Opinión

Mario no puede llorar

Pasa por uno de los momentos más dolorosos de su vida y no puede llorar. Ni una lágrima a pesar de que han sido semanas de noticias tristísimas. Su padre tiene una enfermedad terminal que lo matará muy pronto, pero antes de aniquilarlo, le quitará todas las capacidades que lo hacían el que era: el razonamiento, la conciencia, la memoria, el habla, el movimiento, la capacidad de deglutir, de respirar.

Qué queda de un ser humano cuando pierde todo lo que lo caracteriza tal. Quién es este hombre que ya no reconoce a nadie, que ha olvidado el día que Mario nació; cuando le enseñó a andar en bicicleta; el día de su boda; el nacimiento de María, que era su nieta favorita. Qué queda del hombre que estuvo casado con su madre durante 30 años y que siempre prefirió someterse a enfrentarla. Quién es este hombre que ha perdido 20 kilos y que ahora se alimenta con una sonda y tiene que ser cuidado por un enfermero porque ellos, sus hijos y mujer, ya no son capaces de ayudarlo como se debe.

Mario no sabe muy bien cómo seguir adelante. A pesar de ser un hombre imparable y poco dispuesto a la improvisación, ha decidido detener su vida para poder estar con lo que queda de su padre durante sus últimos días. La decisión no ha sido fácil porque le cuesta mucho trabajo enfrentar la tristeza y la frustración. Es un resolvedor natural de problemas y la impotencia que le provoca la enfermedad, rompe todas sus estructuras y lo que creía tener claro sobre el sentido de la vida. La enfermedad de su padre lo ha enfrentado como nunca con el absurdo de sus miedos y de sus obsesiones. Se da cuenta de que tiene una gran vida y no se había dado cuenta. Quizá nunca había pensado hasta este momento en el valor que tenía contar con su padre, a pesar de todos los desencuentros que hay en cualquier relación. Muchas veces a lo largo de los años, pensó que era poco lo que había recibido. Decía, como dicen tantos, que había tenido un padre ausente. Ahora se da cuenta del verdadero significado de la ausencia. Ya no puede conversar con su padre, ya no pueden compartir una mirada de complicidad cuando María, la niña de los ojos de los dos, hace alguna travesura o entiende algo nuevo sobre el mundo.

Mario sabe ahora que la ausencia es la enfermedad y la muerte. El deterioro de la mente. La pérdida de la capacidad para comunicarse. Lo demás tal vez ha sido una exageración. Vivir pensando en un padre ausente una torpeza. Y descubrir que tuvo un padre que estuvo cuando pudo estar, la enseñanza de la enfermedad.

No puede llorar. Se dedica a resolver los asuntos prácticos. A pensar en la mejor manera de ayudar a su padre a no sufrir. A irse del mundo con dignidad, sin dolores que puedan evitarse, sin invadir su cuerpo más allá de la compasión y el sentido común.

No es fácil. Algunos en la familia creen en la vida eterna. Otros son ateos. Si Dios existe, todo está en sus manos. Si no, el sentido de la muerte es otro. Las decisiones en medio de un dolor tan grande, son difíciles de tomar.

Mario ha decidido pausar su exitosa carrera profesional durante unas cuantas semanas, para estar cerca de su padre, de su madre y de sus hermanos.

El hombre que ha perdido la capacidad de pensar, hablar, moverse, comer, comunicarse, es su padre. El padre que lleva dentro. El que su memoria es capaz de recuperar. Esos fragmentos a los que no había tenido que recurrir porque ahí estaba su padre, vivo y viendo la televisión en una casa a media hora de su oficina. Ahora ya no está y tiene que buscarlo dentro. Tiene que hurgar en sus recuerdos que son su equivalente de la fe. Es lo más parecido a la visión espiritual que tiene su madre y que a veces envidia. Ella se tranquiliza pensando en la vida después de la vida. Él no encuentra consuelo. Su única prioridad es que el hombre que le enseñó a ser hombre, pueda morir en paz.

Mario no puede llorar y no está obligado. Ahora entiende que no es la única forma de construir un duelo y la memoria de una relación entrañable. Sabe que en algún momento de su vida perdió esa capacidad. Dice que entiende que es un bloqueo que le ha servido de algo en la vida pero ya no sabe para qué. No recuerda bien porqué dejó de llorar. Se quedará pendiente ese territorio clausurado de su vida sentimental y tal vez logre penetrarlo, después de enterrar a su padre.

Psicoterapeuta sistémica y narrativa.
Conferencista en temas de salud mental.
valevillag@gmail.com
@valevillag