Opinión

MARIO RODARTE: Los informales

10 febrero 2014 4:42 Última actualización 24 julio 2013 5:15

 
 
Dentro de los múltiples problemas complejos que enfrenta la economía mexicana, el de la informalidad ocupa un lugar destacado, ya que su influencia ha crecido, hasta abarcar áreas y actividades insospechadas, y dado que en cierta forma debe tener el respaldo de muchas autoridades, el reparto de rentas es enorme.
 
 

Hoy en día algunas de estas actividades informales no las cambiarían quienes las ejercen, aun y cuando en otro esquema formal cuenten con ciertas ventajas y protección del sistema, ya que las ganancias que se obtienen sobrepasan por mucho la ganancia esperada bajo otro esquema. Para entender un poco más de lo complejo que resulta combatir este flagelo, podemos remontarnos a los orígenes del problema, que los podemos ubicar a inicios de la década de los ochenta en el siglo pasado, luego precisamente de los primeros intentos por estabilizar a la economía, que había hecho crisis por mantener un déficit muy elevado, financiado con emisión primaria.
 
 
El ajuste que se hizo al gasto agregado de la economía resultó enorme, afectando una gran cantidad de empresas, quienes simplemente mandaron a la calle a muchos de sus trabajadores, ante la inviabilidad de continuar operando y pagar los sueldos y prestaciones. Por esta época comenzaron a publicarse indicadores sobre ocupación y desocupación, que mostraban como con el paso del tiempo, la duración del desempleo simplemente aumentaba, sin que surgiera un número suficiente de nuevos puestos como para atraer a quienes se habían quedado sin trabajo.
 
 
Por ese entonces fue muy comentado el hecho de que el país no contaba con un seguro de desempleo y esto hacía que muchas familias padecieran las consecuencias ampliadas de no tener trabajo, ya que muchos niños y jóvenes eran dados de baja en las escuelas por sus padres, al no contar con recursos para hacer frente a esta situación.
 
 

Fue entonces cuando algún funcionario mencionó la idea de permitir que las personas realizaran actividades de tipo informal para sobrevivir, dentro de las cuales se incluían puestos de venta en tianguis, preparación y venta de comida, servicios personales, reparaciones y algunas actividades profesionales que se ejercían sin tener un establecimiento fijo, ni registros.
 
 

Antes de esta crisis, estas actividades estaban prohibidas y sólo se permitían en algunos lugares muy señalados, aunque pronto se expandieron y proliferaron en diversos puntos, abarcando muchas más actividades. Una de ellas fue la piratería, bajo la cual la gente simplemente copiaba todo lo que tuviera a su alcance y lo ponía a la venta, actividad que muy pronto creció y se incorporó otra relacionada, que era la venta de mercancía robada y el contrabando, a partir de lo cual se diversificó y adquirió dimensiones insospechadas la economía informal.
 
 

Una buena visión de estas actividades puede obtenerse si se consulta la Encuesta Nacional de Micronegocios, que levantaba y publicaba la entidad encargada de la estadística oficial, aunque hoy en día no es claro si sigue activa.
 
 
Luego de una serie de crisis recurrentes y de gobiernos incapaces de recuperar el impulso al crecimiento, la economía cayó en una especie de letargo, exhibiendo tasas de crecimiento muy bajas, que casi no generaban empleos formales. Cada nueva administración, como se ha hecho una sana costumbre, emite reglas nuevas, cambia otras y abre nuevas oficinas plagadas de burócratas, cuyo único fin es obstaculizar el funcionamiento de la economía y de paso ver la forma de obtener alguna renta, ya sea facilitando a ciertas personas y empresas su operación, o valiéndose de otros, que conocemos como coyotes, que las facilitan, cobran la renta y reparten a quienes les han dado la exclusividad del negocio. Luego siguen los intrépidos y valientes inspectores de esas y otras oficinas burocráticas, a quienes no les preocupa que se obedezcan los reglamentos y se cumplan las disposiciones en materia de sanidad, limpieza, cuidado del ambiente, cuidado de los servicios públicos y demás, a quienes se suman los agentes del orden, quienes también se forman y estiran la mano para obtener algo.
 
 
En resumen, los costos de transacción se elevaron muchísimo, al grado que poniéndose a mano con los coyotes, sus jefes burócratas, los agentes del orden y los inspectores y luego de pagar el derecho de piso, aun así es más barato irse por la informalidad que ser formal. Esto sin considerar el aspecto seguridad social, que incluye en paquete a hacienda, para el pago de impuestos, las cuotas al seguro y para el retiro, aparte de las inmensas filas y el sinnúmero de formatos que hay que llenar y presentar.
 
 
Hoy en día es muy común que quien acude a pedir informes sobre alguna vacante disponible, si pasa las pruebas, se le diga que no tendrá contrato, ni prestaciones, pero que su sueldo será ligeramente mayor a lo que se percibiría si fuera muy formal. Las mismas empresas formales contratan vía informal, para ahorrarse una lana y de paso no generar pasivos laborales.
 
 
Eliminar el problema de la informalidad requiere, como bien se ha dicho, generar incentivos para que empresas y personas elijan por la formalidad, si es que tienen que decidir sobre una u otra forma, pero no sólo eso. Está tan enquistado el cáncer de la corrupción y viven tantos de estas rentas que genera la economía informal, que habrá que hacer algo más que decir que le irá mejor a quien elija por la formalidad. Muchos de los informales habría que meterlos a la cárcel y prohibir muchas actividades en las calles, así como exigir registros de hacienda, comprobación del origen de las mercancías y dar de alta en el sistema a todas las empleadas domésticas, incluyendo choferes, jardineros y demás. Está fácil, ¿no?

rodartemario@hotmail.com