El ingreso universal haría una diferencia importante: Claudio López-Guerra
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El ingreso universal haría una diferencia importante: Claudio López-Guerra

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El ingreso universal haría una diferencia importante: Claudio López-Guerra

06/07/2018
Actualización 06/07/2018 - 8:36

Claudio López-Guerra se vistió de luces y sufrió el martirio del toro. No es sólo apóstata de la tauromaquia, dice él, sino un traidor: reconoce que la forma en que se trata al toro en la lidia es moralmente injustificable, pero sostiene que es posible reformarla para eliminar el sufrimiento del toro sin perjudicar la esencia del toreo.

López Guerra vivió una infancia ordinaria, ajena a cualquier calamidad. Sus padres formaron una familia católica tradicional. Todo transcurría con normalidad, hasta que un tío materno invitó a Claudio la corrida del domingo en la Plaza México. Fue tal la sacudida que le pidió a sus padres que lo llevaran de nuevo. Casi instantáneamente, su afición se transformó en un intenso deseo por ser un protagonista de aquel arte que lo cautivaba: “No se puede ser indiferente ante la tauromaquia; te sacude y te genera una profunda aversión o una profunda pasión”.

Aprendió a tomar el capote y la muleta pero lo pararon en seco dos hechos: que el toreo es una profesión en la que no hay medias tintas (eres un gran torero o no eres nadie) y que, mientras no veía claro su futuro en esa disyuntiva, despertó su conciencia social.

López Guerra asistió a misiones en zonas muy pobres del Estado de México con compañeros del Colegio Vista Hermosa. “Algo me movió, una suerte de experiencia de un catolicismo radical”.

Con la orientación de algunos profesores, convencidos de la Teología de la Liberación, lo que de niño adquirió por indoctrinación y memoria, cobró sentido: “Me convencí de que tenía que vivir una vida de entrega y de compromiso social, de transformación de la sociedad con los más pobres. Para mí, el cristianismo dejó de ser simplemente una creencia en dogmas sobre mi Dios dividido en tres partes y se convirtió en una exigencia de transformar este mundo en un mundo más justo”.

La tauromaquia pasó a segundo plano. López-Guerra estudió Economía en la Ibero pero al año se mudó a Ciencia Política. En ese tiempo participó en los campamentos civiles de paz en Chiapas, en el Centro de Derechos Humanos Fray Bartolomé de las Casas y en un taller de Teología de la Liberación en la universidad, donde conoció a su esposa.

El estudio lo condujo a lo que llama la segunda apostasía de su vida, “una apostasía literal: lo que inició a partir de convicciones o principios religiosos se singularizó y eventualmente ese oficio de la duda acabó destruyendo las bases de mi fe católica”.

En otro momento, la idea de estudiar un postgrado en Estados Unidos era inconcebible, pero su inquietud intelectual y la dificultad de encontrar respuestas obvias para sus preguntas lo condujo a trabajar como asistente de investigación en el CIDE y después hizo en Columbia un doctorado en filosofía política.

Hechas a un lado sus convicciones religiosas, sus inquietudes sobre la justicia permanecen inmutables. Desde la academia López-Guerra se dedica a pensar cómo mitigar la injusticia, el sufrimiento y las condiciones inimaginables en las que viven millones de personas.

López-Guerra ha publicado en Philosophy Public Affairs, la más prestigiada revista en el mundo de la filosofía política. Tiene 50 años de haberse fundado y él es apenas el segundo hispanohablante que ha publicado un texto ahí (el otro fue el pensador argentino Carlos S. Nino).

En un acto de honestidad consigo, confía, todavía padece la carga de sus convicciones juveniles. “Parte de mi compromiso era renunciar a ciertas cosas y tener una noción de solidaridad con los más desfavorecidos. Me lo he quedado a deber y aún me genera ruido”.

-Eres profesor, tampoco un millonario. ¿Hasta qué punto estarías obligado?

-Hay una versión secular de esa pregunta que se hacen los teólogos de la Liberación de hasta qué punto tienes que solidarizarte en tu vida con los pobres. Según Gerald Cohen, un marxista analítico brillante (autor de If you are an egalitarian, how come you’re so rich?), si realmente tienes convicciones igualitarias, no puedes vivir como un privilegiado. El igualitario renuncia a su vida de privilegio.

-¿Hasta qué punto?

-Realmente no da una respuesta clara, excepto que tampoco dice que tienes que morirte de hambre.

Cuando nos vemos, las campañas no han terminado. Hablamos del ingreso universal básico. López-Guerra cita al principal exponente de dicha idea -respaldada por varios nobeles-, el marxista belga Phillipe Van Parijs, que es a su juicio uno de los grandes pensadores políticos analíticos contemporáneos. “Lástima que se utilizó como instrumento de campaña, porque podría haber hecho una diferencia importante”.

Por el contrario, tiene claro cuál sería una reforma política que lo sacaría a las calles para respaldarla: “La idea básica es que el Estado es un instrumento para proveer ciertos bienes y servicios a la población, y que la provisión de ellos es la razón de ser del Estado. Por lo tanto, quienes son responsables de esos servicios esenciales deben tener la obligación de usarlos por diversas razones; la más obvia es para crear los incentivos adecuados para que tengan la calidad correcta”. Es decir, que los responsables de la educación pública envíen a sus hijos a la escuela pública, o que los funcionarios de salud pública se atiendan en hospitales públicos. “Que estén en el mismo barco que los ciudadanos y que si el barco se hunde, los funcionarios se hundan con ellos. Que no olviden que el último en abandonarlo es el capitán”.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.