'El Tribunal Electoral, ni al servicio del PRI ni de ningún otro': Janine Otálora
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'El Tribunal Electoral, ni al servicio del PRI ni de ningún otro': Janine Otálora

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'El Tribunal Electoral, ni al servicio del PRI ni de ningún otro': Janine Otálora

01/06/2018
Actualización 01/06/2018 - 12:51

Inquieta, como cualquier adolescente, Janine Otálora encontró en el sueño de convertirse en antropóloga una sutil manera de rebelarse. Le pareció una carrera propicia para una muchacha con conciencia social, como ella, una estudiante del Liceo Franco Mexicano, que su familia pagaba con empeño.

“Mi madre trabajó siempre (como secretaria en la Embajada de Francia), ayudaba a quien tenía menos y trataba a todos como iguales”.

Su padre biológico murió antes de que Janine Otálora lo fijara en su memoria, a los cuatro años. Su madre apenas tenía 36. Se casó de nuevo. Sus hijos encontraron en él a otro padre, con todas sus letras. Murió de manera abrupta a los 50, los mismos años que cumplía su viuda.

“Era intérprete traductor, como mi madre, y era un intelectual. Teníamos grandes pláticas sobre la vida y el sentido de las cosas. Teníamos enormes diferencias, también. Peleábamos mucho. Pero él fue muy importante en mi formación intelectual y su muerte fue un golpe muy fuerte”.

Deprimida y enojada, Otálora se apartó de la antropología. “No quise estar en un ambiente de crítica y cuestionamiento. Elegí algo más estable y tranquilo”. Le atraía el derecho penal. Había leído Robert Badinter, un exministro francés de Justicia, que combatió la pena de muerte.

Entró a la UNAM. De manera simultánea trabajó en el Centro de Estudios Monetarios Latinoamericanos y después en la oficina del abogado general de la UNAM. Próxima a titularse, con una sensación de vacío, estudió por su cuenta El Capital, de Marx, y se inclinó hacia la ciencia política. Se fue a la Sorbona, sin beca, en plena crisis de 1982. Al llegar a París pidió un préstamo para universitarios. Se quedó 15 años. Volver implicaba ceder su sueldo en pesos para liquidar una impagable deuda en francos.

Su tesis doctoral, sobre la evolución del perfil sociológico de los senadores en Francia, le abrió las puertas del Senado de ese país. Fue contratada en una sección parlamentaria. En un entorno cien por ciento galo, se adaptó sin problemas. “Pero quería aterrizar en México, y me di cuenta que uno no puede retomar su vida profesional en cualquier momento. Estaba por cumplir 40 años y quise empezar de cero”.

Se incorporó al Consejo de la Judicatura Federal, “y aprendí del Poder Judicial desde su entraña”. Diez años después, en el Tribunal Electoral pudo soldar al fin ciencia política y derecho. Después de coordinar la ponencia del magistrado Manuel González Oropeza, fue nombrada magistrada del Distrito Federal. El siguiente paso lógico era llegar a la Sala Superior”. En eso fue creada la Defensoría Pública Electoral para Pueblos y Comunidades Indígenas, que dirigió feliz porque reanudó su viejo amor con las comunidades indígenas y su gente. “Era un órgano noble y único en México, y me permitió ver por mí misma la trágica realidad de las mujeres indígenas, mujeres dignas, mujeres luchadoras”.

En 2016, la decana fue nombrada presidenta de la Sala Superior del Tribunal Electoral por unanimidad. “Tengo 60 años y estoy aprendiendo qué es la colegialidad, a conciliar la decisión de siete personas, a buscar consensos con personalidades diversas. No está fácil”.

Otálora repasa los cuestionamientos al TEPJF: su nueva integración, el fallo que le dio la gubernatura de Coahuila al PRI, el del Estado de México y más aún, la sentencia que hizo candidato a Jaime Rodríguez, El Bronco. En este contexto se avecina la elección más compleja que ha tenido México: “Tomamos previsiones. Contratamos personal adicional, pero no supimos medir el encono social y el desprestigio de las instituciones”.

-¿Está el Tribunal Electoral al servicio del PRI?

-No me lo parece. Ni está al servicio del PRI ni de ningún otro partido. Así lo confirman nuestras decisiones: aquella en la que revocamos la determinación de hacer distinto el escrutinio del cómputo en casilla, con la que le dimos la razón a Morena; la del Bronco, en la que salimos muy divididos. Se le ha dado la razón a uno porque habla jurídicamente con la razón y al otro no, porque no la tiene. Creo que hay que calificar nuestras decisiones en conjunto. Se puede confiar en el Tribunal, tomemos una decisión de manera unánime o dividida. Le pido a quienes duden que revisen todas las sentencias que hemos aprobado este año y también los votos minoritarios. Hemos construido una doctrina del Tribunal, y es un tribunal sólido.

No quisiera estar en los zapatos de los magistrados del Tribunal Electoral, los consejeros del INE, los candidatos, de esta veintena de personas que tiene más presión que nadie en este momento. Janine Otálora exhala el humo de su cigarro electrónico y me cuenta que ella se descarga en su casa, el espacio privado donde encuentra el silencio, “esa reparadora y reconciliadora fuente de energía”.

“Me bastan algunos momentos de silencio que puedo alcanzar porque tengo el buen hábito de leer alguna novela antes de conciliar el sueño. Así me desconecto”.

-¿Ahora mismo, cuál es su mayor preocupación?

-La violencia política, sin duda. Se suman todos los días candidatos o líderes políticos (la cifra ha rebasado ya los 100). Es un número que nunca se ha visto. Me preocupa muchísimo que esta sea una manera de decidir quién va a estar o quién no va a estar en la boleta.

En su oficina, la máxima autoridad electoral insiste en que los tres elementos fundamentales de nuestra democracia –la cultura del orden, la cultura de la paz y la cultura de la libertad– deben acompañarnos durante la jornada electoral y aún después del primero de julio.

-¿De cuál de esas patas cojeamos?

-Por lo menos de las dos primeras.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.