No importa de dónde vengas, todos podemos ser lo que queramos
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No importa de dónde vengas, todos podemos ser lo que queramos

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No importa de dónde vengas, todos podemos ser lo que queramos

27/10/2017
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Alberto Hidalgo siempre ha querido alejarse de Tulpetlac, el barrio donde se filmó Río Escondido, con María Félix. Ahí fue a parar su familia materna, que alguna vez fue dueña de ranchos y enormes extensiones de tierra en la sierra poblana. En 1971, los suyos fueron despojados de la herencia que les correspondía. Quedaron en la miseria y emigraron a la ciudad.

“Mi vida empieza a definirse porque mis tías y mi madre toman el ejemplo de mi abuela, que vendía tulipanes. Eran mujeres emprendedoras”. El otro personaje que lo delimitó fue su abuelo, un sastre adorador de los tangos y aficionado a la fotografía, quien tuvo que abandonar su oficio y convertirse en almacenista en la Compañía de Luz y Fuerza. El abuelo tenía un único objetivo en la vida: que sus hijos fueran a la universidad.

Cuando nació Alberto, su padre era subdirector de la Vocacional 4 y su madre jefa del departamento de Orientación Vocacional del Politécnico Nacional. Unos años después, ella decidió utilizar los ahorros para construir una casa en el pueblo que la abuela había designado para que crecieran sus nietos: Tulpetlac, en Ecatepec, Estado de México. La población trabajaba en las plantas de La Costeña y Jumex, establecidas ahí.

La escuela fue dura para Hidalgo, sobre todo la primaria –que cursó con las monjas benedictinas–, y no por el aprovechamiento, sino porque su universo y el de sus compañeros contrastaba: “En mi casa la formación cultural era muy importante. Las actividades dentro del núcleo familiar eran estimulantes, mientras que, en mi colonia, mis compañeros sólo apreciaban la cultura popular. Se generó una distancia casi insalvable. Yo renegaba de mi entorno”.

La secundaria pública no mejoró las cosas. El desempeño de Hidalgo era superior al de sus pares, así que reprobaba las materias para ser aceptado. Acabó integrándose, a costa de su promedio. La burbuja estalló cuando entró al CCH y después a la UNAM.

En paralelo, el abuelo, que estaba perdiendo la vista, le cedió una cámara Canon Eos Reflex. Fotografiaba las reuniones familiares y husmeaba en los álbumes, ese vestigio de otros tiempos, de casa de sus amigos. También asistió a su primer curso de foto en El Club Fotográfico de México.

Salvo por un primer periodo de experimentación, fotografiaba rostros. Su enorme habilidad para las matemáticas hacía sentido al calcular la luz, la velocidad de obturación y la apertura que necesitaba simultáneamente para capturar una imagen perfectamente expuesta.

Hidalgo y su hermana viajaron a Madrid por aquel tiempo. Sus padres querían darles mundo. Y, en efecto, a Alberto se le abrió cuando miró a través de un ventanal, durante la escala, una oscura Jersey con Manhattan al fondo.

Con la certeza de que había encontrado su vocación, se inscribió en la Facultad de Arte y Diseño (la vieja Escuela Nacional de Artes Plásticas), para estudiar Diseño y Comunicación Visual.

Después de titularse, Hidalgo encontró trabajo como diseñador. También fotografiaba a aprendices con los que actuaba su hermana, que hacía teatro. Tenía 23, y le urgía salir de Tulpetlac.

Creó la imagen de una escuela de idiomas con sede en Monterrey y se mudó a su propia casa, en Río Lerma, cerca del Ángel de la Independencia. Curiosamente, había un estudio fotográfico en la planta baja del edificio. El sitio estaba repleto de retratos de figuras públicas de los años ochenta. “Eso iba a hacer yo, pero en serio”, cuenta.

Luego hizo fotos en castings para comerciales, hasta que conoció al escritor y comediante Luis Ernesto Cano, quien lo introdujo con otros actores. Después, en un golpe de suerte, Hidalgo se cruzó con Mon Laferte, cuando era una perfecta desconocida. También fotografiaba actores que aún no estaban en primer plano, pero de ese modo el trabajo comenzó a apretar.

Después, Hidalgo fue director creativo de una empresa restaurantera, hasta que decidió jugársela y aplicó para estudiar una maestría en España, de la que fue rechazado. Después lo hizo en la Academy of Arts University de San Francisco; lo aceptaron, pero el director le advirtió en una entrevista que ahí no aprendería mucho más de lo que ya sabía. Frustrado, tiró a lo más alto: el International Center of Photography, de Nueva York. En una residencia, durante el verano, Allison O’Malley, una afamada fotógrafa de moda, discípula de David Armstrong, le advirtió al mexicano que tenía grandes expectativas sobre él. Sólo habían admitido a seis estudiantes, pero su trabajo estaba particularmente bien logrado y técnicamente era irreprochable. Además, tenía lo más importante para un fotógrafo profesional: una identidad definida.

Hidalgo le preguntó a su maestra: “¿Crees que tengo posibilidades de acceder a la industria de la moda?” Desconcertada, ella respondió: “Why not?”

“Desde entonces, sé que no importa de dónde vengas; todos podemos ser lo que queramos, siempre y cuando tengamos la voluntad y hagamos ciertos sacrificios. Ser mexicano no define el fracaso, tampoco haber ido a la Secundaria Nº 56 José Antonio Torres. De hecho, creo que el entorno hostil en el que crecí hizo posible mi trabajo tal cual es, contrastante. Mis fotos no son suavecitas, son la expresión de lo que soy. Tienen mi marca”.

Los últimos tres años han sido vertiginosos para Alberto Hidalgo; ha hecho fotos para el Palacio de Hierro y ha fotografiado a celebridades como Claudia Ramírez, Gael García, Natalia Lafourcade y Carla Morrison, entre muchísimos otros. Ya tiene un pie en Hollywood. Retrató a Julianne Moore, a la actriz francesa Elsa Zylberstein y al japonés Ken Watanabe, y quiere poner el otro pie en París, donde está ahora mismo.

“Siempre pasaré temporadas en México. Nuestra industria y nuestra vida cultural nos necesitan. Yo tengo un compromiso con mi origen y con mi lugar, y voy a honrarlo”.

Twitter: @scherermar

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Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.