiento, escuchamos de nuestros padres los relatos de sus propias vivencias. Primero escuchamos de niños lo que había sucedido y luego lo leímos años después. Pero el conocimiento inmediato fue oral. Los medios electrónicos, por su parte, se tardaron 30 años en reconocer lo sucedido.

Una realidad ocultada y distorsionada, que quiso ser sepultada, se transmitió de boca en boca y de generación en generación, rompiendo con una eficacia que envidiarían los más modernos comunicólogos un cerco informativo que parecía infranqueable.

Pero el movimiento estudiantil y popular de 1968 no fue sólo ese acontecimiento. No se reduce al 2 de octubre. No se restringe a esa tragedia.

Acaso representa la más profunda revolución política y cultural que ha vivido México en su historia reciente. Así, a la memoria triste de la tragedia sumamos la pasión por un ciclo de transformaciones.

Las líneas de cambio que se desprenden del 68 son variadas y no necesariamente articuladas entre sí, pero representan rupturas profundas.

Del 68 nació una izquierda nueva, que rompe con la ideología oficial que ve en el Estado mexicano la encarnación de una revolución nacionalista y progresiva. Con el 68 la izquierda recupera la independencia política que perdió a finales de los años 30.

Surgen nuevos referentes, como el Partido Mexicano de los Trabajadores, de Heberto Castillo, la Organización Revolucionaria Punto Crítico, de Raúl Álvarez Garín, el Partido Revolucionario de los Trabajadores, de filiación troskista, entre otras. El Partido Comunista Mexicano fortalece su línea de oposición. Y el espartaquismo de José Revueltas siembra cuadros en la política, la cultura y el movimiento social.

También hay una ruptura política y cultural con el corporativismo y muchos movimientos sociales reclaman su independencia.

Aparece la insurgencia sindical democrática y dentro de ella el sindicalismo universitario y la tendencia democrática de Rafael Galván en el SUTERM.

En la periferia de la ciudad de México y otras, surge el movimiento urbano popular, ahora independiente del partido oficial.

Sin embargo, la cerrazón y el autoritarismo, la clausura de las libertades, va a llevar a cientos de jóvenes de aquella generación a tomar otro camino, el de las armas, el de la violencia revolucionaria.

Junto a los cambios políticos van a emerger los cambios culturales.

Son los años del nacimiento y resistencia del rock mexicano, de la melena larga. Es la época en que la ruptura generacional ayudará a dar a luz a dos importantes movimientos: el de las mujeres por la maternidad libre y voluntaria y el de la diversidad sexual.

Del 68 se desprenderá también la más formidable expansión del sistema de educación superior. En los años setenta surgen la UAM, el Colegio de Bachilleres, la Universidad Pedagógica Nacional y otras. La UNAM se masifica y se crean los CCH y las ENEP.

También México va a vivir un crecimiento cuantitativo y cualitativo excepcional de sus ciencias sociales y humanidades y en particular del pensamiento crítico.

Y junto a estos procesos aparecen otros: los movimientos democratizadores en las universidades de Guerrero, Puebla, Sinaloa, Zacatecas y otras.

En México, el 68 va a provocar una reforma política que abre la participación electoral de una izquierda proscrita durante largos años de macartismo y guerra fría.

No debemos olvidar que también hay un 68 internacional. El de los jóvenes que luchan por la paz en Estados Unidos, por la democracia en Checoslovaquia y por la educación y el trabajo en Francia.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.