"El teatro me da respiro y me deja tomar riesgos": Diego Luna
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"El teatro me da respiro y me deja tomar riesgos": Diego Luna

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"El teatro me da respiro y me deja tomar riesgos": Diego Luna

15/06/2018
Actualización 15/06/2018 - 15:17

Se sabe mucho de la vida de Diego Luna. Me atrevo a decir, incluso, que mucho más de lo que él quisiera. Ni siquiera mudarse a Los Ángeles cuando estaba por nacer su hijo, Jerónimo, por ejemplo, fue suficiente para apartarse de la prensa rosa y sus soldados, los paparazzi, que se apostaban en las azoteas de los vecinos para obtener una imagen del niño.

Se sabe que su abuelo materno fue un héroe de guerra inglés, y que la madre de Diego murió de manera prematura. Y se asume que él debió de ser un niño triste e inseguro, demasiado apegado a su padre, por quien quiso ser actor. O que a Diego, Gael y a Flor Eduarda Gurrola les decían “Los hijos de la puta” porque mientras Juan José Gurrola dirigía Lástima que sea puta, sus madres y sus padres participaron en la puesta en escena y sus bebés nacieron o bien durante los ensayos o ya en funciones. Y desde entonces, el teatro es para Diego un refugio: lo fue cuando se quedó huérfano, cuando fue abandonado y cuando se sintió desarraigado. En el teatro está su familia.

La vida de Diego Luna se oscureció en adolescencia. Se creía adulto porque vivía entre ellos, ajeno y desinteresado de los chavos de su edad. A los quince, ya era una celebridad. Era autosuficiente y pensó que eso es lo único que se necesita para vivir solo. La televisión, sobre todo la de antaño –la que hacía sentir todopoderosos a sus protagonistas– lo trastornó. “Me mareó, perdí cuates, me porté fatal”.

Luna trataba de superar la “esquizofrenia” de hacer telenovelas por la mañana y teatro por la noche. Se defendía como podía, en la gordura, en el exceso, la fiesta y el alcohol.

Su trabajo en Televisa generó fricciones con su padre, pero después hizo tres puestas con la Compañía Nacional de Teatro y la relación mejoró.

-Ibas de Televisa al teatro como quien va a purificarse...

-Algo así. Y en el elenco estaban Alejandro Reyes y Daniel Giménez Cacho, que eran mis héroes, los dos actores que yo más admiraba. No sabes la carrilla que me tiraban por hacer telenovelas. Yo me justificaba; les decía que tenía que mantenerme.

-¿Alguna vez te cuestionaste si de verdad te gusta esto, si actuar es tu vocación?

-No, la verdad no. Lo que sí me pasa es que pienso que soy malísimo para esto, que soy pésimo; me pasa todavía.

Cuando lo echaron de Televisa, para su fortuna, Luna empezó a hacer cine y plantó de nuevo los pies en la tierra. Se retiró definitivamente de la televisión y tras de un desengaño amoroso, hizo Moliere, con Antonio Serrano y la Compañía Nacional de Teatro. Otra vez, el teatro lo había arropado, lo había contenido.

Diego creció muy rápido, aunque arrastra cierta inmadurez, se queja. Añora tener un grupo de amigos de su generación, junto a quienes debió haber crecido. Desfasado, niño-adulto, apenas cumplió la mayoría de edad, quería formar una familia. “Como la mía fue muy peculiar, me dieron ganas de crear esa familia perfecta, con una madre, un padre, hijos y una casita. Necesitaba demostrar que podía tener eso también”.

Pero lo pospuso y llegó Alfonso Cuarón, “y me pasó por encima”. “Alfonso es un cabrón que te confronta y te cuestiona, en lo profesional y en lo personal, porque la actuación es hablar de emociones y del entendimiento de la vida misma, así que es imposible no transgredir el límite de la vida íntima. Además, en cada historia dejas un reflejo tuyo, de modo que si te reconoces vulnerable y lo permites, el proceso realmente te transforma”.

-¿Hubo un momento preciso en el que supiste que siempre regresarías al teatro, esa cueva donde puedes guarecerte?

-Sí, sin duda, el teatro sigue siendo eso. Es un espacio que me da un respiro, que me reconecta con mi centro, que me da un sentido de arraigo y que me permite volver a tomar riesgos que pueden sonar medio desorbitantes.

Desde que Luna produjo Las Obras Completas de William Shakespeare, cada dos o tres años hace teatro, “pare tener una base, para ponerle un freno a la locura que es hacer cine y promoverlo, para reconectar con mi familia y con mi país”.

El actor y director quiere que se sepa que México le importa, aunque son las partes que suelen cortar a sus entrevistas. Está involucrado con su país y sus problemas. Cada vez más, porque cree que más joven traicionó esa obligación. Lo hace de muchas formas: a través de Ambulante, “en el apoyo a un cine capaz de cambiarnos la perspectiva, que tiene un objetivo que trasciende la vida de la película” o de la labor después del terremoto de septiembre en Lago Tanganica, entre muchas otras iniciativas.

-Profesionalmente, has tenido estas transiciones naturales: de actor a director, de televisión a cine, de cine mexicano a cine gringo…

-Sí, la mayor parte de los eventos difíciles de asimilar ocurrieron en mi adolescencia, por esa televisión de la cual no me siento muy orgulloso, pero después crecí gradualmente y todo empezó a llegar a su tiempo.

-¿La experiencia gringa no es difícil de asimilar en cualquier momento?

-No, al principio creí que eso iba a pasar, pero me di cuenta que los chingones hacen cine igual que nosotros; quizá tengan más juguetes, más recursos, pero al final se trata de lo mismo y yo sólo tenía que generar una dinámica muy horizontal una vez que estuviera ahí. La parafernalia, el alcance de la promoción, el éxito o el fracaso sí se magnifican, pero yo estaba listo para vivir el proceso sin lamparearme.

En la madurez de su carrera, Diego Luna ha vuelto al teatro. Ahora se trata de Privacidad, que está por agotar funciones. A diferencia del cine, explica, el teatro no aísla al actor ni al director de la reacción del público ni de la realidad. Esa es su magia. “Cuando entiendes eso, se va la prisa… Cuando te cae ese veinte y le bajas un poco a las revoluciones, entiendes que hay que vivir las experiencias, no observarlas de lejos, como pasa con el cine. Hay que meterte en tus emociones y salir afectado.

-¿El cine te afecta?

-Me afecta la sensación de desarraigo, sentirme tan extranjero fuera. Sí, es una parte triste y dolorosa.

Le queda el teatro. Se pertenecen el uno al otro.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.